Ezequiel Rodríguez Domínguez y la musicografía en Cuba.

Por: Grizel Hernández Baguer, musicóloga.

Ezequiel y Maria Teresa Vera. Fotos aportadas por la autora

Si bien la musicología cubana contemporánea sienta sus bases en la sistematización y formación disciplinar  tributada por el Instituto Superior de Arte  desde 1976  con el maestro Dr. Argeliers León, que se afirma  en los estudios musicales acorde al sistema de enseñanza artística del país, los fundamentos de la práctica investigativa musical hay que  buscarlos también en la labor de  muchos individuos que, ya en el siglo XIX y principalmente el pasado siglo XX se dedicaron  a dejar constancia de  hechos  o personas que han conformado  la historia musical cubana en su más amplio espectro .Nos referimos entonces a esos hombres y mujeres que con sus labor como periodistas , investigadores , coleccionistas o simplemente amantes de la música han aportado  un entramado de informaciones , notas , artículos , reseñas o colecciones  personales para contar  las historias, estableciendo una práctica de investigación musical fundamentada en la reconstrucción de memorias, en  el discurso testimonial  o una narrativa  historiográfica, que puede fundamentarse  en las   propias vivencias o en  reflexiones como resultado de la interacción con fuentes fidedignas  y de primera mano, por lo que constituyen documentos de gran valor para las investigadores actuales. Ejemplo hoy de este actuar son las obras de Alberto Muguercia, Dulcila Cañizares, Elio Horovio, Zoila Lapique, Lino Betancourt entre otros muchos, y  entre  este universo, es ineludible mencionar la figura de Ezequiel Rodríguez Domínguez, quien es reconocido como el Padre de la musicografía.

Es sin embargo esta una de esas figuras, lamentablemente  cuya historia de vida o alcance y valor de su legado histórico no ha corrido igual suerte, pues apenas se conoce, a pesar de que  algunos de sus textos  son citas o referentes bibliográficos obligados para temas de nuestra música popular. Ezequiel que nació en La Habana el 10 de abril de 1913, hijo de Mario Rodríguez y Felicita Domínguez y que ya, a temprana edad, debió incorporarse a  trabajos ocasionales para ayudar a sostener su humilde familia y así pregonaba en las calles de la ciudad vendiendo frutas y dulces. Años después en ese peregrinar sería agente de ventas de muebles, colchones y neveras hasta que se enfrenta a oficios de mayor seguridad como la talabartería,  la mecánica y  la tornería en un taller de la habanera calle Vives. Sin saberlo ese bregar por las calles quizás preparaba la mentalidad del entonces joven para a apreciar los valores de la cultura musical popular que se generaba a sus alrededores, lo cual se afianza en el taller donde entabla amistad con Panchito Riset,  quien sería años después un destacado cantante y  con quien disfrutaba en de escuchar viejas placas discográficas en una añeja victrola después de concluida la jornada de trabajo.

La personalidad curiosa y entusiasta le mantiene siempre insatisfecho con su aún pobre instrucción, pues solamente había logrado cursar hasta el sexto grado por lo que en su afán de superación se propone ya en la adultez completar en lo posible sus conocimientos. Es así que  el autoestudio  a partir de las nocturnas lecturas, concluidas la faena laboral de materias como la historia, la gramática y la música le preparan para nuevos saberes con la lectura que le permitirían años después adentrarse en nuevas acciones afines a la investigación musical.

A pesar de los esfuerzos, la miseria y la inseguridad social continúan marcando sus pasos en los años de juventud, tal es así que la imposibilidad de pagar el alquiler del cuarto que habitaba lo lleva reiteradamente al Juzgado Municipal  para cumplir con las demandas de los propietarios. Sin embargo, esta triste esta situación lo enfrentaría reiteradamente ante al  juez Waldo Medina, quien conociendo las dificultades económicas y la falta de un trabajo que le permitiera el pago de la mísera vivienda, le  propone ocupar la plaza de Ordenanza del Tribunal de Cuentas donde labora hasta 1959. Esta sensible acción del juez haría que se conservara durante años una franca amistad entre ambos individuos.

En su afán por estudiar, Ezequiel afianza sus conocimientos  sobre la música popular cubana, no solo a través de sus lecturas sino también  en la interacción con los propios músicos. La estabilidad de empleo, hace posible continuar su autosuperación, incorporándose a los cursos de Verano de la Universidad de la Habana, así como participar en las conferencias que impartían importantes intelectuales cubanos como Fernando Ortiz, Alejo Carpentier o Argeliers León.

Centraría  también un lugar significativo en la formación del musicógrafo, su incorporación al Instituto de Música folklórica creado por el maestro Odilio Urfé, que tomaría el nombre, después de 1959 de Seminario de Música Popular, aquí descubre nuevas aristas y posibilidades  de accionar e historiar la música cubana a partir de sus protagonistas. Asimismo  nodo  esencial para desarrollo de la obra de este investigador fue su vínculo matrimonial. El 27 de diciembre de 1954 a la edad de 41 años, se casa con Pura Zusana Hernández Robau en el registro civil de la calle O’Reilly esquina Agramonte,  en la Habana Vieja quien sería la compañera hasta el final de su vida. Pura es maestra, procedente de una humilde familia de la región villaclareña de Encrucijada, y  es parte de una extensa familia de 8 hermanos cuyo padre era barbero pero que había logrado que también sus hijos ejercieran  varios oficios,  estudiaran en la Universidad  e hicieran cursos de música, destacando entre ellas Adolfelia Hernández, quien fuera en un periodo integrante de la orquesta femenina Anacaona,  músicos con quienes Ezequiel cultivaría posteriormente una  rica y extensa amistad.

