El Trío Matamoros, para creer en el hermoso mañana

Por Guille Vilar, crítico musical

Pocas veces he quedado tan dramáticamente impresionado como la primera vez que escuché “Lágrimas negras” por la personalísima versión del cantante Diego el Cigala junto al maestro Bebo Valdés en el piano. Es tan espectacular la interpretación del conocido tema de Miguel Matamoros a cargo del músico flamenco, que me hace recordar a Alejo Carpentier cuando alude a que nuestras cosas vistas desde el extranjero, nos pueden hacer comprender más que nunca el valor del tesoro popular. Es que hablar de Matamoros en cualquier parte del mundo, representa uno de los paradigmas del arte clásico universal, pero además para los cubanos figura entre los componentes fundacionales de nuestra identidad.

Por lo tanto, al celebrar el 95 Aniversario de la creación del Trio Matamoros por Miguel junto a Siro Rodríguez y Rafael Cueto, no solo resulta imprescindible honrar el legado de la agrupación más famosa de ese tipo en Cuba durante la primera mitad del siglo pasado sino también por la necesidad de desmontar su organicidad en un intento de explicarnos las razones que conservan la vigencia del mito al cabo de tanto tiempo. No queda de otra pues cualquiera de nosotros, sin saber cómo ni cuándo- nos aprendimos estos estribillos para con la mayor naturalidad sumarnos al coro de “Aunque tú me has dejado en el abandono, aunque tú has muerto todas mis ilusiones…” o el de “Aunque quieras olvidarme, ha de ser imposible porque eterno recuerdo tendrás siempre de mi…” y por supuesto que incluimos esa especie de himno cuya letra dice: “¿De dónde serán?, ¿Serán de La Habana?, ¿Serán de Santiago? Tierra soberana…”. Es que, tanto en estas canciones como sucede con La mujer de Antonio, El paralítico o El que siembra su maíz, si las comparamos como enormes bloques que soportan la estructura piramidal de nuestro patrimonio, nada más que de quitarles el pesado fardo del abandono, descubrimos el inmenso caudal de interconexiones temporales que fluyen por las cubanas venas de hoy en día, debido a la gracia inigualable del sabor matamorino.

De ahí nos viene la preferencia por el entorno picaresco del doble sentido a partir de un contagioso estilo musical, marcado por la sencillez del ingenio que brota desde las mismas entrañas del pueblo. Desde la movida dinámica social que en su momento motivaron las piezas interpretadas por el Trio Matamoros, nos percatamos de la absoluta espontaneidad de este fenómeno cultural que años después se reiterara de nuevo en el gran Benny Moré. El hecho de que Matamoros haya compuesto más de doscientas obras, principalmente sones, boleros y bolero-son, además de ser un excelente guitarrista prima y que su voz empaste acopladamente con la segunda de Siro, arrobado todo esto a su vez por el criollo tumbao de Cueto como guitarrista acompañante, es lo que provoca sentirnos justamente maravillados al disfrutar de esta fábula musical como si fuera de hace tan solo días. Precisamente, en estos momentos que necesitamos de tanta fe en nosotros mismos, tenemos la certeza que la leyenda del Trío Matamoros es una de las fuerzas espirituales con que contamos para creer en el hermoso mañana que nos espera.

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