Hubert de Blanck: más música para Cuba

Por MSc. Yanet Chacón Arias. Pianista

El nombre Hubert de Blanck en Cuba, actualmente se relaciona con la creación del Primer Conservatorio de Música, pero en realidad debería ser destacado en otros campos: como los de compositor, pianista, pedagogo y gestor cultural.

Nacido en la ciudad de Utrecht, Holanda, el 11 de junio de 1856, Hubert de Blanck recibió de su padre la primera formación musical y, posteriormente, todavía niño ingresó en el conservatorio de Lieja. Triunfó tempranamente como pianista y se interesó por la composición. Tras diversas giras por Rusia, Alemania y otros países, obtuvo en 1881 una plaza en la Orquesta Filarmónica de Nueva York y pasó a ser profesor en el College of Music, donde desarrolló su interés por la pedagogía.

Hubert de Blanck / Foto tomada de Internet

En 1882 visitó La Habana por primera vez, viaje quizás facilitado por el hecho de haberse casado con Ana García Menocal, cubana de nacimiento. Su presentación musical en la capital cubana tuvo lugar en los salones del Centro Gallego, donde formó trío con Anselmo López y Serafín Ramírez con un repertorio de gran interés, en el que sobresale la obra Trío Op. 52, para violín y cello, de Arthur Rubinstein.[1] Al año siguiente, la pareja decidió radicarse definitivamente en la Isla y el músico dio inicio a una interesante actividad de gestión cultural y pedagógica, así como interpretativa y de composición.

Fue en 1885 que el Conservatorio de Música y Declamación de La Habana abrió sus puertas, justamente el jueves primero de octubre, en la calle Prado número 100. Esta fue la primera institución de esa índole en el país, de la cual Hubert de Blanck fue fundador y director durante 41 años, hasta que la salud le impidió seguir ejerciendo.

En la vida cultural y artística de La Habana, el sello De Blanck se aprecia, por ejemplo, en la revista La Propaganda Musical, dedicada a los alumnos del Conservatorio, en la que comenzó a publicar en 1886. En 1909 emprendió a laborar como crítico musical en el periódico La Discusión, en el que escribió durante varios años. El 4 de noviembre de 1910, al crearse nuestra Academia Nacional de Artes y Letras, fue nombrado presidente de la Sección de Música.

Es interesante destacar su vinculación con las luchas independentistas del país. Llegó a ser tesorero de la Junta Revolucionaria de La Habana, actividad que le costó la encarcelación y posterior deportación en 1895. Regresó al finalizar la guerra en 1898 y retomó sus actividades en una nueva cede del conservatorio, renombrado Conservatorio Nacional de Música.

A pesar de no haber nacido en Cuba, no deja de apreciarse en la trayectoria vital y artística del músico un compromiso con la Isla y sus luchas independentistas. Ello se refleja en títulos y dedicatorias de algunas de sus composiciones, como son: Himno a Martí, Himno a la República, Capricho cubano, Canto fúnebre (a la memoria del general Antonio Maceo), Himno bayamés, Paráfrasis, Elegía (a la memoria del mayor general Calixto García Íñiguez), Himno (a la memoria del padre Varela), Marcha fúnebre (a la memoria de José Antonio Cortina) y la ópera Patria, estrenada en 1899 con un argumento independentista y patriótico, a cuyo estreno fue el propio Máximo Gómez.

Su música ciertamente está despojada del estilo nacionalista y folclórico que florecía en la época, y que tanto alabó Alejo Carpentier, caracterizada por la permanencia de los ritmos africanos y la cercanía a los géneros populares bailables criollos. En general, su composición responde a los gustos estéticos de un estilo europeo, propio de su formación musical, y está influida por las grandes obras del siglo XIX y por algunos de los autores más universales (F. Chopin, F. Mendelssohn, F. Liszt, A. Rubinstein) al punto de que la crítica lo ha considerado un compositor de corte postromántico. Las versiones, adaptaciones y arreglos que forman parte de su producción musical revelan lo antes expuesto, por citar algunos ejemplos: Cadencia para la Rapsodia no. 2, el arreglo a la Rapsodia húngara no. 6 de Liszt, Gavotte de Correlli, Tarantela «La danza» Rossini-Liszt-Hubert de Blanck, Marcha a la turca de Beethoven y Marcha militar de Schubert, estas dos últimas arregladas para cuatro pianos.

Según Raúl Martínez Rodríguez, los estudiosos de la obra de Hubert de Blanck concuerdan en que cultivó todos los géneros con pleno dominio del estilo y cuidado de la forma. Para Martínez, en toda la música de Hubert de Blanck se aprecia una melodía de carácter lírico, fluida, inspirada y de gran rigor musical, así como al músico de formación europea.[2]

Numerosas son las positivas valoraciones sobre De Blanck. Posiblemente, la más notable aparece en una carta que Pablo Desvernine envió desde New York al profesor francés Augusto Bendelari, con fecha de 13 de enero de 1883, donde se puede leer sobre sus logros como profesor, por una parte, teniendo en cuenta que en el Conservatorio Nacional de Música de La Habana se habían titulado como profesores 1386 aspirantes de diferentes lugares del país y, por otra parte, tanto la formación recibida por sus discípulos, como su posterior trayectoria como profesores o solistas, dan fe de su fecunda obra pedagógica y su indudable aporte al desarrollo musical de Cuba.En cuanto a sus facultades como intérprete destaca que “posee la buena escuela que usted sabe consiste en no sacrificar jamás el canto al mecanismo, demostrando también un buen estilo y una ejecución notable”.[3]

Hubert de Blanck ofrece una obra muy diferente a la que representan las insignes figuras de su época en Cuba. Su composición forma parte del patrimonio de la Isla, cuya vida cultural se ha colocado habitualmente en la vanguardia y ha demostrado su capacidad de apropiarse de manera creadora de múltiples estilos y escuelas, no solo de aquellas tendencias que se identifican con las síncopas y ritmos criollos.

