Acercamiento al bolero en el contexto sonoro del danzón. Una mirada desde las orquestaciones del pianista Rolando Baró*

Por Ada Oviedo Taylor. Historiadora del Arte

Fotos tomadas de Internet

* Texto elaborado a partir de la Ponencia presentada en el Simposio Internacional Danzón Habana. UNEAC, junio, 2015.

La presencia del bolero en el danzón como eje temático del evento es más que un motivo para el acercamiento a un fonograma que ya cuenta con más de dos décadas de editado pero que no ha perdido su vigencia sonora gracias al trabajo de uno de los más importantes orquestadores de notable presencia en la música popular cubana en la segunda mitad del siglo XX: Rolando Baró.

Rolando Marcelino Baró Rivero, pianista, arreglista-orquestador, director de orquesta, productor musical y compositor nació el 26 de abril de 1932, en el populoso barrio de Cayo Hueso (San José e/ Aramburu y Soledad), zona habanera que ha aportado una cantidad considerable de músicos a la historia de esta manifestación artística en Cuba. Su niñez y juventud transcurrieron inmersas en la atmósfera de armonías innovadoras en la canción, descargas de filin, desde el entorno natural donde se consagra esta modalidad musical: el legendario Callejón de Hammel, que mucho aportaría a su posterior desempeño profesional.

Muchas vivencias conformaron el estilo de creación aprehendido en múltiples fuentes de conocimiento, según las circunstancias reales a las que tuvo acceso. La confluencia de diversos lenguajes musicales ocurre subjetivamente en la obra del creador y genera obras de gran originalidad. Esta fue la percepción personal de Rolando Baró.

A los siete años matricula en el Conservatorio Municipal de Música de La Habana Félix E. Alpízar, sito en San Lázaro e/ Gervasio y Escobar (hoy Conservatorio Amadeo Roldán). Allí realiza estudios de Piano y de asignaturas teóricas con prestigiosos profesores como Violeta Gómez Calzadilla, Aida Teseiro, Harold Gramatges, Argeliers León y Serafín Pro, entre otros.

Por sus cualidades en la interpretación, aún sin concluir sus estudios, es invitado a participar como pianista en diversas agrupaciones. A los dieciséis años inicia su carrera profesional en la jazz band de Rubén Morales en el cabaret Faraón, ubicado en Gervasio y Belascoaín, pero muy pronto es reclamada su presencia en varias de las más importantes agrupaciones de los años cincuenta del pasado siglo, entre ellos los conjuntos Casino; Saratoga, el de Senén Suárez; las orquestas Cosmopolita, Riverside, la de Julio Cuevas, Metropolitana, Hermanos Castro, la de Rubén Romeu, Vicentico Valdés y la de Fernando Álvarez.

De formación práctica y autodidacta en la orquestación, Baró se apropió de lo mejor de la música norteamericana escuchando y analizando toda la discografía a la que tuvo acceso. Paralelamente, con el destacado profesor Enrique Bellver, formador de varias generaciones de músicos, recibió clases de Armonía que fueron decisivas para su trabajo posterior como arreglista.

Precisamente es con un bolero titulado Musicología de la compositora Ana Jústiz que inicia su labor como arreglista-orquestador; función que, desde la década de 1930, fue ocupando un papel esencial en la música popular cubana y mucho aportó a la definición y consolidación del estilo y la atmósfera sonora de los conjuntos soneros en todas sus modalidades y del agrupamiento tímbrico de las jazz band, gracias a la concepción y el talento de los orquestadores cubanos.

Con una larga trayectoria como orquestador –proceso de creación históricamente poco reconocido, olvidado y prácticamente anónimo–, mantiene un merecido prestigio. Entre las obras trabajadas por él, se destacan las orquestadas para el Conjunto Casino entre 1954 y 1956; en esta función sustituyó al legendario tresero Andrés Echevarría, Niño Rivera quien creó dentro del filin un nuevo estilo de fusión con el jazz, a partir de la armonización del tres.

