«Transfiguraciones», de Wilma Alba Cal

Por José Víctor Gavilondo. Compositor

Conocí a Wilma allá por el año 2005. En ese entonces, ella formaba parte de un grupo de adolescentes y jóvenes flacos, incansables y curiosos, que iban todos los sábados a los talleres de composición que impartía el Maestro Juan Piñera en la sala Alejandro García Caturla, del Teatro-Auditorium Amadeo Roldán. Cada mañana sabatina, presentábamos nuestras últimas obras o bocetos, y era costumbre que todos formáramos parte del proceso de análisis, desarrollo e incluso interpretación de la música. Tal vez por esto me siento muy cercano a la música de Wilma, como a la de todos mis amigos de esa época.

Portada del disco Transfiguraciones / Foto del perfil personal de Facebook

Transfiguraciones es resultado de la beca Conmutaciones que otorga la Asociación Hermanos Saíz: una muestra más de ese esfuerzo que se hace por contribuir a la creación y difusión de la joven música concertante contemporánea de nuestro país. Si bien todavía queda mucho por hacer y mejorar en este ámbito, es una buena notica que un disco como este sea resultado de la labor conjunta de la AHS y el sello discográfico Colibrí, encargado por su parte, de la producción y grabación del fonograma. Después de escuchar atentamente Transfiguraciones, me doy cuenta que estoy ante un álbum autobiográfico. Cierto que toda nuestra música narra, en mayor o menor grado, el devenir y las esencias de nuestras vidas, pero Wilma nos ofrece una experiencia sonora altamente descriptiva que se torna cada vez más presente con cada track.

Recuerdo que Piñera hablaba en sus talleres sobre Stravinsky, y decía que un compositor debía estar en búsqueda constante de lo distinto, lo nuevo, lo cambiante, lo renovado; porque el concepto potencia las ganas de explorar y descubrir, y de no adherirse o viciarse con un solo estilo o manera de crear. Las Transfiguraciones de Wilma son un ejemplo.

El disco abre con una suite para coro infantil, cuarteto de cuerdas y piano sobre versos de Federico García Lorca. Las cinco miniaturas corales que la componen destilan ternura y sutileza, y utilizan un lenguaje armónico e instrumental accesible, aunque no carente de chispa. De la suite, me llama la atención Naranja y limón, pues en ella siento más logrado lo que caracteriza la obra completa: lo infantilesco que no es simplón; lo serio sin ser demasiado profundo. Es la justa combinación de ingredientes. No es casualidad que una obra para coro abra este fonograma, después de todo Wilma procede del programa de enseñanza coral cubano, y su vinculación a este desde pequeña se advierte totalmente a la hora de escuchar la suite, pese a no ser una obra de demasiada complicación. Componer para coro requiere de experiencia cantando, dirigiendo y creando música coral durante muchos años. Y Wilma actualmente es una de las mejores compositoras de música coral en Cuba.

La siguiente parada del viaje es otra suite, Ida y vuelta, interpretada por el Trío de cañas móviles, uno de esos conjuntos de cámara que defiende la música de jóvenes compositores cubanos. Y es ese micro viaje por las quintaescencias de lo cubano a lo que nos invita la compositora. Sus cinco movimientos constituyen un claro acercamiento a la suite de danzas, en este caso, géneros de la música popular cubana, y en ellos ya podemos advertir una transfiguración del discurso musical, no solo por la utilización de esencias de lo popular (en lugar de citas, representaciones simples o clichés), sino también por un cierto énfasis en sistemas armónicos más pantonales, texturas más complejas y un indudable sentido del color que nos ofrecen los timbres de los instrumentos. Volvemos a estar en presencia de piezas cortas, virtud de la compositora a la hora de sintetizar el material. El segundo movimiento de esta suite, Juego en 5, constituye un claro homenaje a Stravisnky, podemos escuchar ecos de su Sinfonía para instrumentos de viento, y de la mismísima Consagración…, en un cierto solo agudo de fagot. Debo decir que adoro la última pieza, Danzón, donde Wilma nos transporta a tiempos más elegantes, evocando la gracia y también, por qué no, la sabrosura de nuestro baile nacional. Ida y vuelta nos presenta una Cuba distinta: decantada y construida desde un marco universal.

El ecuador del disco lo constituye Episodios del libro de Manuel, una partitura inspirada en la obra de Julio Cortázar. Una vez más, la compositora parte de una fuente literaria para inspirar una música que da un vuelco estilístico definitivo al disco. Y es que esta obra es interpretada por Alea 21, un conjunto de música de corte experimental con base en Puerto Rico, dirigido por el compositor Manuel Ceide. Las constantes visitas de Alea 21 y los talleres impartidos por Ceide en los Festivales de La Habana y los Premios de Composición de Casa de las Américas, han sido la génesis de esta colaboración.

