La Anécdota Musical…Me voy pa’ oriente en la rastra…

Por Gaspar Marrero. Investigador musical

Tal y como sucede con los grandes, Benny Moré ha dado origen a un anecdotario increíble. Bastaría con todo ello para convertirlo en leyenda, si no fuera porque su legado musical ya es un verdadero mito desde hace mucho tiempo. Su gran estampa de favorito, entre los intérpretes de la música popular de su época, provocaba que, todos los días, los diarios y revistas siquiera lo mencionaran: unas veces en grandes reportajes y artículos. Otras en una simple mención y hasta en comerciales: “Yo soy el Bárbaro del Ritmo, pero Lavasol (una marca de detergente) es el Bárbaro de la Blancura.”

En todas las anécdotas que se cuentan de él -ciertas o imaginadas, cada cual aporta su versión- se sintetiza el inmenso cariño del pueblo hacia su ídolo inmortal.

Una de esas vivencias la relató, en una reunión de colegas, el investigador, conferencista y promotor cultural Enrique Zayas Bringas, trinitario de pura cepa, dispuesto siempre a prodigar elogios -como hijo agradecido- a su ciudad natal.

Esta es la historia…

Benny estaba en su apogeo. Disfrutaba de su mejor momento como artista y gozaba del amor de su público, que le perdonaba, incluso, aquellas ocasiones en que llegaba tarde -o no llegaba- a un modesto cabaret situado en las afueras de la ciudad habanera, donde su propietario, Alipio García, se las agenciaba (no sé cómo) para reunir en la pista de su Ali Bar Club a las figuras más rutilantes del momento.

Una noche, se estacionó en el lugar un camión rastra con un gran cargamento de arroz. Sus choferes decidieron hacer una escala en su largo viaje al oriente de la Isla y mostrarle su idolatría al Bárbaro del Ritmo.

Los dos hombres se apoderan de una mesa y, en un momento de la noche, acertó el popular cantante a pasar junto a ellos. Lo llamaron:

-¡Benny, mi hermano! ¡Vinimos a verte, porque tú eres el mejor, el que más nos gusta! Queremos que compartas un rato con nosotros. Somos los choferes de la rastra esa que está allá afuera y nos vamos para Oriente con ese arroz.

-Bueno, muchas gracias, esperen que termine de cantar y vengo para acá.

Al finalizar su turno musical, Benny se acerca a la mesa con sus singulares admiradores. Después de un rato, salen los tres.

Y, de repente, comenzó a verse un extraño movimiento: los camareros del club salían uno a uno, con botellas de ron, cajas con comida, algo de cerveza…

En eso, Benny entra y se dirige a Alipio:

-Caballeros, ¡me voy con esta gente pa’ Oriente en la rastra!

Y se fueron.

Benny no volvió al Ali Bar hasta después de una semana.

Benny Moré en el Ali Bar, Alipio, Benny, Jorge Guerrero y Vallejo / Foto cortesía del autor

Quien lea estas cuartillas puede imaginar una vigorosa reacción de disgusto por parte de los fanáticos de su música que quedaron, por siete noches, con deseos de escucharle en vivo. Nada de eso. Tantas veces regresaba, tantas veces lo aplaudían a rabiar.

Y no solo por su canto, único. En medio de sus travesuras, el pueblo descubrió en él a quien no olvidó nunca su origen humilde. Le encantaba que lo saludaran por las calles: “Dime, Bárbaro, ¿qué tal?”

-Ahí, mi sangre…

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s