CD «Sinco…pa’ Changüisa» de Ernesto Oliva. Notas musicológicas

Nominado en CUBADISCO en la categoría de Notas Musicológicas

Por Juan Piñera

De la heredad a la sublimación, los dos Cuadernos para piano de “Sinco… pa’ Changüisa”, de

Ernesto Oliva.

Foto tomada de Internet
Foto tomada de Internet

La microforma pianística en Cuba cobró fuerza, desde la aparición de un compositor de la casta de Manuel Saumell quien, junto a otros contemporáneos en el Siglo XIX, porque él nunca estuvo solo, nos hacen recordar a través de coincidencias y reafirmaciones, un papel esencial del compositor, construir una identidad nacional. Porque todos ellos, hablo de Nicolás Muñoz Zayas, José Lino Fernández de Coca, Enrique Guerrero, Tomás Buelta y Flores y Nicolás Ruiz Espadero, y de tantos y tantos, unos más cultos, otros más populares que, al igual que Saumell, en las ineludibles intenciones por la  forja de nuestra nacionalidad, contribuyeron con su obra, para que se fraguara la independencia definitiva en la histórica  centuria de las Guerras del 68, Chiquita y del 95. Libertad anhelada de la patria, su Cuba, nuestra Cuba actual. Todos ellos sublimaron un género que llegó del Viejo Continente y devino contradanza para piano, elogio de la danza para bailar que saltó, más temprano que tarde, al salón donde se conspiraba contra el coloniaje español y de ahí, pasó a la sala de conciertos. Pues bien, el changüí es, en cierto sentido, deudor de aquella lejana contradanza, ya que surgió del baile popular como expresión músico-danzaria que identifica la cultura guantanamera, precisamente, la tierra de   Ernesto Oliva quien, en sus dos Cuadernos de “Sinco… pa’ Changüisa, por los que el compositor obtuvo merecidamente la Beca de Creación “Conmutaciones” de la Asociación Hermanos Saiz, propone la continuidad histórica de sus ancestros guantanameros en un temperamento que exalta lo cubano en toda su posible diversidad.

Pero, el compositor de “Sinco… pa’ Changüisa”, en la sabia evolución que se nutre de lo popular, deviene ramificación lógica  de este proceso trascendiéndolo, confiriendo consanguineidad  y empatía a su música en todo ese entramado constituido por aquellas obras para piano que le han precedido y nutren el repertorio pianístico nacional, inmenso como un océano. El creador nos guía y es consecuencia del cordón umbilical que contiene nombres imprescindibles de la pianística nacional como el olvidado Tomás Ruiz, puente y eslabón  a estudiar entre  Manuel Saumell e Ignacio Cervantes; este último,  con su admirable “Adiós a Cuba”, obra maestra de la creación para piano nacional, el otro, su predecesor, autor de la no menos llamativa saga de Pepa “Los ojos…” y “El Pañuelo…”; Ernesto Lecuona, por supuesto, referente ineludible en cuanto a cubanía raigal por sus decenas y decenas de danzas, donde emerge victoriosa la adolescente “La Comparsa”; también las danzas poco interpretadas de Alejandro García Caturla, ahora recuerdo especialmente, “No quiero cuento con tu marido”; además, en esta necesaria relación, mencionemos “Los Sones de París”, glorificación que hizo Carlo Borbolla del órgano manzanillero; y los subsiguientes “Siete Sones Sencillos”, no son seis como piensan algunos, concebidos por Carlos Fariñas siguiendo los pasos de Borbolla. Todos ellos, y unos cuantos más, escribieron sobre la patria en estas breves piezas.

Pero la creación para piano en Cuba no se detiene, ni se detendrá, aseguro, avalada principalmente en lo esencial popular. Ahí encontramos la complejidad rítmica propuesta desde hace años por José María Vitier, a quien considero un eslabón fundamental que prepara un antes y un después en el pensamiento interpreto-compositivo para piano en el   Siglo XX; asimismo, reparo en la excelencia pianística de los López-Nussa, tío y sobrino, y en Aldo López-Gavilán Junco, en la animación que conceden sus respectivas obras creadoras, unas veces más cercanas, otras, más alejadas de la intencionalidad primigenia de los maestros fundadores de la nacionalidad en el tiempo, pero siempre herederas de sus antecesores. Sin embargo, ellos no son los únicos en el presente milenio, demos gracias. Y es que hay una hornada de nuevos compositores que se han ocupado del rescate de una tradición, la de la contradanza, la danza y el danzón, mediante el piano. Unos se encuentran más visibles que otros y, por tanto, más sonantes y resonantes ante la sociedad, otros casi imperceptiblemente nos percatamos de su ingente obra creadora.  Hablo en estos instantes de Dayramir González, Alejandro Meroño y Alejandro Falcón, entre otros que practican, por cierto, el jazz.  Sin embargo, Ernesto Oliva, músico de esta hornada, popular y académico en sus esencias y habilidades, y no especialmente jazzista, nos ofrece otra mirada en una personal apropiación de lo que es fundamental para su tierra, el changüí.

