Tributo al Conjunto Rumbavana. El Torbellino de las Américas*

Por Gaspar Marrero. Investigador

*Notas al CD-257.

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Por la década de 1970, alternaba mi profesión de maestro con los comienzos de mi carrera radial. Casi siempre me correspondía impartir clases en la sesión de la tarde. Los sábados –por aquello de empezar el fin de semana más rápido– la escuela iniciaba la jornada un poco más temprano.

El administrador del centro –cuyo nombre no recuerdo– había gestionado la reparación de un viejo televisor alemán y lo situó en un pequeño local donde sobrevivía un reloj mecánico para marcar entradas y salidas. Durante los primeros días no di importancia a aquel detalle. Hasta que llegó el primer sábado.

Fiel a mi costumbre diaria de llegar al instituto una hora antes del primer turno docente, marqué mi tarjeta al filo del mediodía y fue en ese momento cuando nació otro ritual. Cada sábado, Mario, profesor de Educación Física, trabajaba doble sesión. Al finalizar la jornada matutina, descansaba a la hora del almuerzo hasta reanudar su trabajo. Estaba allí, en un banco de madera, ante el televisor. En la pantalla, un grupo musical hacía gala de toda su alegría. Cuando ya me dirigía al llamado Salón de Profesores, Mario me lanzó la pregunta: ¿Tú no ves esto?

No recuerdo si le contesté. En segundos, me vi sentado junto a él en el otro extremo del banco. Era el programa Meridiano del Canal 6. Durante una hora, el Conjunto Rumbavana, en pleno apogeo de popularidad, actuaba cada semana en ese espacio. El programa concluyó muy poco antes de la una. La recepcionista de turno hizo sonar el timbre para avisar la hora de empezar las clases. Mario y yo abandonábamos el saloncito cantando a dúo el último estribillo.

No he visto a Mario desde hace años. Le agradezco todavía aquel disfrute de ese, y los siguientes mediodías de sábado. Porque descubrí –¡qué bueno!– la chispa contagiosa de Rumbavana… Dramáticamente, pese a su importancia en el panorama musical de Cuba, la del Conjunto Rumbavana es una historia no escrita.

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Los especialistas en la materia sitúan en el período 1940-1950 la denominada Era de los conjuntos. Grupos compuestos por dos o tres trompetas, piano, contrabajo, percusión cubana y cantantes surgieron a partir de los septetos soneros. No obstante, es posible considerarlos como una reducción de las mal llamadas jazz bands y no precisamente como una ampliación de los septetos. Tres conjuntos marcaron las líneas experimentales a partir de las cuales nacieron todos los demás: el Conjunto Casino, el de Arsenio Rodríguez (1911-1970) y la Sonora Matancera.

En 1953 comienza la época de oro del chachachá y el resurgir de las charangas. Los conjuntos, lejos de desaparecer, se unieron a la corriente y asimilaron, junto a su repertorio de guarachas, sones, rumbas, congas y boleros, el género de moda.

El 16 de enero de 1956 el cantante Roberto Faz (1914-1966) se lanzó al ruedo con un conjunto propio, luego de casi doce años con el Conjunto Casino de Roberto Espí (1913-1999). Meses más tarde, otros entusiastas jóvenes organizarían otra agrupación similar.

Eran muy comunes las desavenencias entre miembros de alguna orquesta, por razones de índole económica. Así salieron de una banda, entre otros, los trompetistas Manuel Guajiro Mirabal (1933) –el mundialmente conocido miembro del Buenavista Social Club-, Benitico Llanes (1933), José Francisco Fraga y el tumbador Ricardo Ferro a quienes se les unió el cantante cienfueguero Guido Soto (1924-2001).[1] Adoptaron el formato de conjunto y tomaron el estilo impuesto por el Casino. No sé si fue a partir del Kubavana, conjunto muy popular por los cuarenta, pero el nombre escogido se parecía muchísimo: Rumbavana. Bajo la dirección de Ferro debutaron en un baile organizado por la Asociación de Propietarios y Vecinos de Calabazar, el 20 de septiembre de 1956.

