Mi monte espiritual: un fonograma multicultural

Por Janet Rodríguez Pino. Musicóloga y percusionista

Fotos: Cortesía de la autora.

Andante y meditativa es la ascensión al monte. Un peregrinaje de danzas y cantos antiguos que perviven en la memoria de pueblos como el nuestro, y que se tejen en una madeja sonora orquestada con toda conciencia. Es la propuesta de Mi monte espiritual, fonograma del pianista y compositor cubano Alejandro Falcón, quien nos invita a transitar por el entramado músico-cultural cubano en sus múltiples aristas. El álbum fue producido en 2017 por el sello Colibrí y nominado al Premio CUBADISCO en la categoría de Música Instrumental.

Portada del álbum Mi monte espiritual (2017), con diseño de Iván Soca.

Similar a otras producciones discográficas, Mi monte espiritual es un viaje en muchos sentidos. Simboliza el camino recorrido por los artistas implicados, el proceso de concepción de la música, la escritura y montaje de las obras, las extensas horas de grabación, el trabajo posterior de mezcla y masterización, y la concreción y difusión del disco en formato físico y digital.

Este largo proceso comenzó desde 2008, cuando el pianista Alejandro Falcón escribiera la obra sinfónica en tres movimientos titulada Raíces profundas de mi monte espiritual, que resultó su Trabajo de Diploma en Composición por la Universidad de las Artes, y fue estrenada en el Festival de Música Contemporánea de La Habana (2009) por la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección del maestro Roberto Valera. Posteriormente, aquel proyecto de tesis devenido en obra estrenada, se convirtió en disco y en un sueño realizado para su autor.[1]

En Mi monte espiritual, Alejandro Falcón nos lleva de viaje al interior de Cuba, a esos espacios citadinos y rurales en que perviven las tradiciones que conforman el ser cubano. No en vano su agrupación de jazz fundada en 2008 se denomina Cubadentro, título que evidencia la sensibilidad del pianista hacia esos misterios raigales de nuestra cultura.

Por ello, escuchar el disco provoca al oyente a pensar en circunstancias sonoras y espacios de performance diversos. En temas como Obba Meyi, Niño travieso o El pez encantado resurge imaginariamente el club de jazz, ese espacio nocturno que se torna íntimo por sus dimensiones arquitectónicas y por el ambiente social que allí se respira. Esta noción se asocia posiblemente con la pertenencia de los temas mencionados al estilo latin jazz –también denominado jazz cubano–, género que ha marcado la producción jazzística nacional durante más de cuatro décadas.

En otro sentido, Mi monte espiritual refleja aquella conexión cultural generada siglos atrás entre África y América. Por ejemplo, el tríptico sinfónico Raíces profundas de mi monte espiritual devela una África culturalmente atemporal e inmutable, percibida sonoramente con sus praderas, tribus y leyendas. Si bien muchos territorios africanos en concreto han transitado hacia nuevos contextos geo-económicos, se impone esa noción de lo arcaico, de lo «antiguo-matriz de culturas» que será siempre África, como lo será siempre América.

Pero el fonograma no se limita a una visión global de lo africano, pues este continente guarda en sí mismo un caudal de diversas manifestaciones musicales, pictóricas, danzarias, que no son sino expresiones de su multiplicidad étnica. Por el contrario, Mi monte espiritual aporta una noción actualizada de lo afrocubano en toda su diversidad, revitalizando y dinamizando los ritmos, toques, cantos, danzas y rezos provenientes de zonas distintas de África y asimilados en Cuba durante los siglos XVI al XIX.

Justamente, el disco es resultado palpable de la labor investigativa desarrollada por Alejandro Falcón junto al percusionista matancero Ridis Chabán, quienes se acercaron a las vertientes culturales arará, bantú, yoruba y abakuá en sus formas actuales de praxis musical en nuestra Isla. De ahí que sea posible escuchar el toque de los tambores batá provenientes de la etnia yoruba en Vals para Ochún, el conjunto de tambores arará de la etnia homónima en Diciembre 17 o el conjunto de tambores biankomeko de la cultura abakuá en El pez encantado[2].

