Noche de Jazz Plaza a lo grande

Por: Leannelis Cárdenas Díaz

Jueves 17 de enero, 9:00 pm, el Teatro Nacional abre sus puertas otra vez. En la Sala Avellaneda, la más grande del lugar, no cabe nadie más. Todo el mundo espera expectante, ansioso, ilusionado. De repente, con una luz que solo tienen las grandes artistas sale ella, como flotando en el escenario. Con una sonrisa, que mantuvo durante toda su presentación, y un caluroso saludo estableció el diálogo con él público, diálogo que muy pronto entablaría a través de su música.

Imagen relacionadaY ahí estaba yo…enmudecida por una de las voces más completas que he escuchado jamás. Joss Stone me había dejado sin palabras. Todo lo leído, las escuchas realizadas anteriormente de algunos de sus materiales fonográficos no se comparaban con lo que allí estaba sucediendo. La cantante inglesa había superado todas mis expectativas. Entre soul, R&B y blues, haciéndose acompañar solo por una guitarra, Stone daba una clase magistral de interpretación. Con una afinación perfecta, sin dar cabida a notas que no vinieran al caso y una sensibilidad que tocó las fibras de cada uno de los presentes, la artista interpretó más de 10 canciones mayormente de su autoría.

Con arreglos para nada complejos y acompañada por un joven guitarrista que por momentos hacía una suerte de segunda voz con muy buen gusto, Joss Stone hizo gala de su capacidad vocal. Dueña de unos graves profundos y redondos y un timbre desgarrado, recordaba a las grandes voces negras americanas, típicas cantantes del soul que tienen el corazón en la garganta. A ratos, sobre el registro agudo, con un estilo casi lúdico y haciendo uso de un falsete envidiable, demostraba la sutileza y elegancia propias de la música europea.

Llena de contrastes, portadora de una amplia gama de matices y colores, debatiéndose entre una gran delicadeza y un toque de sensualidad, la cantante se adueñó de la atención de todos y cada uno de nosotros. El público atento, como hipnotizado por canto de sirena permaneció inmóvil, conmovido, emocionado durante todo el concierto. De repente…solo se escuchan aplausos.

Sala Avellaneda, una hora más tarde. El lugar sigue tan lleno como cuando abrió sus puertas. Y es entonces cuando la energía desbordante de la Preservation Hall inunda el espacio. Auditorio de pie, alegre, activo, aplaudiendo al compás de la música. Nuevamente allí estoy yo, henchida una vez más, en esta ocasión no por la genialidad del performance y la música de la que soy testigo, si no, por presenciar por segundo año consecutivo esta banda dentro del Jazz Plaza.

Con su formación instrumental básica: trombón, trompeta, saxo, contrabajo, piano y drums, y una fuerza que contagia al que los ve, llegan los músicos de New Orleans al escenario. Desde que suenan los primeros acordes todos sabemos que lo que nos queda por hacer es dejarnos llevar y disfrutar de tan virtuosas y sinceras interpretaciones. Solos de trompeta, improvisaciones de trombón, secuencias armónicas y melódicas que recorren el piano de arriba abajo, voces populares que invitan al público a corear sus canciones, energía…pura energía.

Nuevamente…auditorio en pie, baile, palmadas por doquier, alegría. En el escenario unos grandes de las expresiones populares acaban de demostrar una vez más que le música no tiene barreras de idioma, cultura o nación. La Preservation Hall de nuevo en suelo cubano.

Noche de contrastes, variedad de colores, diversidad genérica, música, siempre música. Noche de lujo, de artistas internacionales de primer nivel en nuestros escenarios…noche de festival, noche de Jazz Plaza a lo grande.

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