Hacia 1958, Rumbavana llega al disco por primera vez, con una sorpresa: su cantante principal era un joven de Batabanó nombrado Lino Borges (1932-2003), quien acababa de estrenarse como vocalista del Conjunto Saratoga, pero este se disuelve y Lino recibe el espaldarazo de Ferro y sus compañeros. Graban en Radio Progreso un disco sencillo para el sello Duarte, con las piezas El jamaiquino (Niño Rivera, 1919-1996) y Camará’, río ‘tá hondo. Una verdadera rareza.

La fama de Lino se afinca luego como bolerista, con sus presentaciones en el Cabaret Nacional de San Rafael y Prado. Y se impone grabarle boleros. Rumbavana será, pues, la primera agrupación con la cual el cantante llevará su repertorio romántico a los discos de vinilo. Con el sello Puchito de 1960, se edita una placa de larga duración, con temas como Volverás a mi lado (Leopoldo Ulloa, 1931-2003), Paloma herida, Todo se paga (Ricardo García Perdomo, 1917-1996) y Enséñame tú (Jorge Zamora, 1918). Fue el primer gran descubrimiento del conjunto. De esto, no se ha hablado. El otro vendrá pocos años después…

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Rumbavana no solo triunfó: hizo mucho más. Y lo consiguió en una etapa peculiar en el ambiente musical cubano. Luego de años de incomprensible censura, la música internacional, como torrente detenido por mucho tiempo, irrumpía literalmente en la escena insular. Aquello acaparó totalmente la atención del público joven y de buena parte de los mayores. Ser músico de una orquesta era, por tanto, la última carta de la baraja. Las orquestas bailables eran relegadas a planos inferiores y sus miembros, urgidos de encontrar fuentes de trabajo, se dieron a la tarea de renovarse.

Elio Revé (1930-1997) con su orquesta dio el palo con el changüí-shake creado por Juan Formell (1942-2014). Desde 1968, la fiebre de modernizaciones sería el principal aliciente del escenario bailable en Cuba. Los conjuntos también cambiaron, pero no mucho. En enero de 1972, el cantante Orlando Reyes (1936) organiza Los Latinos, basado en géneros como la bomba, la plena, la cumbia y el merengue, junto a los ritmos cubanos. Uno de sus vocalistas era Ricardito Rivera, quien pasó a ser la voz líder cuando Reyes se fue a crear otro: Los Chuqui. Años después, Ricardito, sorpresivamente, sería parte de esta historia.

Por su parte, el Saratoga con Lino Borges y la Gloria Matancera con el también bolerista Roberto Sánchez (1934-2006) debieron incluir equipos electrónicos, pero se mantuvieron fieles a la tradición. El Conjunto Roberto Faz siguió en la pelea con sus inolvidables Mosaicos de boleros. ¿Quién sabe si los conjuntos hubieran desaparecido de la evolución musical de Cuba? Con su sonido diferente el Conjunto Rumbavana los salvó.

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Entre la tropa fundadora de Rumbavana, en 1956, no puede olvidarse un nombre. Según se cuenta, Joseíto González (1940-1997) apenas salía de la adolescencia cuando se formó el conjunto y, desde entonces, se vinculó con él. Su aporte principal: las orquestaciones.

Fue testigo de cómo se unieron nuevos nombres: Orestes Macías (1934), primero; luego, Fernando González (1927-2005) y Raúl Planas (1924-2001). En 1964, cuando se crea la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales de Cuba (EGREM), el Conjunto Rumbavana es de los primeros en grabar. El programa Música del pueblo de Radio Cadena Habana –conocida entonces como La emisora musical de Cuba–, difunde, uno tras otro, estos títulos: Tumbayaya (Calixto Callava, 1930-1990), Quiéreme mucho, Caridad (Raúl Planas) y aquello de Descarga, corazón, de su entonces pianista, Jorge Rivero El Buttin, todos en la voz de Planas, y los boleros Para qué me llamas (Sergio Francia), Cuando tengas corazón (Frank García) y La luna en tu mirada (Luis Chanivecky, 1927-2000), una curiosa versión del éxito de Los Zafiros al estilo de Fernando González.

