Apuntes sobre Nueva Música: Equinoccios de Alexis Rodríguez

Por Brenda Lorenzo. Musicóloga

El ciclo de piezas para guitarra Equinoccios, del compositor Alexis Rodríguez Martínez, es un interesante tríptico que da continuidad a nuestro viaje a través del Volumen I de Nueva Música. Premios de Composición UNEAC. Una inteligente decisión curatorial sin dudas la de colocar Equinoccios luego de Soledades, puesto que por una parte ayuda al oyente a despejar la cargada atmósfera que habría dejado Kúrkina, al presentar un instrumento solista de nuevo timbre. Mientras que, por otra, Equinoccios está conformado por obras de tan marcada personalidad y contraste entre ellas que es imposible abstraerse de sus hipnóticos paisajes y escenas.

Las tres piezas, a pesar de su evidente contraste incluyen, integrados en sus respectivos microcosmos, elementos característicos de los otros movimientos del ciclo. No obstante, son infiltraciones tan sutiles y poéticas que podrían pasar desapercibidas. Algunas serán reveladas solo a través del análisis consciente de las ideas musicales sobre las que trabaja Rodríguez Martínez, mas no hay mejor prédica que el ejemplo, y la primera parte de Equinoccios es tan compleja que debe diseccionarse con sumo cuidado.

Esta es, sin lugar a dudas, la más misteriosa de la tres. No solo por la morfología de la pieza, que a veces recuerda a un preludio, donde las identidades musicales se desarrollan sobre sí mismas fuera de las consecuencias de determinadas cadencias armónicas implícitas; sino por los elementos dramáticos que elige el compositor para construir su discurso, así como por la resolución que brinda posteriormente. Una de las ideas que se emplea es la corta figuración en staccato sobre el fa natural, que introduce al mi como centro modal frigio. Esta galantería entre la distintiva segunda menor del modo y su centro, entre una figura breve y un movimiento arpegiado o escalístico -o incluso hacia un acorde de explícita resonancia- será una de las recurrencias de la primera pieza.

Varios giros plagales, acordes compuestos y semi-disminuidos. Por efímeros instantes la armonía pudiera referenciar aquella del segundo movimiento de la Suite Española de Ravel, o incluso aquellos giros del Romance del Pescador, en El Amor Brujo de Falla. Sin embargo, la tensión de las séptimas mayores contenidas en los acordes, los semi-disminuidos y disminuidos entre frase y frase, sí encuentran una resolución. Es con sentimiento romántico que Rodríguez Martínez regala amplios acordes consonantes sobre un brillantísimo sol mayor y re mayor. Inversiones de tercera cuarta, de segunda quinta séptima sobre las subdominantes de los modos mayores suavizan y abrazan con tierno embeleso luego de las disonancias.

Pero hay otro elemento a seguir de cerca en la obra inicial: el trino. Ese trino sobre una solitaria nota en registro medio-agudo que flota como una interrogante ineludible. Es un trino que desde el comienzo de la obra no se emplea de la manera tradicional -al inicio o en el desarrollo de la frase- sino que se reserva para el final de la misma descargando así tensión sobre el oyente. Un trino de velocidad considerable, que estuvo introducido en el segundo veintitrés, pero que se consolida en la repetición de la nota fa sostenida aguda en el segundo cuarenta y uno. Será entonces, luego de la exposición de una nueva identidad -la repetición del mismo sonido a modo de obstinato– que se volverán los trinos cada vez más frecuentes en oposición a las distenciones metro-rítmicas que sugieren los arpegios ascendentes y descendentes sobre el mismo sonido.

Con la explotación del recurso del trino se formará uno de los núcleos de tensión más relevantes del primer Equinoccio desde el minuto uno segundo treinta y seis (1:36) y ya hacia el segundo cincuenta y dos la tensión arriba a uno de los más interesantes momentos, al combinar la expresión del obstinato rítmico sobre el mismo sonido con el trino. Para mayor efecto, cabe destacar que dicha conclusión es sobre el mismo fa sostenido, acentuado, acusador. Allí la pregunta hecha disminuida tríada.

Luego los familiares ornamentos se suceden y continúan, apoyados por consistentes acordes. Más que justificado el uso percusivo de la guitarra, resumen de una idea bien planteada desde el inicio. Golpes velocísimos, vertiginosos, en fuga. Y luego esa pregunta, nuevamente la pregunta.

Los últimos segundos del minuto dos conducen a la bellísima modulación hacia re mayor. Solo posible por la oposición a la idea de los arpegios, empleados frecuentemente menores, disminuidos, semi-disminuidos, en el mejor de los casos semi-consonantes. Característica que Rodríguez Martínez ha manejado a lo largo de toda la pieza. Este cambio tan inesperado, de cadencia dulce y resplandeciente lleva a la sosegada seguridad del modo mayor y sí, a la añorada consonancia. Pero cuidado, un último trino aparece, interrumpe nuestra placidez. Aquella terrible pregunta, siempre acechante, presente hasta el final.

