Barbarito Diez: nos queda en el corazón*

Por María Teresa Linares

* A propósito de cumplirse hoy 25 años del fallecimiento de Barbarito Diez, reproducimos las palabras de despedida de duelo pronunciadas por María Teresa Linares en su sepelio el día 7 de mayo de 1995.

Querida Leonor y familiares de Barbarito

Queridos amigos

Cuán doloroso resulta separarnos de un ser querido, admirado, respetado por todos como ha sido este Barbarito Diez, caballero de la canción cubana, representante genuino de nuestra identidad cultural.

Hombre del pueblo, nació dotado de una voz que en otras circunstancias hubiera alcanzado los más altos niveles del arte lírico. Había nacido en Bolondrón, Matanzas, el 4 de diciembre de 1909. Con su familia partió a Manatí, Oriente, para integrarse a la industria azucarera que en aquellos momentos se expandía reclamando fuerza laboral del Occidente. Más tarde, problemas económicos nuevamente lo hacen emigrar hacia La Habana, donde sus dotes artísticas le abrirían el camino, si no de la riqueza económica, sí de la gloria. Era un momento crucial, desde el punto de vista político, los cubanos se enfrentaban a una feroz tiranía, y las consecuencias del crack bancario del 29 llevaba a la nación a una cruenta situación económica.

Barbarito Diez se abrió paso por su calidad de voz, por sus modales mesurados, por su buen gusto, memoria, oído musical y entonación. Fue seleccionado por Antonio María Romeu para que cantara en su orquesta el género en auge de la moda, el danzonete, y fue integrante a la vez de un trío en que se reunían tres personas tan similares que podían considerarse hermanos, Graciano Gómez, compositor y guitarrista, Isaac Oviedo, tresero -y gran sonero-; pero integrados en un trío alcanzaron una expresión cantable asombrosamente lírica.

Con la orquesta de Antonio María Romeu, Barbarito cantó un extensísimo repertorio que abarcaba autores principales cubanos como Ernesto Lecuona, Eliseo Grenet, Gonzalo Roig, Rodrigo Prats, los grandes de la trova: Sindo Garay, Alberto Villalón, Rosendo Ruiz, Manuel Corona, María Teresa Vera, Patricio Ballagas; de Puerto Rico cantó casi todos lo más conocido de Rafael Hernández, de México cantó a Agustín Lara, María Grever, Guty Cárdenas. En sus últimos discos incluyó autores venezolanos con sus más hermosas melodías transcritas a su estilo de expresión.

Tuve el placer de conocer a Barbarito en un cumpleaños de María Teresa Vera. Me causó sorpresa conocer a un Barbarito distinto del que yo admiraba. Allí cantó canciones de Graciano Gómez con el trío de Graciano e Isaac. Le escuché una bellísima canción titulada «Lección de piano», compuesta por Graciano sobre un poema de Sánchez Galarraga. Creo que aquella interpretación me indicó la altura que alcanzaba aquel hombre modesto. Su lirismo, las inflexiones de su voz, la facilidad con la que alcanzaba las notas agudas y la calidez de sus graves. Aquella insuperable interpretación dedicada a su amiga entrañable, contenía toda la emoción y afecto que podía alcanzar su amistad de muchos años. Cuando tuve la oportunidad de integrarme a la producción de discos, solicité que mi primer trabajo fuera grabarle a aquel memorable trío su primer disco, y en él la canción que encabezaba era, precisamente, la «Lección de piano». Más adelante continué grabándole nuevos discos, el que celebraba sus bodas de oro con la canción cubana, los de canciones venezolanas, los de nuevas obras. Participé en sus entusiasmos por los viajes que realizó a Venezuela, México y Colombia. Participé en sus presentaciones del «Café de los recuerdos», donde se rememoraban las noches de bohemia del Café Vista Alegre, en el que los trovadores le cantaban a intelectuales y personalidades que asistían, muchos de ellos poetas que les ofrecían sus textos de canciones.

Barbarito Diez conservó su asombrosa calidad vocal y musical mucho más de cincuenta años. Fue hermano del arte, compañero y maestro de muchos artistas que compartieron su vida musical, como el malogrado Pablo Quevedo, Fernando Collazo, Paulina Álvarez, Abelardo Barroso, Joseíto Fernández, que cantaron danzonetes y danzones cantados. Además fue un trovador por excelencia. Y a un trovador hay que recordarlo cantando. Muchos de los presentes recordarán el homenaje que se le tributó al cumplir los 80 años en el Gran Teatro de La Habana. Cuando la Banda de Conciertos comenzó a ejecutar «Perla marina» de Sindo Garay, él le pidió a su hijo Pablo que lo ayudara a ponerse de pie, y ante el asombro de toda la platea cantó a viva voz en el tono de la orquesta, sin equivocarse ni olvidarse de alguna frase, cuando ya su mente y su salud se hallaban muy quebrantadas.

Barbarito cantó como en sus mejores tiempos y recibió la más sonora y emocionada ovación de aquel público que había acudido a homenajearlo y recibía el más preciado regalo de su voz.

Barbarito parte a la eternidad a reunirse con sus amigos y compañeros que lo precedieron. A nosotros nos queda Barbarito en el corazón, en el recuerdo, en sus canciones, en su incuestionable cubanía. Fue y es una de las más recias personalidades de la cancionística cubana. por eso queda entre nosotros

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