Una pelea cubana contra la salsa III *

A propósito de la polémica generada en torno al interés de la Republica Dominicana de declarar ante la Unesco al género musical SALSA como Patrimonio Dominicano, continuamos con la publicación de trabajos investigativos en torno al tema. En esta ocasión, les presentamos la tercera parte y final del lúcido artículo del musicólogo Leonardo Acosta. Los músicos cubanos reconocemos nuestros prestamos tecnico-musicales. La musica es así, siempre nos une y de su interacción se asimilan esteticas disimiles y las hacen suya los interpretes. Los cubanos vivimos con orgullo al saber que nuestro SON irradia con sus ritmos y manera de decir a otros pueblos y a otras culturas. Somos caribeños y tambien latinoamericanos y todos debemos sentir orgullo de nuestras musicas, las que nos identifican, nos hacen soñar y amar.  

Por Leonardo Acosta, Musicólogo

Componentes y aportes de la salsa

A todas estas, hemos soslayado la cuestión central: debate en torno a la salsa y los argumentos esgrimidos al respecto. ¿Es que la salsa en realidad no es otra cosa que la amalgama de ritmos afrocubanos ya tradicionales? En ese sentido, la polémica puede muy bien terminar, pues casi todos los salseros admiten que la base de esta música es el son cubano, y otros ingredientes importantes como el guaguancó, el mambo o el chachachá son también de Cuba. En cuanto a otros ritmos afrocaribeños, es cierto que varios músicos han logrado, experimentalmente, excelentes trabajos de fusión con la plena y la bomba, con el merengue, la cumbia o el joropo. Pero se trata de casos más bien aislados, no de la norma, y resulta difícil hablar de un género que no sea cubano y forme parte integral de la salsa. Es más, el reciente auge del merengue ha venido a profundizar la brecha ya existente entre este y la salsa, y ambas partes enfatizan sus diferencias de manera acaso exagerada y hasta belicosa (una saludable excepción la constituyen Juan Luis Guerra y la 440). Los aportes salseros deben buscarse, por tanto, en otra parte.

En los momentos en que se era salsero o antisalsero, cuando dejó de emplearse la razón, el maestro Armando Romeu ilustró en varias charlas –o clases magistrales– las principales diferencias, al menos entonces (años setenta) entre la salsa y la música que se ejecutaba entre nosotros; y con una simple ecuación de primer grado explicaba la diferencia en los planos tímbrico y orquestal; allá habían cambiado y modernizado las secciones de vientos, manteniendo el ritmo tradicional; aquí se había hecho todo lo contrario, introduciendo la electrónica en el bajo y los teclados. Veinte añis más tarde, diríamos que en líneas generales hay diferencias en:

La manera de tocar y combinar los instrumentos de percusión; los montunos del piano; los bajos; los arreglos y formatos orquestales; las voces (inflexiones vocales, improvisaciones y estribillos); los movimientos escénicos; los textos cantados.

Es un hecho conocido que los salseros y sus textos reflejan la vida cotidiana y la lucha social de la minoría hispanoparlante más o menos marginada en Nueva York y otras grandes ciudades de los Estados Unidos y el Caribe. Y el hecho de que haya características propias en los textos de un género o estilo de música popular es importante, como lo demuestran la guaracha, el guaguancó, el tango, la ranchera, los blues, el bolero y, más recientemente, la nueva trova. En cuanto a parámetros exclusivamente musicales, hemos señalado los arreglos y formatos orquestales, con la preeminencia del trombón entre los vientos, lo cual proviene de una tradición boricua que pasa directamente de Mon Rivera a Willie Colón y se impone hoy en Cuba. Otro ejemplo sería el del contrabajo, que en Nueva York y el mundo salsero sigue la línea establecida por Cachao, Julio Andino y Bobby Rodríguez, mientras en Cuba se impuso el bajo–guitarra. Andy González lamenta, con razón, este cambio, con el cual se pierde la profundidad y el swing que proporciona el contrabajo acústico a la sección rítmica afrocubana (y al jazz). Andy, quien ha visitado Cuba, atribuye esa pérdida al hecho de que en la Isla no entró el “baby bajo” –solo producido por la Ampeg en los Estados Unidos–, que posee las ventajas de la amplificación electrónica sin perder la calidad del sonido del contrabajo.[i] En cuanto a los cantantes, al escuchar a ciertos salseros resulta evidente lo que deben a los pleneros y demás tradiciones vocales del Caribe.

Por este camino y mediante el análisis de una discografía bien seleccionada, podríamos llegar a enumerar una serie de aportes de esa música a la tradición afrocubana y afroantillana. Baste ahora señalar que gracias a la “actualización” o “reinterpretación” de nuestra música por los neoyorricans y otros caribeños, esta siguió difundiéndose por el mundo durante tres décadas de aislamiento de la música cubana. En la actualidad, estamos comprobando que esto fue positivo. Felizmente, sin perder nuestras propias características y con espíritu innovador, en Cuba hemos asumido la salsa como parte de una herencia común, dejando de verla como un alien que se debe combatir.

*Tomado de: Otra visión de la música popular cubana, La Habana, Ediciones Museo de la Música [segunda edición corregida], 2014, pp. 121-131. Publicado originalmente en El Nuevo Día (San Juan, Puerto Rico), domingo 16 de julio 1995; luego en Música Cubana (La Habana), núm. 0, 1997.

Bibliografía:

[i] Larry Birnbaum. “A Bottom Man Speaks Out: Andy González, Bassitst”. En: Vernon Boggs. Salsiology. Afro–Cuban Music and the Evolution of Salsa in New York City. New York, Excelsior, 1992.

 

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