Por entonces, según confesara luego Joseíto a la prensa, “eran estatuas que tocaban”. En 1966, él será el nuevo director y pianista del conjunto. A diferencia de los demás grupos, renovados apenas en la superficie, el grupo cambiará su esencia. ¿Punto de giro?: Así quiero, corazón, originalmente conocido como Así, de Juan Formell. Es el primer conjunto en montar una obra del compositor bailable del momento. Poco a poco, Rumbavana se hace de un lugar de preferencia. Las ideas musicales de Joseíto González demuestran su validez.

Mientras esto sucedía, un joven músico y compositor, Adalberto Álvarez (1948), estaba al frente del Conjunto Avance Juvenil, de Camagüey. Su papá, el querido sonero Nené Álvarez, pone en contacto a Adalberto con Joseíto González. Este, al escuchar el repertorio del grupo agramontino, pide a su joven director algunas de sus creaciones para tocarlas con Rumbavana. Al poco tiempo, se escuchó la primera: Con un besito, mi amor. Éxito total. A partir de entonces, Joseíto estableció vínculos estrechos de trabajo musical con el compositor. Seguirían en la lista A ver, Que me quieres y Realidad y solución.

Adalberto muestra al director de Rumbavana una nueva creación, todavía sin título. Joseíto se entusiasmó con la pieza, la llevó a La Habana y decidió estrenarla en la primera oportunidad. El momento llegó un domingo, en el histórico y hoy olvidado Estudio 2 de Radiocentro, donde se grababa el gigante Fiesta en el Aire, transmitido por Radio Liberación. De eso se enteró Adalberto Álvarez días después cuando recibió un telegrama que le informa: “Estrenado nuevo número. Título: El son de Adalberto”.

La historia posterior del músico se conoce en todo el mundo. A Joseíto González y al Conjunto Rumbavana se lo debemos.

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Para muchos, en esos años de la llamada Década Prodigiosa –¿dónde está el prodigio de esa década?–, una música cubana moderna sería posible solo con la adquisición de instrumentos característicos de aquellos combos: guitarras eléctricas (bajo incluido), batería y panderetas. La carencia de pianos obligó a la importación de las llamadas organetas, las cuales, mediante la electrónica, emitían un sonido emparentado con el vetusto órgano de otros tiempos. Debían pasar algunos años hasta lograr en ellas, de forma sintetizada, el sonido real del piano de cola. En fin, se produjeron cambios casi desesperados, en un afán de actualización prácticamente obsesivo.

El Conjunto Rumbavana también se modificó. Sustituyó el contrabajo por la guitarra bajo y adoptó la tan llevada y traída organeta. Sin embargo, el talento de Joseíto González no asignó a los nuevos instrumentos un simple cambio de voces. Revé había adoptado la cajita china con el changüí shake. Entonces Rumbavana acopló una caña brava al bongó de otro imprescindible: Celestino Alonso Papá Gofio (?-2008).

Junto al tumbador Ricardo Ferro, Papá Gofio conformó una batería distinta que alternaba, con singular habilidad, el bongó, el cencerro y la caña brava, en diferentes pasajes de un mismo bailable. ¡Y qué decir de sus intervenciones festivas al micrófono! Constituían el preámbulo del momento climático de la ejecución. Su apodo surgió en las permanentes presentaciones de Rumbavana en el programa Alegrías de Sobremesa, de Radio Progreso, donde el actor Agustín Campos repetía siempre el bocadillo de “¡Papá, gofio!” Entusiasta a más no poder, el músico lo repitió muchísimo y sus compañeros terminaron adjudicándoselo.