Arriba entonces la segunda pieza del tríptico, con delicados armónicos, suaves y fríos, traslúcidos. Cuatro notas forman un tema: si-la-mi-sol. Armónicos de fragilidad exquisita, elevados sobre la distendida armonía que la intérprete supo colorear, brindándole cuerpo y textura al registro grave y medio del instrumento. Pero esos armónicos no debieran sorprendernos, salen de su escondite en el primer Equinoccio durante el segundo quince del minuto uno y luego otra vez en el segundo treinta y siete.

No pretendo describir el drama del movimiento porque no le haría justicia. Pero sí dejar claro que la armonía tiene un ritmo mayor que en la pieza que la antecede. Los acordes son complejos y abiertos, conducidos hábilmente. Con lírico tratamiento se asoman melodías escondidas, rejuegos de menor y mayor, cadencias rotas. Mas súbito, aquella segunda menor que tanto percibimos en la primera sección del ciclo aparece ahora en la misma figuración, empleada en el fondo de la homófona textura como una constante. Una textura que delimita una sección saturada por un reiterado contracanto y el recordatorio inmutable de la melodía del tema. La sensación de movimiento allí estremece y constriñe, el metrorritmo ha cambiado y es abrumador. Se genera tensión por acumulación, por repetición y ésta es detenida solamente por el disonante acorde que se repite tres veces y secciona de un golpe el impulso de la frase.

Urjo al oyente a notar en el segundo cincuenta y uno del primer minuto la complejidad politonal del mismo arpegio y cómo la tensión se dispersa al arribar al brillante acorde de mi mayor en los compases posteriores. Más tarde, Rodríguez Martínez reintroduce la sección homófona (que incluye uno de los giros arpegiados terminados en acorde que el compositor empleó previamente en la introducción del primer movimiento). Y es entonces, en medio del caos y la inestabilidad de ese núcleo de tensiones donde uno de los contracantos blande débilmente el tema, perdido ante la fortaleza de los mezzo fortes de las voces restantes. Otro corte profundo de los tres acordes se interpone y como no puede ser de otro modo, la inocencia de los armónicos concluye este excelente movimiento.

El tercero de los Equinoccios es una pieza más bien centrada en la técnica de la ejecución, cuya dificultad reside en distinguir y personalizar las diferentes voces que intervienen en la obra. De naturaleza más polifónica, es más fácil de asociar con los dos movimientos precedentes puesto que el tratamiento rítmico es similar al que por momentos se ha sentido en las primeras piezas del tríptico. Aquí bien vale mencionar la pericia con la que la joven guitarrista Patricia Mora ha conseguido no solo caracterizar las múltiples líneas de la polifonía, sino la seguridad con la que conduce el movimiento hasta su final, en un vibrante acorde de mi mayor, sin dejarse intimidar por los movimientos armónicos ni la progresión de los ritmos breves. Su manejo de la dinámica también es digno de elogio, pues sabe cómo delimitar las frases, los constantes descensos cromáticos y los grupos de cuatro. Realmente una interpretación que mantiene en atención durante cada segundo del agitado tercer movimiento. Necesario, en mi opinión, puesto que las dos primeras piezas centraron y desarrollaron su drama a partir de recursos armónicos, tímbricos y de factura.

Equinoccio, en resumen, es una de esas obras donde el ciclo no es la suma de sus partes; sino que cada una de ellas tiene una vida propia, un statement individual. La forma tradicional -a veces naïve– de consumir las piezas divididas en partes o secciones es la de realizar una escucha en el orden establecido por el compositor y con pausas sólo entre los cambios de movimientos. Sin embargo, quisiera proponer otro acercamiento a la obra de Rodríguez Martínez. Cada Equinoccio merece que el oyente tome un tiempo para experimentar la música, comprenderla, sensibilizarse ante ella. Puesto que son tantas las identidades sonoras y han sido urdidas en consecución con tan fino y plateado hilo que es un crimen pasar incautos y frívolos y no quedarnos perdidos allí.


BIBLIOGRAFÍA

Nueva Música. Premios UNEAC de Composición (Vol. I). Compositores: Yulia Rodríguez Kúrkina, Alexis Rodríguez Martínez, Javier Iha Rodríguez, José Víctor Gavilondo Peón y Víctor Jesús García Pelegrín. Intérpretes: Dúo Promúsica – María Victoria del Collado Vigoa (Piano) y Juan Alfredo Muñoz Fernández (Violín), Gabriela Nardo López (Cello),  Patricia Díaz Mora (Guitarra), Camila Crespo (Violín), Mariolys Rivas (Clarinete), Daniela Rosas (Piano), Alberto Rosas Llerena (Flauta), Keren Yamilé García (Violín) y Víctor Jesús García Pelegrín (Piano). EGREM: 2019.

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