Apuntes sobre Nueva Música

Por Brenda Lorenzo. Musicóloga

El álbum doble Nueva música. Premios UNEAC de Composición fue editado por la EGREM en el año 2019. Este proyecto, impulsado por la Asociación de Músicos de la Uneac, tuvo como propósito la difusión de resultados recientes del concurso que auspicia esta institución desde la década de 1970 para hacer visibles las voces de jóvenes compositores cubanos.

La serie de textos que compartimos da continuidad a ese empeño: resaltar los valores individuales de obras y creadores, más allá de la producción fonográfica.


Soledades es el trío de cuerdas propuesto por la joven compositora Yulia Rodríguez Kúrkina en el disco Nueva Música. Premios Uneac de Composición. Magistralmente interpretada por el Dúo Promúsica y la cellista del Lyceum Mozartiano Gabriela Nardo, Soledades inicia con una explosión. Nos muestra una presencia amenazadora, arcaica, imponente. Ante el oyente se erigen dos notas al unísono, tremendamente sólidas. Quedamos desnudos y expuestos a ellas. Dos sonidos consecutivos en los que el cello terrible ruge en su baja cuerda. El piano, aún sobre los fortes, se encontró sometido a la masculina energía del grave, pero en la consecuencia de las dos primeras figuras afianza su pasiva posición de poder sobre un amplísimo acorde de cuartas, que resolutivamente devendrá cúpula para los ancestrales pilares del unísono.

La fuerza del sugerido pentafonismo -contenido al máximo en este breve gesto- solo se compara con el elegante escape que provee súbito el piano a partir de un giro arpegiado ascendente. Este principio binario resume un universo, se observará a lo largo de toda la obra.

Fuerzas encontradas, conflictos y fugas, magnificencia e insignificancia. La entrada del violín, con su delineada línea melódica lo destaca. Las llegadas a las dobles cuerdas, las contestaciones del cello. Ingenuamente se puede pensar en que hay respuestas a ciertas frases. ¿Pero en la saturada existencia de Soledades nos es lícito hablar de diálogo? Personalmente no siento que constituya la característica principal de este trío, donde cada instrumento tiene un conflicto individual tan profundo que no pretende ser la resolución o el complemento del otro.

En Soledades los acordes de séptimas, quintas y cuartas en las cuerdas se suceden con intentos de ascenso, ya sea por arpegios o por ínfimos pasajes escalísticos. En ocasiones recuerda a Between Tides del japonés Toru Takemitsu. Pero el nostálgico abandono y la confusión que lograba aquel, Kúrkina la repone por una vibrante fuerza que se encuentra en un aparente conflicto eterno. El concepto de movimiento no es igual en Takemitsu que en Kúrkina. El primero, pareciera que hubiese querido escapar de él, con grandes espacios de silencios, figuraciones largas y grupos de otras cortas con y sin puntillo. Sugiere que desea negarlo sobre todo porque establece momentos de cadencia y acordes consonantes a favor de una inamovilidad. Esta la construye por la repetición de ideas musicales ya establecidas que ralentizan el drama. Takemitsu, en cambio, corta sus propios impulsos.

Kúrkina es el opuesto de Takemitsu. Aquí la compositora asume la espacialidad como un elemento dramático que condiciona activamente la respuesta de los tres actores que intervienen. No les brinda una conclusión, sino los aviva de manera constante y consciente. Solo hay que fijarse en cómo construye los solos y cuál es el destino final de estos: un regreso a la tensión. Los registros se doblan, se amplían, las figuraciones se hacen más breves, las articulaciones más cortas.

Sin embargo, hay un hermoso lirismo en todo ello. Las secciones de tempo moderato ofrecen algunos intervalos consonantes y con ellos una promesa de cadencia. Incluso atisbos de un modo pentáfono con la primera tercera mayor; pero no dura demasiado. Interrumpidos por giros modales, menores, secuencias de acordes por cuartas como los que comúnmente hallamos en Andrés Alén, existen pasajes eminentemente homófonos en los que podemos apreciar el desarrollo de la personalidad de cada instrumento y este es un bellísimo gesto hacia los intérpretes.

El cello figura como el más versátil en lo que respecta a la escritura, el más temperamental, el más dicotómico; mas la tierna suavidad con la que asume los agudos de las frases cantábiles logra por momentos hacernos olvidar la oscura fiereza con la que Kúrkina inicialmente lo describe. El solo para cello en el minuto nueve es un ejemplo magnífico de soliloquio y de la coherencia con la que se ha manejado Soledades. Allí, aquel se debate pasando de la melodiosa línea principal a una angustiosa caída, un retorno a los graves que finaliza con un acorde similar al del comienzo de la obra y con la reiteración de la idea musical inicial planteada por el unísono y el acorde entre cello y piano.

Ya próximos a la conclusión, el piano predominantemente en tresillos asume su función mediadora; pasiva pero abrumadora que ha sabido darle cuerpo y tensión importantes a la textura de la pieza. Un impulso interior perenne sobre el que las dos cuerdas se acercan a su trágica conclusión. El pizzicato bordea, los acordes con tres notas se tensan y sobre todo ello registros que cambian, se estiran, se engrandecen. Con poco menos de un minuto antes de la doble barra, violín y cello pasan a ejecutar las figuraciones cortas en un último intento de arribar a un lugar de calma. Se suceden, se superponen, se niegan en una nota larga, se estallan en trémulos. Tres acordes declaran el fin, irrefutables.

Tal como comenzó, así ha terminado. Sólo una pregunta me queda luego de escuchar Soledades. ¿Lograron finalizar sus búsquedas los personajes que nos presenta la compositora? La conclusión de la obra ha sido nada menos que incuestionable. No creo personalmente que el destino haya regalado la consecuencia procurada por los protagonistas de esta historia. Tal vez por esta razón me parece sentir una ligera alienación entre las voces, porque en algún punto todas ellas quedan enfrentadas a esta regia y antigua fuerza de unísonos y formaciones acordales, reduciéndose vulnerables.

Soledades regresa a la idea de tres notas del comienzo, mientras elude centros tonales y se desplaza en variantes modales y pentáfonas, mientras duplica y triplica la subdivisión de las notas largas, y los vibratos contrastan con las punzantes articulaciones del staccato, pizzicato, non legato. No es una obra de arribos, sino de rutas e intensidades, de experiencias y del existir.


BIBLIOGRAFÍA

Nueva Música. Premios UNEAC de Composición (Vol. I). Compositores: Yulia Rodríguez Kúrkina, Alexis Rodríguez Martínez, Javier Iha Rodríguez, José Víctor Gavilondo Peón y Víctor Jesús García Pelegrín. Intérpretes: Dúo Promúsica – María Victoria del Collado Vigoa (piano) y Juan Alfredo Muñoz Fernández (violín), Gabriela Nardo López (cello),  Patricia Díaz Mora (guitarra), Javier Iha Rodríguez (piano), Alberto Rosas Llerena (flauta) y Víctor Jesús García Pelegrín (piano). EGREM: 2019.

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