Este largo proemio nos lleva indefectiblemente a los dos Cuadernos de “Sinco… pa’ Changüisa”, obra que enriquece el patrimonio pianístico de Cuba, encontrándose a la altura de otras colecciones abarcadoras en su concepto identitario, dentro y fuera de la Isla, dado que es una mirada sincera y exaltada a la incalculable labor de aquellos músicos populares cultores del changüí  que, en sus contactos en el acto sagrado que es hacer su música, muchas veces de manera imperceptible entre ellos, toman, fusionan y resumen diversas manifestaciones culturales, estilizándolas. Ernesto Oliva, consciente, se ocupa de llevar la magia del género  a la música de concierto, es decir, que traslada lo que surgió de familias e individualidades históricas guantanameras de la talla de Chito Latamblé, los Odio, los Speck Fournier, Borromeo, Titico, «Pipi el rey del Changüí en Yateras» y otros tantos, enalteciendo el changüí  afirmándolo. En este quehacer, el compositor contribuye, a que el changüí sea declarado Patrimonio Cultural de la Nación en toda su diversidad posible.

En los dos Cuadernos de “Sinco… pa’ Changüisa”, no está sólo presente y omnipresente el changüí. El autor enriquece las diez obras de la colección con otras deudas contraídas en su formación. Ahí se encuentran presentes quienes le antecedieron en la escritura para piano en Cuba y también, los de, y en otras latitudes. Pienso en “Maní con Cacao” y el cubano Moisés Simons y su “El Manisero”, maestro que animó el París de los escenarios de la opereta francesa en las primeras décadas del Siglo XX con “Toi cest moi”, de su autoría; y también reparo que Georges Bizet y la célebre habanera de la ópera “Carmen” pueden aparecer sorpresivamente en esta fiesta changüisera que es “Sinco… pa’ Changüisa”. ¿Serán coincidencias no previstas o la acumulación de información inmanente del compositor? Por otra parte, recordemos el alto nivel pianístico alcanzado por el creador, quien estudió el más exigente repertorio para el instrumento que nos llegó de Europa, así como otros géneros aprehendidos en su formación musical, ya sea dentro del conservatorio y, más bien, en la calle, verdadera universidad para músicos como él.

Así transitan, en franca reunión de familias de changüiseros, algo más que un ritmo, una celebración de los sentidos, para regocijarse con fruición en “Sinco… pa’Changüisa”. Fiesta de la efervescencia con “Trillo al Guaso”, “pa’ Pastorita, un guarareaux!?”, “Danzonguacho”, “Son del Guateque” y “A Paso’e Pregón”, estas sincopadas cinco piezas del  primer Cuaderno, afirman la fuerte imaginación, casi estrepitosa y bullanguera, de Ernesto Oliva, así como también lo reafirma el ajetreo del segundo volumen, contentivo de “Güichangacón”, “Café Changüia’o”, “Mi Aldea”, “Compaysss…” y “Maní con Cacao”, título emblemático que cierra la colección changüisera donde creemos llegar a escuchar los ecos subliminados de instrumentos como el tres, el bongó, la marímbula y, por supuesto, que el guayo y las maracas.

Pero, para descifrar los designios compositivos del creador, es necesario una artista ideal, inmersa de lleno y orgánicamente en el imaginario del artista. Entonces aparece la pianista Lianne Vega quien, como Ernesto Oliva, estudió en la Universidad de las Artes, el ISA, interpretando su obra cameral y, especialmente, este legado pianístico para con los cubanos que es sublimación de una herencia, el changüí, trasvasado a los dos Cuadernos para piano que son  “Sinco… pa’Changüisa”. Lianne Vega los descifra y hace suyos. En tanto, Ernesto Oliva nos propone una nueva retórica pianística heredada de sus ancestros y predecesores.

 

 

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