Marta Valdés/ Ñico Rojas en mi historia*

*Este texto, escrito por Marta Valdés, forma parte del libro Ñico Rojas, de Ivón Peñalver

Ñico ya era leyenda cuando me hablaron de él la primera vez. Algunos sábados entre los asiduos a las reuniones de amigos que se daban en casa de Felito Ayón, un sitio nada ostentoso, pero realmente impresionante por el buen gusto y el arte que impregnaba todos los rincones, se comentaba que de un momento a otro él llegaría.

Me contaban de sus acordes tan personales, de sus instrumentales para guitarra inspirados en los más curiosos temas. Me decían que era, además, autor de boleros tan conocidos como Ahora sí sé que te quiero o Sé consciente. Vivía en Matanzas y adoraba a Eva y a sus hijos –todo eso me contaron y también que era ingeniero. Finalmente, una de esas tardes llegué y allí estaba con sus historias para cada pieza, con sus manos capaces de abarcar buena parte del mástil de la guitarra en un solo acorde, con su sentido especial de hacernos sentir el ritmo sin necesidad de marcar todos los tiempos. El Retrato de un médico violinista y el Pataleo de un niño entraron a formar parte de los tesoros que decidí guardar para siempre en la memoria y en el corazón. Con todo el miedo del mundo, a instancias de Felito le hice escuchar un par de canciones de las que ya había compuesto y, sin más, como sucede cuando dos niños se encuentran en un parque y pueden estar jugando y compartiendo todo el rato que les sea posible, nos hicimos amigos.

Creo que en este libro se abarcan todos los aspectos que hacen posible apreciar con precisión el aporte de Ñico Rojas a la guitarra y su valor como ser humano. Yo, a insistencia de la autora, hilvano unas palabras solamente para contar por qué, a través de los años, he declarado que mi orgullo principal es haber vivido en la tierra de Ñico y de Frank Emilio. Siempre he mirado hacia ellos dos, siempre me he preguntado si los estaré haciendo quedar bien o mal. De Ñico, colecciono cartas, telegramas, postales y guardo en la mente infinidad de conversaciones telefónicas. No me canso de admirar su proeza al haber metido en el mundo de las seis cuerdas un concepto tan claro de lo que fueran el Benny, Arcaño y ese binomio tan especial que han sido Lay y Egües en nuestra historia musical.

Muy a comienzos de la década de los sesenta, invité a mi amiga Raquel Revuelta a un anunciadísimo recital de Ñico en los famosos lunes de Bellas Artes. Llegó bastante tarde el músico, manejando su carro desde Matanzas luego de haber realizado esfuerzos inútiles por traernos a Elías Castillo (el “malogrado genio” que inspira uno de sus instrumentales). El auditorio estaba repleto de colegas y personas que sabían que valía la pena esperar. Fue la primera vez que lo vi en un escenario, siempre lo había tenido cerca, rodeado de amigos y fue conmovedor observarlo luchando contra esa especie de mal sabor que nos da la necesaria distancia que se impone guardar en este tipo de encuentros. Ñico tocó, sí, allá lejos pero desde que llegó hasta que dio por terminado el recital, se mantuvo ignorando por completo las barreras que pudieron habernos separado de él. Todos aquellos a quienes divisó fuimos saludados con la mayor naturalidad en las pausas entre pieza y pieza. Habló todo lo que quiso y tocó como los ángeles.

La vida nos ha hecho coincidir y también juntarnos en las verdes, en las maduras y en las pintonas. En 1999, cuando acepté la invitación del pianista gaditano Chano Domínguez para grabar un disco dedicado a ilustrar este estilo de canción nuestra que tanto le recuerda a los standards de jazz, yo le propuse incluir, entre otros clásicos cubanos, Mi ayer. Poco tiempo después, visitó nuestro país junto a la cantante Martirio. Ambos traían la ilusión de conocer personalmente a este músico de quien tanto yo les había contado, mucho más por su cercanía con Frank Emilio, de quien ambos eran fervientes admiradores.

La tarde de ese encuentro estuvo especialmente cargada de espiritualidad. La tapa del piano de la casa, que desde hace años permanecía silencioso en la sala, se levantó para que Chano y yo le devolviéramos a Ñico, a nuestro modo, su canción. Afortunadamente quedan algunas fotos como testigos de aquel encuentro único. A la mañana siguiente Chano confesó que la experiencia de haberse acercado así a un músico y a un ser humano como Ñico Rojas, le provocó un estado emocional que le hizo imposible conciliar el sueño. El malecón habanero le vio caminar meditando hasta el amanecer. Mientras escuchaba su relato, me remonté a la noche de aquel recital en Bellas Artes cuando, a la salida, mi amiga Raquel encendió su cigarro de siempre y me dijo: “¡Qué hombre más puro!….”

Estoy de acuerdo.

Almendares, 3 de agosto de 2004

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