Páginas Danzoneras….A Pedrito Hernández, danzonero mayor: “Mi fuerte es el danzón”

Por Ada Oviedo Taylor. Historiadora del arte

Sí, su fuerte fue el danzón, esta frase la repetía con frecuencia en varias de las conversaciones que sostuvimos y que sus casi siete décadas de vida artística dedicadas al género se encargaron de confirmarlo.

Violinista, compositor, orquestador, en cada una de estas vertientes dejó su ejemplo de músico íntegro. Con una sólida formación académica, Pedrito Hernández culmina en 1938 sus estudios de violín y otras asignaturas teóricas en el Conservatorio Municipal de La Habana Félix E. Alpízar (hoy Amadeo Roldán) con altas calificaciones. Pero un año antes entraba en el mundo charanguero, siendo aún estudiante, en la Orquesta Polar dirigida por Eduardo García en la villa de Guanabacoa, localidad donde vivió por varios años, inició su vida artística profesional y creó sus primeras composiciones danzoneras. En 1939 ya se disfrutaba de sus interpretaciones en la orquesta del célebre pianista Antonio María Romeu, en la que permaneció por espacio de dos años y compartió junto a otra figura imprescindible del danzón: Barbarito Diez. Pero fue en la Orquesta Ideal, dirigida por el flautista Joseíto Valdés y de la cual fue fundador, donde alcanza la madurez como danzonero y compositor.

Entre muchas de las orquestas que aprovecharon el virtuosismo de sus interpretaciones cuando su presencia fue reclamada de forma eventual se cuentan la dirigida por Frank Emilio Flynn –quien había sido su alumno–; la de Rodrigo Prats, Fajardo y sus Estrellas, la Orquesta de CMQ y la Orquesta de Enrique Jorrín.

En cuanto a la creación musical, abordó en su catálogo obras del repertorio universal de concierto adaptadas a los códigos danzoneros; ejemplo de esta modalidad son los títulos Preludio en mi menor, Recordando a Tchaikovsky, Concierto en Varsovia, Barón de Salas y La gran pasión, entre otros. Pero también incluyó otras totalmente de su autoría como A Gladys un aria, Ay qué risa, Aquí está el detalle, Príncipe Nino –uno de sus danzones más gustados–, las cuales ofrecen un balance perfecto entre los elementos metrorrítmicos apropiados para el bailador y los melódicos, para quien prefiere solo escuchar.   

Como orquestador, son muchas los obras que han trascendido pero, sin dudas, entre las versiones más populares orquestadas por el Maestro Pedrito se encuentran las realizadas a canciones venezolanas como la antológica y muy bailada Caballo viejo de Simón Díaz, testimonio sonoro grabado en el disco Barbarito Diez editado por la EGREM, el cual fue considerado por su productora, la destacada musicóloga María Teresa Linares, como “un disco memorable del estilo danzón cantado, dirigido y orquestado por Pedrito Hernández”.

A todo el quehacer desplegado en su larga trayectoria artística se suma su labor pedagógica y su incursión también en la literatura. Como maestro de la difícil y compleja asignatura Solfeo, contribuyó en la formación musical de varias generaciones, interesado siempre en que sus alumnos lograran una perfecta afinación y lectura musical desde las aulas de los Conservatorios Periut y Guillermo Tomás, de Guanabacoa; el Municipal de La Habana y de la Escuela de Superación Profesional Ignacio Cervantes.

Numerosos países han disfrutado de su obra, algunos visitados por el maestro en diferentes etapas de su vida artística como las giras con la Orquesta de Enrique Jorrín, especialmente la realizada a Ghana, África, sobre la cual escribió un libro aún inédito que conserva las memorias de las presentaciones en este país. También fueron muy aplaudidas las actuaciones en Estados Unidos con el espectáculo Ritmos de Cuba y con la Orquesta Broadway.

Otra intervención muy recordada del maestro fue en las Estrellas de Areíto –orquesta “todos estrellas”, integrada por músicos –algunos de ellos, charangueros– de la talla de Enrique Jorrín y Elio Valdés (violines), Rubén González (piano), Jorge Varona, El guajiro Mirabal y Félix Chapottín (trompetas), Amadito Valdés (pailas), Tata Güines (tumbadoras), el Niño Rivera (tres) y Teresita García Caturla, Tito Gómez y Miguelito Cuní (voces). Felizmente, de este encuentro quedaron recogidas grabaciones discográficas de significativa trascendencia para la historiografía musical cubana.

Muchas anécdotas, recuerdos, están en la memoria de quienes lo conocieron y disfrutaron de sus interpretaciones. Serán inolvidables frases como “¡Pártete Pedrito!”, cuando descargaba en su violín hasta el delirio o, como él mismo recordaba en una entrevista, la ocasión en que de tanta emoción terminó tocando el violín en el piso.

Por su presencia definitoria en la música cubana, de forma activa hasta los 92 años al frente de su agrupación Violines Orishas, no puede hablarse del fallecimiento del maestro Pedrito Hernández, ocurrida el 1º de enero de 2006, como una pérdida irreparable, porque su obra, sus interpretaciones y su ejemplo de músico íntegro no se perderán mientras las expresiones danzoneras se mantengan vivas en el quehacer de nuestros creadores.

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