En tiempos de amor y esperanza

Por Gisela de la Guardia González. Musicóloga

“La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura

y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes”

José Martí

El proyecto artístico pedagógico de la Escuela Nacional de Arte tuvo su continuidad en el Instituto Superior de Arte, fundado en 1976. Hortensia Peramo citando a Elvia Ojeda (1974-1986), se refiere, así, a este acontecimiento:

“La creación del Instituto Superior de Arte en 1976 y la determinación de los objetivos y contenidos de su enseñanza especializada no fue el resultado de un estudio científico de pronóstico y desarrollo del sistema de la enseñanza del arte en Cuba y sí fruto urgente de la necesidad del desarrollo y calificación de los profesionales, artistas, profesores y creadores en general”.

Hortensia Peramo Cabrera: El campo artístico-pedagógico, Ediciones Adagio, La Habana, 2011.

Corría la década de los ‘80 y al terminar el Servicio Social tomé la decisión de ingresar al Instituto Superior de Artes (ISA) a cursar lo que en un principio se denominó el Programa de Teóricas, posteriormente oficializado como Énfasis en Musicología. Todavía recuerdo las extensas jornadas y rigurosas pruebas que debimos realizar para el ingreso a esta institución. Definitivamente, eran otros tiempos.

Así las cosas, en dos momentos durante mi carrera, tuve la oportunidad de compartir espacios de formación con la Maestra Victorita, así cariñosamente la llamábamos todas. Se trata de la prestigiosa Doctora Victoria Eli Rodríguez, profesora Emérita de la Universidad Complutense de Madrid, a quien hoy recordamos en esta semblanza como un pequeño reconocimiento y sentido homenaje a su ser y enseñanzas.

Victorita era como una madre para nosotras, una verdadera mentora que nos guiaba por el camino del conocimiento musicológico más profundo. Sus clases de Historia de la Música Cubana eran una ventana abierta a la fascinación, colmadas de historias contadas e ilustradas, que tejía alrededor de sus vivencias y aprendizajes de primera mano, siempre fruto de una acuciosa investigación, y resultado de una rigurosa indagación, tanto documental como de sus trabajos de campo.

Victoria Eli realizando trabajo de campo como parte de su desempeño en el Cidmuc.

Realmente, para mí era todo un descubrimiento poder acceder de la mano de Victorita a las historias increíbles de los informantes; pero también a crónicas, libros, textos, documentos diversos y enseñanzas de sus maestros, ilustrados por esa auténtica música nuestra, una verdadera expresión de identidad que se cimentaba desde adentro, en un ambiente amable de crecimiento colectivo: devenir histórico construido a partir del pensamiento y lenguaje identitarios.

Transculturación, cultos sincréticos, folclor, complejos genéricos y otros conceptos, recorrían el salón de clases, entablando una polifonía sin igual. Recuerdo aquel espacio, un aula en el sótano del edificio en el que hoy está enclavada la Universidad de las Artes. Un lugar modesto, colmado de sabiduría, gracias a Victorita.

Sin percatarme en aquel momento, al pasar del tiempo puedo aseverar que Victorita nos conducía en un viaje por las sendas de la pedagogía crítica, sus sesiones de clase se caracterizaban por un hondo humanismo y se constituían en actividad transformadora, que se proponía abordar reflexivamente el proceso dialéctico de la historización de la música cubana.

Victoria Eli

Victorita examinaba y ponía en práctica la verdadera integración entre el aprendizaje y la vida, convencida de que la educación es un ejercicio de libertad creadora en constante renovación, todo el tiempo inmersa en contextos situados.

Y es que siempre recuerdo a la Maestra Victoria Eli muy activa, respondiendo a cada llamado como pedagoga musical, investigadora y gestora; su labor como cofundadora del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana (CIDMUC) hace parte de los hitos musicales de nuestro país.

Años después, en una de mis visitas a la casa de mi padre en busca de materiales en su nutrida biblioteca para mis clases en Colombia, descubrí en uno de los estantes un viejo libro, editado en 1989 por la Editorial Pueblo y Educación, escrito por Victoria Eli y Zoila Gómez, su título Haciendo música cubana. Más allá de las fronteras de Cuba, este valioso texto cruzaría el Mar Caribe replicando el propósito original de sus autoras, pues, como parte de sus labores en el CIDMUC, Victorita y Zoila habían aportado esta publicación al sistema educacional para la formación integral de educadores y educandos.

La penúltima vez que tuve la oportunidad de encontrarme personalmente con Victorita fue en la defensa de mi tesis de grado de Musicología en el año de 1989. Por supuesto, tuve varios encuentros con la Maestra—que fungió como oponente—en los momentos previos a la entrega definitiva de la investigación; incluso, fue gracias a ella y al espacio que construyó en la clase de Historia de la Música Cubana, que decidí escoger como objeto de estudio la zarzuela cubana entre los años 1927 y 1940. Casi fotográficamente vienen a mi memoria aquellos momentos en los que, con el entusiasmo que caracteriza a los jóvenes estudiantes, escogíamos nuestros temas con su guía y sabios consejos.

Nuestro último encuentro fue en el año 2010, cuando participé como ponente con el proyecto de investigación “La música como mediadora en las subjetividades expresadas por una población infantil ‘marginal’: Dios, la Familia, la Violencia y los Modelos de vida”. Esto fue en el Congreso Internacional de Musicología 200 años de música en América Latina y el Caribe (1810-2010), que tuvo lugar en el Centro Nacional de las Artes (CNA) de la Ciudad de México, D.F. Victorita me felicitó por mi trabajo y como siempre, me recibió con una sonrisa amplia y generosa; ella hacía parte del jurado evaluador.

Educar para transformar ha sido un principio rector en la labor pedagógica de la Maestra Eli, que se erige sobre la base de la construcción social colectiva y el diálogo de saberes. Forjó su entorno educativo como un espacio para el encuentro, al abordar problemáticas contemporáneas respecto al estudio de la música cubana y de la musicología en la Isla. De esa manera, lideró y desarrolló proyectos acordes a su tiempo, tejiendo una ruta rica en contenidos, experiencias y sensibilidades.

Quisiera sellar esta memoria citando unos bellos fragmentos del Poema de la Alegría,[1] del escritor español Gabriel Celaya, que concuerdan perfectamente con la esencia de su ejemplo de mujer:

Educar es lo mismo que poner un motor a una barca…

Hay que buscar, medir, pensar, equilibrar...

sentir y dialogar con la barca y poner todo en marcha.

Pero para eso,

uno tiene que llevar en el alma un poco de marino...

un poco de pirata...

un poco de poeta…

y paciencia concentrada.


Notas

[1] https://altrabajoconalegria.blogspot.com/2018/02/practicamos-las-metaforas.html

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