Mediante las sutilezas de la composición, el maestro Alejandro Falcón logra fusionar músicas que responden a distintos códigos culturales y pertenencias geográficas, y que comparten procesos históricos o distan notablemente entre sí. En este sentido, el jazz deviene esa coraza estructural que da cohesión al disco pues, incluso en aquellos temas más inclinados hacia lo afrocubano, se hallan latentes al mismo nivel la sonoridad y las fórmulas armónicas jazzísticas.

En efecto, no se trata solamente del estilo latin jazz desde una óptica contemporánea, sino también de géneros norteamericanos como el blues, cuya influencia se percibe en temas como Niño travieso. Esta última obra denota además otros de los rasgos típicos de la estética jazzística: el virtuosismo de sus intérpretes en las funciones de acompañante y solista, sumado a la irregularidad en los compases, los cambios bruscos en la estructura y el complejo tejido rítmico-armónico que se crea en los momentos climáticos de los temas.

Además del influjo del jazz, podemos encontrar en Mi monte espiritual otras influencias tímbricas de la música norteamericana como la guitarra eléctrica, que protagoniza el tema Diciembre 17. La utilización de este instrumento, muy común en los grupos de jazz contemporáneos en Cuba, sugiere una búsqueda de lo moderno en la sonoridad del conjunto, remitiendo a estilos universalmente conocidos como el funk o el rock.

Esta hibridación musical ocurre orgánica y conscientemente, respondiendo al propósito del compositor. Así aparecen en el álbum otras influencias culturales que fortalecen el resultado sonoro y enriquecen nuestra escucha: las músicas de origen andino y caribeño insular. Latinoamérica continental se expande una vez más hacia el Caribe en un diálogo poderoso que ha sido magistralmente descrito en la literatura de nuestro Alejo Carpentier. En Mi monte espiritual, la búsqueda de lo sudamericano se materializa en el aporte tímbrico de la quena –instrumento de viento andino–, interpretada por el argentino Rodrigo Sosa en el tema Obba Meyi, mientras que lo caribeño insular se aprecia en la ritmática de obras como La Bibijagua.

Instantánea de la grabación del tema La Bibijagua, Alejandro Falcón (piano), Arnulfo Guerra (bajo), Ruy López-Nussa (drumset). Estudios Abdala (2017).

Otro rasgo cultural de sumo interés es la presencia en el tema Obba Meyi del instrumento denominado kamele ngoni o arpa de Mali, ejecutada por el tañedor catalán Didac Lázaro Ruíz[3]. No cabe duda que tanto el timbre del instrumento africano como las experiencias culturales del intérprete invitado aportan al álbum una sonoridad al mismo tiempo mediterránea y afro-hispánica, afluentes culturales de probada inmanencia en nuestra cultura insular.

Esta amplia mixtura se engrosa y afianza en aquellos géneros de la música cubana popular tradicional y bailable, que constituyen un eje estilístico para el álbum. De ahí que podamos escuchar un chachachá fusionado con el ritmo afro de 6/8 en el tema Diciembre 17, o un tumbao del piano y una sección timbera en el tema Cabiosile. Estos ejemplos apuntan hacia una búsqueda entrecruzada de lo tradicional y de lo contemporáneo, con un enfoque folklorista y revitalizador de aquellas tradiciones preservadas, transmitidas y reconfiguradas en la memoria colectiva por su relevancia social[4].

Ahora bien, más allá de la hibridación de estilos musicales, Mi monte espiritual ofrece una experiencia sonora de alto nivel artístico, por la notable retórica de las temáticas esbozadas en cada pieza. El disco está plagado de imágenes que apuntan a esas esencias de la cosmovisión africana, influyentes en la cultura y la religiosidad cubanas, como los nombres y evocaciones de los orishas del panteón africano, a quienes está dedicada la mayoría de las piezas del álbum.

Asimismo, en los temas Vals para Ochún, La dueña del mundo y El pez encantado son recurrentes signos sonoros como el agua, el pez o el río, símbolos que refieren una conexión entre la cosmogonía africana y la geografía insular. De igual forma, obras como La Bibijagua o Raíces profundas de mi monte espiritual nos conducen a pensar en algún relato de nuestro Onelio Jorge Cardoso –el cuentero mayor– o a visitar junto al poeta y etnógrafo Samuel Feijóo aquellos parajes escondidos de la geografía central cubana.