En 1962 el estudioso es llamado para trabajar en la  sección de música de la Delegación provincial de Cultura de La Habana, del antiguo Consejo Nacional de  Cultura. Allí puede ejercer  y desarrollar plenamente su labor como investigador así como una fructífera actividad de divulgación y enaltecimiento de la  música popular, dedicando especial atención al  son, el danzón y la trova a partir del trabajo de repertorio con las unidades artísticas, redacta de notas de programas,  y escribe folletos monográficos que hoy son interesantes textos que han servido y sirven de fundamento para la obra de investigadores., entre ellos se citan a Félix González : al ciclo de nuestros autores , dedicados a José Piedra a Jacobo González Rubalcaba y Guillermo González Camejo, a Miguelito Cuna, a Antonio Machín, entre otros muchos. Ciclos de conciertos. El son, sus creadores e intérpretes, dedicados a varios intérpretes   y colabora con su amigo Odilio Urfé en la organización del  Primer Festival de Música Popular,  en 1962.

Para el desarrollo de esta labor, Ezequiel se vale de la práctica biográfica como objetivo central y método de investigación  para  la reconstrucción de épocas géneros. De esta manera su labor se centra en la escritura de biografías  para la difusión y promoción de aquellos músicos vivos, con quienes se relacionaba o ya fallecidos y, de manera muy particular, aquellos que  eran cercanos a la  trova tradicional, al danzón y al son, temas que eran objeto particular de su interés. Dotado de una persistente voluntad, logra   encontrar  de modo casi empírico el camino para  encontrar datos precisos , fechas, lugares y circunstancias para sus indagaciones, apoyado en el ejercicio de la lectura, la asistencia a conferencias, la consulta de los archivos de las iglesias, en busca de actas bautismales o utilizar el testimonio como recurso de investigación que le permite  utilizar la biografía como corpus biográfico esencial en  el que el artista es visto como un  sujeto histórico o el género musical es abordado  como un proceso y una práctica sociomusical, donde el sujeto también se convierte en eje como parte de un colectivo.

Ediciones Museo de la Música..

Resulta de gran significación para la historia de la música  popular cubana su libro El trío Matamoros (1978) con el cual obtuviera el Premio Especial de Testimonio en el Concurso Rubén Martínez Villena de la CTC, lo cual debe haber impulsado su salida en 1978, por la Editorial Arte y Literatura.[1]Otras obras cumbres de la musicografía  nacional y que certifican su  consagrada labor  son la  Iconografía de la trova  y la Iconografía  del  danzón,  en las que Ezequiel se adentra  y adelanta a su tiempo de manera particular al reconstruir la  historia a partir de la fotografía como documento, que el mismo gestionaba y financiaba en su reproducción.

El complejo año 1970 se convierte en un momento de éxito para los sueños de Ezequiel  en su obra en pro de la cultura cubana pues organiza y funda la Casa de la Trova  ubicada en la calle San Lázaro 353, de la cual  es nombrado Director, responsabilidad que ocuparía hasta 1976.En 1971 organizaría en  dicha institución la mayor exposición realizada hasta el momento de Rita Montaner al exponerse 302 fotos de la artista, discos, programas y una importante colección del vestuario. Con estas acciones llevaría a un nuevo punto el trabajo como promotor de la cultura musical cubana pues en dicha institución, que tendría una representación provincial en sus inicios, desarrolló una fructífera y exitosa actividad por la divulgación de la trova tradicional. Años después dicha entidad es conocida como Casa de la trova de Centro Habana y posteriormente con su fallecimiento tomaría  el nombre de su fundador Casa de la trova Ezequiel Rodríguez, que  lamentablemente en estos tiempos, ha sucumbido ante el triste deterioro  que muestran  estas instituciones.

Como trabajador de la cultura este hombre pionero de la musicografía cubana, tuvo una integrada vida social y un compromiso político desde su juventud lo cual se evidencia en su filiación desde 1943 al Partido Socialista Popular en el barrio de Villanueva, y su incorporación fundacional a las instituciones civiles y sindicales desde los inicios de 1959. Por su  sistemática labor de dedicación a la investigación musical y entrega por el reconocimiento de nuestra música,  tuvo un respetuoso reconocimiento entre los diversos organismos e instituciones vinculados a su labor así como personalidades de la cultura.

A las 7 y 50 pm del 30 de marzo de 1986, a los a los 72  años, fallece este notable personalidad dejando una gran obra, lamentablemente hoy invisibilizada  y una investigación inconclusa en que develaba la historia de los sextetos y septetos de son en nuestra cultura musical. De su obra expresara otro importante musicógrafo, su amigo y discípulo Lino Betancourt, cuando expresó:

Los estudiosos de la música, los periodistas, musicólogos y trovadores, siempre tendremos a este HERMANO MAYOR como a nuestro MAESTRO    y al que un día el director de orquesta Eduardo Ramos Saavedra, calificara como “El padre de la Musicografía Cubana”.

Notas:

[1] Reeditado  y enriquecido por el Sello editorial Museo de la Música.

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