Su obra se puede apreciar también en el repertorio de numerosos cantantes solistas, espectáculos de cabaret, obras para teatro y producciones discográficas. Se destacó entre los primeros arreglistas de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM). Baró es igualmente calificado entre los pianistas relevantes de los conjuntos, especialmente en el Casino junto a Pepe Delgado, Roberto Álvarez y Ñico Cevedo, agrupación sobre la cual ha realizado un profundo estudio el investigador Juan Gaspar Marrero, en su libro Los Campeones del Ritmo. Memorias del Conjunto Casino.

Entre las prestigiosas agrupaciones en las que Baró consolidó su obra pianística está la Orquesta Cubana de Música Moderna, donde se mantuvo por espacio de diez años, precedido por distinguidos instrumentistas como los maestros Chucho Valdés e Hilario Durán. A partir de 1990 continúa su labor en otras agrupaciones, entre ellas, la orquesta de Generoso Jiménez en Radio Progreso. Luego de su jubilación en 1997 es llamado a integrar el Grupo de Omara Portuondo con el que realiza varias presentaciones internacionales como parte del afamado proyecto Buena Visita Social Club.

La maestría y el talento que desarrollaría Rolando Baró como pianista favoreció su activa trayectoria en un mundo de sonoridades en el que se ha distinguido el entramado tímbrico de los instrumentos de viento junto a la riqueza rítmica de la música cubana en su interinfluencia con los códigos jazzísticos. De su amplia discografía, que suma algo más de un centenar de discos, en los que además de pianista y orquestador también se destacó en la dirección y producción musical se cuenta el LD Rolando Baró y su danzonera grabado en los estudios de la EGREM en 1987, el cual constituye una joya de la discografía cubana.

Desde su título, el disco adelanta el contenido de su propuesta: la apropiación de los códigos danzoneros a través de las jazz band, formato que mucho le debe a las orquestas típicas o de viento, primera formación consolidada para la interpretación del danzón en el siglo XIX y cuya génesis se encuentra en las orquestas de rag time, hermanadas con las típicas en sus orígenes.

De los puntos de confluencia entre ambos formatos, ampliamente estudiados por el maestro Leonardo Acosta, este afirma:

“También existe un obvio paralelismo entre el formato de las primeras agrupaciones de jazz y las primeras orquestas de danzones, las típicas, pues ambas empleaban instrumentos de viento como el cornetín, trombón y clarinetes, así como un instrumento principal de percusión el drums, en el caso del jazz y timbal o tímpani en la típica danzonera”.

El danzón en su estructura interna tiene la capacidad de asimilar todo lo que la maestría del compositor o arreglista sea capaz de fusionar, desde fragmentos de óperas, zarzuelas, sinfonías conciertos, foxtrot, sones, toques y cantos afrocubanos y la inclusión de boleros antológicos que existen como obras y formas independientes en la estructura formal del danzón, desde que el danzonete dio paso al danzón cantado, lo cual permitió introducir el bolero en el salón de baile.

Con la popularidad del danzón y sus variantes, el bolero también encontró un espacio para su fusión con este género bailable, pues se presenta como alternativa sonoro-expresiva en la parte concertante destinada al trío instrumental; de esta manera el bolero es reinterpretado en versiones danzoneras desde la lírica instrumental donde Baró rompe con la estructura tradicional y se inventa otro danzón “cantado” no desde la voz humana sino aprovechando las posibilidades melódicas de instrumentos como la trompeta, flauta y saxofón y el talento de quienes las interpretan en este disco, convocados para integrar la orquesta jazz band que dio vida a su creación musical. Ellos son: Manuel El guajiro Mirabal, Adalberto Lara y Javier Zalva, como solistas.

