Un son pa´ Ibrahím

Por: Ahmed Melo Abad

Ibrahim Ferrer. Fotos Periódico Cubadisco 2005

Óigame, compay, no deje camino por coger la vereda. Sabia sentencia, sabia decisión. La verdad que no sé por qué Oriente tiene la magia, el encanto…la dicha infinita de ser destino y origen de excelentes cultores de nuestra música. Quizás tenga que ver con su clima, su geografía, con Esteban Salas o vaya usted a saber si el Padre las Casas tuvo alguna responsabilidad en esto. Alguien en una ocasión me dijo que pensara en la energía piramidal…Bueno, ¿por qué no?

Lo cierto es que de allí salieron Tristeza, Orgullo, La mujer bayamesa… y algo muy importante: el Son de la loma.

Todo esto creó las circunstancias favorables para que en plena ebullición del son, pero también en pleno baile, alguien que tal parece no resistió estar más tiempo en estado de semiliquidez, se decidiera a salir para presenciar el disfrute de aquel formidable guateque.

Tanto es así que un buen día, en pleno salón de bailes, la futura madre tuvo que dejar la pieza musical que bailaba para complacer a este muchachón, que a mi juicio nació con el don de saber dónde, cuándo y en qué momento se deben hacer las cosas; en buen cubano, diría yo…con aché. Y mira si es así, que como ave Fénix emergió de la noche a la mañana, ya casi en el ocaso de su carrera, para convertirse en una gran figura internacional.

El 20 de febrero de 1927, en el extremo este de nuestro verde caimán, en San Luis, antigua provincial oriental, vio la luz –y la música, ¿por qué no? – el sonero y, por cierto, ¡gran bolerista!, el cubano Ibrahím Ferrer.

Contaba apenas con 14 años de edad cuando decidió dedicar su vida a la música, trabajando en algún que otro grupo musical de la zona. En la década del 50´ obtiene un gran éxito con el disco El platanal de Bartolo, junto a su autor, el destacado músico Electo Rosell, conocido en el mundo artístico como Chepín, y su Orquesta Oriental, la que contaba con gran fama en toda la zona oriental del país.

Después trabajaría con Pacho Alonso y sus Bocucos, ocasionalmente con Benny Moré y por último como voz principal del conjunto Los Bocucos, ya sin Pacho Alonso, donde permaneció hasta su retiro en 1995.

A finales de la década de los 90´ el joven músico Juan de Marco González va en su búsqueda y lo rescata para el proyecto Buena Vista Social Club, el cual tuvo la aceptación de reunir a viejas glorias de la música cubana, entre ellos los ya fallecidos Compay Segundo y Rubén González, así como Omara Portuondo, Galbán, el Guajiro Mirabal, Eliades Ochoa y otros, para convertirse en una de las estrellas de este “fenómeno” mundial.

El resto ya se conoce y se resume en breves palabras: cuatro codiciados Grammy y un éxito rotundo en escenarios de todos los continentes.

Pero hay una faceta poco difundida de este artista, y es su labor como creador de excelentes obras musicales que enriquecen nuestra discografía y el patrimonio cultural cubano, las cuales se pueden disfrutar en los CDs Buenos hermanos, con “Boquiñeñe”, Hay que entrarle a palos a ese, y también en el Buena Vista Social Club (De camino a la vereda); y con el Conjunto Los Bocucos: Disonancia en pilón y El pilón si se goza, o una que también alcanzó gran popularidad en épocas pasadas: La historia de Benitín.

Los aplausos dejan de ser suficientes para cuando se quiere reconocer la obra de un artista que ha dado sobradas muestras de ser un creador cubano con una labor profesional relevante, fidelidad y confianza, razones más que sobradas para que la Agencia Cubana de Derecho de Autor Musical decidiera otorgarle a Ibrahím Ferrer la condición de Gran Socio ACDAM 2005.

 

Tomado de Periódico Cubadisco, 2005.

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