Guarasón, un disco de guaracha y son

CD «El guarasón de Lazaga» nominado en CUBADISCO en la categoría de Música Intrumental y Notas Discográficas

Por ser un proyecto de muy alto nivel en la concepción y creación musical, por su resultado en la grabación, mezcla, masterización y por la excelencia de su diseño merece mucho más que un premio. Por ello nos permitiremos recrearnos con las oportunas notas que realizara el Dr. Lino Arturo Neira Betancourt.

Por Lino Arturo Neira Betancourt, Musicólogo

Extrañas coincidencias hicieron posible mi primer acercamiento a este proyecto fonográfico, pues conozco hace años a su principal responsable y gestor, Enrique Lazaga Varona, y de forma directa o indirecta, a la totalidad de los músicos que intervinieron en su excelente producción musical, pero creo sinceramente que expresar por escrito un grupo de valoraciones artísticas sobre este fértil resultado musical, generadas desde el corazón –y no solo con nuestra mente–, puede llegar a ser siempre bien recibido.

Este irrepetible fonograma de música instrumental lleva por nombre Guarasón. Cuando pregunté a su autor por el divertido e insólito término, refirió que: “En una ocasión hice una unión de una guajira, con un son, al que nombré guajisón, y como ahora se trataba de un repertorio de piezas que transformé en los géneros guaracha y son, decidí titularlas Guarasón”.

Y si tratamos del recuerdo musical, podemos preguntarnos, ¿qué es el recuerdo? Según los diccionarios más afamados, el recuerdo es: “la evocación de sucesos, eventos o información almacenada en el pasado”. Pues, el Guarasón está destinado a evocar con nostalgia y buen humor, algunos de nuestros mejores momentos, gracias a la agradable escucha de excelentes piezas musicales que perviven en el repertorio tradicional de las orquestas cubanas.

El disco se caracteriza por una cuidadosa y equilibrada selección de diez piezas que estuvieron en el gusto popular de Cuba durante las décadas del 30 y el 50, tanto de autores cubanos como foráneos (dos puertorriqueños y un mexicano). En general, la mayoría de los números musicales escogidos eran originalmente boleros o canciones a las que en las versiones que presenta este disco se le añadieron montunos, lo que le otorga ahora una función bailable a estas obras en un inicio concebidas para ser escuchadas. De esta manera, se hace un homenaje a un procedimiento composicional frecuente en los conjuntos de sones desde finales de la década de los 20 y los 30, que creó uno de los híbridos más relevantes de la música cubana: el bolero-son. En este sentido, son atractivos y novedosos los arreglos ofrecidos por Emilio Morales de El fiel enamorado y Capullito de alelí.

Asimismo, resulta interesante la propuesta de arreglo de Mujer perjura, bolero antiquísimo del trovador espirituano Miguel Companioni, con montuno agregado y sui generis instrumentación, así como especial participación del tresero Arturo Cruz. Por su parte, en La Sitiera se logra combinar y sintetizar las sonoridades de los violines de las charangas (con los hermanos Adolfo y Nivaldo Durán, antiguos integrantes de la Ritmo Oriental), con las improvisaciones, típicas en los sones, del tres (Arturo Cruz) y la trompeta (Julito Padrón).

Siguiendo esta línea de “sonear con charangas” destaca la versión “bien alante” de Corazón, de Eduardo Sánchez de Fuentes, en la cual se retoma la importancia de la flauta de cinco llaves –magistralmente interpretada por René Herrera–, como instrumento improvisador característico del formato de las charangas francesas también conocidas como típicas, surgidas en los primeros años del siglo xx.

Por último destacar la presencia en el fonograma de obras de autores foráneos, que Cuba, sus intérpretes y el público en general han “nacionalizado”, y que encontramos de manera regular en los repertorios de los más destacados músicos y agrupaciones de la Isla. Estas obras son Vereda tropical del mexicano Gonzalo Curiel, así como Piel canela de Bobby Capó (Félix Manuel Rodríguez Capó), y Capullito de alelí, de Rafael Hernández, ambos puertorriqueños. Todas ellas, testimonio de los lazos de amistad e interinfluencias entre los músicos cubanos y los de estas dos nacionalidades particularmente, lo que refleja un rico período de conexiones entre estos países, las cuales son recreadas ahora con esta novedosa propuesta de instrumentación a ritmo de son.

En general, en todos los arreglos se aprecia un respeto a la tradición, sin el uso de armonizaciones complicadas ni de grandes pasajes virtuosísticos en los instrumentos solistas, aunque pueden hallarse algunas influencias del jazz en las secciones improvisatorias del piano, fundamentalmente (El fiel enamorado).  También se aprecia buen gusto, equilibrio y diversidad en la selección de los instrumentos solistas encargados de llevar la línea melódica, cuya interpretación en las versiones originales era realizada por la voz. Existen momentos particularmente deliciosos reflejados en la intertextualidad presente en algunas obras, como la alusión a la zarzuela Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, en Ojos malignos, y la alusión de A Santiago de Juan Almeida, en el Popurrí sonero.

Debe destacarse, igualmente, la excelencia interpretativa de todos los músicos que intervienen, con especial énfasis en Emilio Morales, con su pianismo versátil y estilo que queda bien documentado en este disco, así como en Enrique Lazaga Varona, artífice, sin dudas, del buen gusto y precisión de la sección de percusión a lo largo de todo el CD.

El nuevo disco sostiene un paradigma básico de su promotor, organizador y principal arreglista, Enrique Lazaga, que consiste en la necesidad de conservar lo mejor de los estilos de ejecución de cada uno de los instrumentos en esta recopilación, para que nos transmitan una adecuada energía, así como la cubanía propia de las orquestas tradicionales que hicieron furor en épocas pasadas, incluso aquellas que tuvieren autores y ejecutantes no-cubanos, como sucedió con la participación activa de algunos puertorriqueños, y cuyo repertorio nunca pueden ser olvidados.

El resultado final  puede ser empleado en la radio, la televisión y el cine, e incluso para el acompañamiento en centros de entretenimiento y gastronomía, sin obviar la posibilidad de aplicarlo en coreografías de rigor artístico.

Del estudio grande de la Egrem en San Rafael, donde antes radicaba la Panart, en que fue grabado el Guarasón, el director del fonograma opina que lo llama “el espiritual”, porque dice que allí él grabó mucho con el Buenavista Social Club y otros numerosos proyectos. Que lo prefiere por encima del resto de los espacios de grabación en la capital, porque “ese estudio, no sé lo que tiene, posee una espiritualidad y una vida que se traspola a quien graba allí, y eso no se encuentra en otros, con pequeñas historias, y aún mucho por aportar en el futuro”.

Se agradece a Bismusic este nuevo fonograma que evidencia el permanente rol de sus autoridades en la selección de obras sublimes para su profuso catálogo, integrado por excelentes discos de música, que aprovechan nuestra inventiva musical y lo mejor de la tecnología al alcance del país. Y esto es justamente el Guarasón, un “disco reyoyo”, que ahora se presenta al público nacional e internacional como un ejemplo peculiar de la cultura musical más arraigada entre los cubanos.

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