Esa fue otra de las cartas de triunfo del conjunto: su jubilosa proyección escénica. Todos sabían muy bien de la importancia de transmitir alegría más allá de la propia interpretación. Sus actuaciones en la televisión así lo demostraban y los camarógrafos, guiados por atentos directores, se daban banquete. Después de terminar un solo, un trompetista lanzaba un beso a las cámaras. Orestes Macías estaba siempre sonriente, mientras Guido Soto alzaba feliz sus maracas. Por cierto, el maestro de los animadores Germán Pinelli había retratado a Guido años atrás: la escasez de cabellera le sobraba en el mostacho.

A aquel ambiente se unió, inesperadamente, Ricardito, el de Los Latinos. Ya era famoso por su interacción con los bailadores, una moda muy socorrida entonces. Según se dice, cuando debutó en el Conjunto Kubamambo, proclamaba su deseo de cantar, algún día, con Rumbavana. Y, cuando estaba en su apogeo como líder vocal de Los Latinos, dio el salto. Su chispeante compostura cayó como anillo al dedo al grupo. Si antes gritaba “¡Los Latinos!” en medio de una carcajada, ahora sería “¡Rumbavana!”

En singular contraste, alternaban con las bachatas cubanas (su fuerte), las voces de Orestes y de Fernando González, en los boleros –Ricardito también cantó los suyos– y Raúl Planas seguía en sus actuaciones la línea de Barbarito Diez (1909-1995) o de Tito Gómez (1920-2000): nunca se movió en escena, pero era un sonero de cuerpo entero y con su voz hacía mover al más indiferente.

El acople de las cuatro trompetas –jamás asumieron la moda del trombón– definió el sello, con aquellos solos de Jorge Puig o de Gilberto Azcuy y, contra todo pronóstico, la organeta de Joseíto González fue la única en Cuba cuyo sonido era sonero por los cuatro costados. Lo de El sinfónico del son no era una frase más: sí modernizó la línea sonora de los conjuntos cubanos y tuvo, además, una visión exacta para conformar el repertorio. Era compositor, pero no atiborró el catálogo con sus creaciones. Fue de los últimos directores en permanecer atento a los autores musicales y aceptaba todo cuanto concordara con la línea musical del conjunto.

Fue un estilo único. Lo hecho por el Conjunto Rumbavana para nadie más sirvió en Cuba. Y se batió, por así decirlo, contra el pop de afuera y la competencia del Grupo Monumental, Los Latinos y la Ritmo Oriental.

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Fue en una charla informal, entre amigos seguidores y hacedores de música. En medio de remembranzas de años ha, se habló de aquel Rumbavana cuyo vacío, tras su disolución, nunca se llenó. El experimentado radiodifusor Ramón Espígul y el maestro Manolito Simonet hallaron una razón para el homenaje, la revelación para el público de hoy y, al mismo tiempo, un desafío.

Fundador del Trabuco el 25 de febrero de 1993, Simonet ha colocado a su agrupación entre las imprescindibles de los últimos veinte años. Pianista, arreglista y compositor, el querido músico camagüeyano ha destacado siempre su predilección, como pianista, por Joseíto González. Fue el principal estímulo en su desarrollo como instrumentista.

La coincidencia de criterios entre los allí presentes fue el detonante. Nació el reto: un disco homenaje al Conjunto Rumbavana y a su director de muchos años, Joseíto González. Y quien podía hacerlo era, lógicamente, Manolito Simonet.

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Lo confieso: la primera escucha de este disco me produjo una profunda emoción porque recordé, de pronto, aquellos mediodías de sábado ante el viejo televisor del instituto. Los creía olvidados y disfrutar otra vez de aquellos grandes éxitos del Conjunto Rumbavana de los setenta estremeció totalmente mis memorias. Si usted es de quienes vivió esa época, posiblemente le suceda lo mismo.