Además de las posibilidades técnico-musicales en función de la orquestación, tiene lugar una excelente selección de instrumentistas, todos de primera línea, probados en los más variados estilos y géneros como Rolando Sánchez López (sax alto y clarinete), Rodolfo Gómez Castañeda (sax alto y flauta), Braulio Hernández Rodríguez, Carlos Fernández Averhoff, Jesús El chino Lam Abreu (saxos tenor) y Javier Zalba Suárez (sax barítono, soprano y flauta). Adalberto Lara Moreno (Lead), Manuel El guajiro Mirabal, Andrés Castro Edilla, Andrés Castro Hidalgo (trompetas), Lázaro González Herrera, Antonio Leal Rodríguez, Modesto Echarte Morera, Demetrio Muñiz Lavallee (trombones), Mario Calzado Samada, Oscar Valdés Valdés, Gustavo Tamayo Varona, Domingo Díaz Pérez, José R. Jaurrieta Menéndez (percusión), Rolando Baró Rivero (teclados y orquestador).

Heredero de los grandes orquestadores que le antecedieron: Bebo Valdés, Armando Romeu, Luis Martínez Griñán Lilí, Julio Cuevas, Pedro Jústiz Peruchín, a quien admiraba por lo imaginativo de sus improvisaciones; Baró se revela sin límites en este fonograma en el que ha realizado una cuidadosa selección de temas antológicos que responden a un período básico en el desarrollo de la canción cubana: el filin, esa manera de hacer la canción con énfasis en la armonía y textos de exquisita belleza, aquí recreados con su trabajo orquestal al que se refirió en sus notas el destacado músico, investigador y ensayista Leonardo Acosta:

Baró nos ofrece una excelente demostración de las posibilidades expresivas de una jazz band, cuando se hace una buena selección de los números y de los instrumentistas, y cuando se combina una sólida formación técnica y artística con ese factor imponderable que es el buen gusto. El contraste, balance y empaste entre las distintas secciones de la orquesta, la atmósfera sonora lograda, el empleo de los recursos armónicos y orquestales más contemporáneos sin desvirtuar la melodía ni afectar la fluidez rítmica interna de cada pieza.

Escúchense los temas tratados con mayor apego al danzón-cha, como los boleros Oh mi amada, de Pablo Reyes y Deuda de Luis Marquetti, una de las obras de mayor trascendencia en el cancionero cubano,

Otros temas donde es más evidente la presencia de células propias del mambo y el chachachá, Fiesta en el cielo, de la autoría del Niño Rivera y ¡Oh! vida, bolero antológico de Yáñez y Gómez. Este es uno de los favoritos, inicia con una introducción entre chachachá y danzón que pasa rápidamente al solo de trompeta magistralmente interpretada por Manuel El guajiro Mirabal, con conceptos pianísticos en la improvisación de Rolando Baró y un adecuado balance melorrítmico y empaste tímbrico entre las secciones.

Temas determinantes en la creación filinesca que también se incluyen en el fonograma son: Háblame de frente uno de los pilares del filin, José Antonio Méndez; Tú, mi rosa azul, Jorge Mazón; Todo aquel ayer de Armando Guerrero, Síguela del propio Rolando Baró y Tú me acostumbraste, de Frank Domínguez. Este disco tiene además el mérito de dejar constancia de la síntesis entre las grandes expresiones genéricas de la música cubana: bolero, danzón, son, mambo, chachachá junto al arsenal tímbrico acompañante de las jazz band, testimonio irrepetible de la memoria registrada de una época.

Desafortunadamente, el disco no tuvo la difusión esperada a pesar de su alto grado de sensibilidad y acabado estético, profesionalismo y espíritu innovador. Aunque su circulación fue limitada logró cierta presencia en el mercado internacional europeo y un acceso bastante restringido en la circulación nacional, actualmente solo en manos de algunos melómanos.

Rolando Baró, a sus 83 años y con más de seis décadas de vida artística activa, se encuentra hoy alejado de los controvertidos tiempos de la música popular contemporánea, sin el reconocimiento oficial, perdiendo una historia viviente, testigo de acontecimientos sonoros trascendentales que tanto pueden aportar a salvaguardar nuestra memoria musical.

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