Nota para el CD Suite Cubana Para Guitarra/ Ñico Rojas (EGREM, CD 0419)

Por Marta Valdés. Compositora

Cuando a mediados de los años cincuenta estos solos comenzaron a ser noticia en La Habana, entre aquéllos que se relacionaban con esa zona de la música cubana que se llama feeling, ya su autor—Ñico Rojas—había colocado para siempre varios de sus boleros entre los clásicos de nuestro cancionero. Baste citar Mi ayer, Ahora sí sé que te quiero o Sé consciente.

No es fácil descifrar las claves que este músico descubre en la vida real y luego lanza con sus manos capaces de abarcar, sin esfuerzo, seis trastes de guitarra con sus dedos gruesos, con su lucidez para captar la esencia de todos los lenguajes musicales y metabolizar el amor a eso que descubre, a partir de la fe en su instrumento.

En efecto, lo que define a Ñico Rojas es que todo lo piensa y lo proyecta mediante la guitarra; pero desde lo cubano, que desdobla con precisión en su diversidad de ritmos y estilos, sin perder ese sello que él imprime a su propia expresión musical; de ahí la importancia de estas grabaciones registradas, algunas, en 1963 y otras, diez años después. Ellas constituyen el único testimonio sonoro que poseemos de su paso por la música en tanto ejecutante.

No intentemos, al escuchar estos solos, reconocer estructuras registradas en tratados de Morfología. Vamos a enfrentarnos a un hombre que dialoga a partir del amor y la ternura por una parte o del tributo y la exaltación y—por otra— de seres que, a su juicio, hicieron algo más grande que ellos mismos. Siguiendo estos impulsos, cabe en cada pieza una u otra cita de algún tema conocido, una u otra disquisición incuestionablemente musical, lírica a veces, ampulosa o precipitada otras, cadenciosa e inspirada siempre.

Frank Emilio, su fraternal colaborador y excepcional intérprete, al reflexionar sobre el primero de estos discos hace un verdadero inventario de los recursos que el compositor ha trenzado en tan complejo tejido lleno de zonas escurridizas en las que aparecen lo mismo una cita de Chopin que de Gershwin o Bebo Valdés. A veces en su análisis descubre un rondó o la incidencia de pasajes que, en un “aire de montuno”, reflejan las inspiraciones hechas por los cantantes que se dedican a ese género. También precisa Frank Emilio las modulaciones más curiosas, la delimitación de las variantes rítmicas que se suceden en una misma obra, dentro de su brevedad.

El segundo Larga Duración de Ñico Rojas muestra una etapa de su trabajo en la que el compositor, más allá del tema enraizado en el mundo familiar, tocado de ese lirismo y ese humor que nunca le abandonan, desarrolla una faceta en la que consigue trasladar al lenguaje de la guitarra el mundo expresivo de artistas que acuñaron su estilo apoyados en diversos formatos orquestales (Pipo y Arcaño, Benny Moré, Lay y Egües). Esto se había apuntado (aún tratándose en este caso de voz y percusión) desde su primer disco en el tema Saldiguera y Virulilla, pieza donde su mano maestra y un poder de síntesis muy especial, hacen que se desate la rumba a partir de elementos eminentemente guitarrísticos.   

El presente disco, compilación de ambas etapas, nos introduce en aquella zona de Ñico que no puede transcribirse: su ritmo, su pulsación, ya sea con la modesta guitarra que le acompañó en Matanzas, ciudad donde vivió durante veinticinco años y que, ya allí, reclamó de sus manos los primeros motivos instrumentales o con aquella segunda, “de concierto”, que le prestara para la grabación de los años setenta su amigo, el Maestro Guyún.

La obra de Ñico Rojas permaneció prácticamente ajena al mundo de la escritura hasta que en la década de los años ochenta, el amor y la dedicación de su hijo, Jesús Rojas, y del concertista Martín Pedreira consiguieron captar el curso de sus diseños en el instrumento contando, por supuesto, con su imprescindible colaboración.

En los últimos tiempos el compositor ha adquirido los elementos teóricos necesarios para tomar por su propia mano la transcripción de sus ideas, ardua tarea que pone a salvo para el repertorio de guitarra el fruto de la ejemplar vocación de quien, a fuerza de trazar caminos sobre la tierra que le vio nacer, ha diseñado toda una leyenda musical, amasando con tanta nobleza lo extraordinario del vivir cotidiano para convertir en arte aquello que le ha rodeado en el tiempo vivido.

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