Estamos, indudablemente, ante una música de gran profundidad, y no lo digo porque Wilma hace gala de su vertiente más experimental y osada en ella, sino por la profundidad de su pensamiento, su capacidad para narrar con eficacia una historia sonora tan abstracta. El uso del color tímbrico como principal vehículo descriptivo, utilizando una secuencia de formas y estructuras abiertas, me recuerda la música de otros jóvenes: Brouwer, Gramatges y Fariñas. Siento también, extrañamente, ecos de viejas bandas sonoras de animados cubanos de los setenta y ochenta, interpretados por la Orquesta del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), dirigida por Guzmán o Duchesne Cuzán.

Episodios…, por su parte, es una mini sinfonía en sí misma, obra de gran duración donde recibimos en igual cuota, perturbación y melancolía, dos de esos sentimientos que emanan de la obra literaria que inspira la música. Me percato que hay una correlación fuerte entre la naturaleza revolucionaria de Episodios…, y el momento político y social de la Argentina y Latinoamérica que Cortázar nos muestra en su libro. No es en vano que todo esto haya sido materializado por un ensamble como Alea 21. Debo enfatizar la excelente interpretación de sus músicos y la certera dirección musical de Ceide. Sin duda un ejemplo de gran música, además de la versatilidad expresiva de la compositora.

El Homenaje a Piazzolla, para saxofón alto y piano, actúa como una especie de momento refrescante, aunque esta obra no carece de esa destreza poética a la que ya nos acostumbra Wilma. Es inevitable encontrar en este tríptico las claves de la música del ícono argentino, que son, a su vez, derivaciones del tango y la milonga argentinos. Pasajes sincopados y entonaciones melódicas de la famosa Muerte del Ángel de Piazzolla, se advierten ya en el primer movimiento. Wilma filtra bien esa nostalgia portuaria, ese olor a mar añorado, esa furia y sudor de la noche sureña. La interpretación, por parte de Aliet González y María del Henar Navarro, otro dúo constante en el mundo sonoro contemporáneo cubano, es de mérito. Después de todo, estamos ante una obra que exige una destreza rítmica y a la vez expresiva por parte de sus intérpretes.

Pero Wilma quiere cerrar por todo lo alto. Y, ¿qué mejor manera de hacerlo que con una suite sinfónica? Escenas para Orquesta nos llega a mano de José Antonio Méndez y la Orquesta Lyceum de La Habana. En un país que adolece de conjuntos sinfónicos de gran envergadura, y donde la interpretación de repertorio contemporáneo nacional va en desmedro, esta oportunidad vale oro. Y Wilma la ha sabido aprovechar a la perfección.

Wilma Alba / Foto del perfil personal de Facebook

Según comenta Piñera en las notas discográficas de este fonograma, Escenas… es fuerza e ímpetu puros. Es en esta suite donde podemos ser testigos del verdadero oficio de la compositora; ese oficio que es chispa, versatilidad, buen gusto y talento. Esta última transfiguración musical, en forma orquestal, ofrece un universo sonoro en constante cambio y movimiento, donde el tematismo obvio no es tanto la prioridad. En cambio, cada parte narra su propia historia interna, su propio viaje por distintas circunstancias. Una vez más, nos percatamos que Wilma está muy consciente del color y el timbre como recursos vitales para contar una historia que carece de obviedades, y que estimula un pensamiento libre de interpretaciones cerradas. Hay una constante mutación musical, que es resultado de la exploración expresiva, del trabajo con combinaciones instrumentales, del uso de efectos y recursos tímbricos, la certera utilización de la percusión, y debo añadir, la sobriedad a la hora de utilizar un lenguaje tan lleno de posibilidades que, francamente, puede ser un poco abrumador. Escenas… representa una de las cumbres de la evolución creativa de Wilma, una constancia de que estamos ante una creadora con lenguaje y vocación propias, segura de sí misma y siempre en búsqueda, como predicaba Stravisnky, de renovar y descubrir. Como su amigo, no siento más que orgullo de saberme parte de su proceso, su mundo: su música.

Quiero escuchar más discos como Transfiguraciones; más discos cuya música exprese esta libertad creativa y la posibilidad de vivir a partir de la composición contemporánea. De cualquier manera, Wilma —más bien, su música—, nos dice que todo esto es posible. Pero hay que seguir creando y nunca estar conforme. Como nos inspira Wilma, hay que transfigurar todo lo necesario para seguir dando impulso a la creación contemporánea cubana.

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