Comprobé, finalmente, la extraordinaria calidad de aquellos arreglos del maestro Joseíto. Y algo más: su permanencia. Interpretados por músicos de estos tiempos, en pleno siglo XXI, acusan una actualidad insospechada. Si lo duda, escuche detenidamente a Mayito Rivera en la versión de Negro de sociedad, donde demuestra su estirpe sonera de pura raigambre cubana. O a Alexander Abreu con matices de esta centuria en Con un besito, mi amor. También a Sixto Llorente El Indio al recordar aquello de Perdónalo, Salomé y, como curiosidad, Germán Velasco, eficiente maraquero en todo el disco, trajo su saxo soprano para unirse al tributo. Conforman todos un excepcional y sugerente contraste con los arreglos originales de Joseíto, llevados a las partituras de hoy por Manolito Simonet, su continuador, expresión de ese sonido Rumbavana de hace casi cuarenta años, con garantía –demostrada aquí– de permanencia.

Aparecen en la propuesta cuatro de las creaciones de Adalberto Álvarez, en recuerdo de sus inicios. El propio autor asume la voz segunda en El son de Adalberto, junto a José Antonio Rodríguez Pepitín, y en Sobre un tema triste, con Coco Freeman, quien nuevamente demuestra su increíble versatilidad. El coro de David Bencomo, veterano del Trabuco, Laíto Jr. y Pepitín evoca, en perfecto empaste, el unísono original de Orestes Macías y Fernando González, con el singular agudo de Guido Soto en Así quiero, corazón.

El recuerdo de Raúl Planas El señor del son quedó plasmado en la versión del eterno amigo Andy Montañez, con su alegre y emotivo tributo al maestro en Con la espuela, portador de la gracia total de la bachata oriental. En Te traigo mi son cubano, con el canto de Laíto Jr. se produce un feliz reencuentro con el valioso vocalista, en un son objeto, en su tiempo, de una censura total en la radio, debido a un estribillo digno del Guayabero.

Mención aparte para los rumbavaneros de vuelta: Puig, Ricardito y Orestes Macías. El trompetista Jorge Puig no olvidó su imprescindible solo en la mencionada composición de Formell. Orestes sigue con su manera guapachosa de siempre en dos de sus hits de la época, donde se aprecia fielmente el sonido Rumbavana en los boleros: Soy tu amor, soy tu castigo, única obra de Joseíto en el CD, y La luna, el sol y tus ojos. Y Ricardito renueva esa jácara cubanísima muy suya y, a la vez, nos conmueve con aquel son Calor en Santiago y al rememorar el clásico de Planas y del conjunto Descarga, corazón.

Únicamente una producción como esta puede reunir estrellas del pasado y luminarias de hoy: Joel Driggs, el sempiterno Evelio Ramos (años también en el Trabuco), Jorge Luis Guerra, Conrado Poey y Roisel Riverón, evocan entre todos la inimitable batería de Rumbavana. Entre Robin Martínez y Rafael Arbeláez reeditan las cuatro trompetas de siempre. Eloy Abreu y Alexander aportan también las suyas… Rumbavana hizo el milagro.

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Colibrí se honra –y rinde honores también a la música cubana– con esta producción. Cuando usted decida colocarlo en su reproductora, no importará donde se encuentre. Se encenderá, enseguida, un viejo televisor en blanco y negro o las luces de una pista bailable popular. Los verá a todos, a quienes fueron y a quienes nos cuentan cuánto vivieron en su feliz travesura musical. Sabrá por qué el Conjunto Rumbavana fue bautizado como El torbellino de América cuando actuó en vivo por todo el continente.

Es el resumen de una época, sorprendentemente viva, gracias a los protagonistas de ayer y a los continuadores de hoy. Discos como este transmiten, además de enormes deseos de bailar de verdad, la seguridad de la vigencia eterna de Joseíto González y esa pléyade forjadora de esta leyenda.

Únase usted a nuestro sincero homenaje porque el Conjunto Rumbavana, más aun desde las pistas de este disco, seguirá entre nosotros.

17 de enero de 2012.


NOTAS

[1] Proveniente de una familia musical, su hermano Mario Soto había debutado en un trío en La Habana, hacia 1937, con su coterráneo Espí.

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