Incluso llegamos a percibir ciertas imágenes más profundas que insinúan lo ritual. Es el caso del conjunto de tambores batá, presentes en las obras Obertura a los espíritus y Vals para Ochún. Los batá no son solamente un conjunto instrumental que aporta la sonoridad de lo afrocubano, sino que operan de manera retórica, sugiriendo uno de los principales elementos de la cosmovisión africana: el tambor como esencia etno-cultural de la liturgia.

Igualmente significativas resultan algunas nociones sugeridas en la obra Vals para Ochún: lo cadencioso, lo etéreo, lo meditativo, lo elegante, lo delicado. Conceptos que aluden a la feminidad y a la mujer como esencia de la cosmogonía africana, y que, en un sentido más abstracto, refieren a la entidad femenina de la tierra, a lo telúrico como una de las grandes fuerzas que mueven el mundo. Signos apreciables en la cadencia del tambor, la belleza estética de la melodía y la sensibilidad interpretativa, pues la imagen retórica transita a través de la música que la significa y la eterniza en el oído.

Mi monte espiritual es una obra artística coherente y valiosa, un festejo por la multiculturalidad, que no solo se manifiesta a nivel estético, sino también a nivel técnico. En este sentido juegan un rol esencial factores como el buen gusto en la composición, la improvisación, el manejo de los timbres y la orquestación.

El piano es posiblemente el instrumento que enfrentó el mayor desafío: convertirse en solista sin perder ese sentido armónico de acompañamiento compartido junto al bajo eléctrico, y que resulta vital en cualquier agrupación jazzística. De igual forma, la percusión aporta solidez rítmica, mientras que llena todas las capas sonoras con su versatilidad tímbrica.

En el tríptico sinfónico Raíces profundas de mi monte espiritual, se percibe esa exploración de lo recóndito, lo mistérico y lo antiguo en el manejo de los timbres. Intervienen todas las secciones de la orquesta en una especie de polifonía fabulada, que rememora las formas de orquestar de los maestros franceses Claude Debussy y Maurice Ravel, pero buscando soluciones tímbricas que apunten hacia la estética afrocubanista de compositores cubanos como Amadeo Roldán y Roberto Valera. En este sentido, aparecen objetos sonoros como la guataca, instrumento de trabajo utilizado en el contexto ritual-festivo afrocubano.

Sin dudas, la orquestación es una de esas grandes líneas que surca todo el disco: desde el formato de cámara jazzístico hasta el trabajo acucioso de la orquesta sinfónica. En esta última, se infiere una noción cinematográfica en el tratamiento del timbre y la estructura, llegando a sentirse la evolución de los personajes, las situaciones y emociones, y los diálogos típicos de una obra teatral o literaria, que alude posiblemente a los mitos afrocubanos transmitidos oralmente. Todo sucede dentro de una estética que entremezcla la tradición occidental europea con aquella África antigua, preservada en la dureza de la corteza de los árboles o en la magia y el clamor de un  tambor que –a lo lejos–, anuncia una victoria o narra la historia de algún amor.

La música de Alejandro Falcón se puede escuchar en Spotify.

NOTAS

[1] Alejandro Falcón, Entrevista de Janet Rodríguez Pino. (30 de septiembre de 2020). Regresar

[2] El maestro Alejandro Falcón manifiesta su agradecimiento hacia el maestro Ruy López-Nussa, baterista de la agrupación Cubadentro, quien aportó los tambores arará y abakuá para la grabación del álbum. Alejandro Falcón, Entrevista de Janet Rodríguez Pino. (30 de septiembre de 2020). Regresar

[3] Alejandro Falcón, Entrevista de Janet Rodríguez Pino. (30 de septiembre de 2020). Regresar

[4] Este concepto se apoya en la descripción del investigador Ramón Pelinski, quien explica: “aquellas piezas que con el tiempo y quizás a través de un proceso de folklorización llegaron a ser emblemáticas de una comunidad, pese a haber sufrido en algunos casos períodos de recesión. Se trata de canciones y danzas que la gente no dejó de practicar, aunque hayan sufrido ocasionales interrupciones y modificaciones, debido sobre todo a cambios generacionales.” Ramón Pelinski, Presencia del pasado en un cancionero castellonense. Un reestudio et-nomusicológico. Castellón: Publicacions de la Universitat Jaume I: Servei de Publicacions, Diputació de Castelló, 1997: 74-75. Regresar

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