No es desconocido que, en Cuba, ha sido la música popular la que ha dotado de relevancia a la creación en el ámbito internacional, en franca superioridad a la de concierto. La falta de conocimiento respecto a este patrimonio específico, en su amplio abanico de géneros y autores, aún es terreno por esbozar, lo cual se acentúa cuando se trata de creadores que, como Hubert de Blanck, se adscribieron a una estética universal con el más exquisito rigor, pero dejaron a un lado el nacionalismo.

En el caso de su música para piano solo, la inserción de este repertorio en los programas de estudio y de concierto, no solo aporta frescura y novedad a un corpus preestablecido, sino que contribuye a visibilizar un estilo compositivo presente en Cuba durante el siglo XIX, continuador de la gran escuela internacional y génesis de importantes músicos e intérpretes., y deja huella de obras plagadas de virtuosismo, más apegadas a las estéticas de un pianismo brillante a la vez que melodioso.

Resulta imprescindible aclarar que la influencia europea de este compositor no es, en modo alguno, una desventaja a la hora de interpretarlo, sino la base sólida sobre la cual forjó su obra y trasciende como una característica de su creación. En tal sentido, su interpretación exige el mismo grado de concentración, trabajo y habilidad que el que se demanda para sus similares del repertorio internacional del siglo XIX, representativos del Romanticismo musical. Se trata, en general de un repertorio efectista, útil y de acabado artístico, que sería significativo agregar a las salas de concierto, independientemente de su uso en las escuelas de música.

La poca difusión de esta obra no depende de su calidad, sino de la escasa circulación de sus partituras impresas, solo disponibles actualmente en instituciones específicas con fines museables, como el Museo Nacional de Música de La Habana, de acceso limitado sobre todo para los intérpretes que no habitan en la capital del país. Al cabo de medio siglo, no se han producido nuevas ediciones de esta música, ni siquiera en formato digital, lo cual en la contemporaneidad deviene una herramienta de indudable validez en los procesos difusivos musicales. Por otro lado, la constante repetición de un mismo repertorio que muchas veces invade las salas de concierto, con obras más conocidas, y sobre todo la preferencia de muchos intérpretes por la música nacionalista, que sea considerada como imagen de la Isla.

Fue en 1902 que Hubert de Blanck consigue su carta como ciudadano cubano, lo que consideró un sueño cumplido. Como diría Fernando Ortiz: […] la cubanidad plena no consiste meramente en ser cubano por cualquiera de las contingencias ambientales que han rodeado la personalidad individual y le han forjado sus condiciones; son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser.[4]

A los setenta y cuatro años, Hubert de Blanck escribió una carta al presidente, en aquel momento Gerardo Machado, en la que expresaba su deseo de que los títulos expedidos por el Conservatorio tuviesen validez nacional, argumentando que se lo había ganado por derecho. Un poco más de dos años después le fue concedida su petición, siendo quizá uno de sus últimos anhelos, como expresa en la carta. Falleció en noviembre de 1932 con 76 años de edad, y el Conservatorio, su obra más notable, pudo seguir su curso y funciones hasta 1962.

En cada rastro del conservatorio o sedes adjuntas, cada alumno, cada intérprete que hoy graba, interpreta y enseña su música, la cubanía de Hubert de Blanck está presente. Su composición, con más de cien títulos que incluyen dúos, música para piano solo, de cámara, lírica, orquestal, religiosa, transcripciones y arreglos, se suma a la de otros compositores inspirados en la belleza de nuestras tierras y nuestra historia, a esos que dedicaron su mente, tiempo, y alma a representar la Isla que conocieron. Universal, europea, holandesa o cubana, es nuestro patrimonio: conservarlo, rescatarlo, interpretarlo, conocerlo, es lo que permitirá al mundo disfrutar de lo que Hubert de Blanck nos heredó, y sumar así, más música para Cuba.


NOTAS

[1] Elsie Alvarado de Ricord et al., Enciclopedia de historia y cultura del Caribe, (República Dominicana: EnCaribe, 2017). SUBIR

[2] Rodríguez Martínez, Raúl: «Centenario del Conservatorio Nacional de Música de Hubert de Blanck 1885-1985», La Habana, Ministerio de Cultura, 1985). SUBIR

[3] Ibíd., 84-85. SUBIR

[4] Fernando Ortiz, «Los factores humanos de la cubanidad». Etnia y sociedad. (La Habana: Ciencias sociales, 1993). SUBIR

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