Matanzas recuerda a Ñico Rojas en el centenario de su natalicio

Por Leydet Garlobo González. Musicóloga

Para Matanzas, José Antonio “Ñico” Rojas (1921-2008) fue un hombre de extraordinario valor. Su paralelo desempeño como ingeniero civil y músico legó imprescindibles obras tanto al entorno físico como al acervo sonoro de esa ciudad, a la que amó con igual intensidad a la de un nativo.

De su contribución a la historia musical local podría decirse, grosso modo, que impulsó el desarrollo del movimiento feeling, siendo el nexo entre este y el que se gestaba simultáneamente en la capital. Fue precursor de un estilo guitarrístico que conjuga, en justa medida, lo “culto” y lo “popular” a partir del tratamiento depurado de repertorios en boga y propios. Las dimensiones de su obra como compositor e intérprete son aún tarea pendiente para la musicología cubana.

A propósito de cumplirse cien años del natalicio de Ñico, este 3 de agosto, acudí a algunas de las fuentes vivas que interactuaron con él durante su prolongada estancia en suelo yumurino (1945-1970), quienes accedieron con gusto a compartir sus testimonios.

TESTIMONIOS

A sus más de ochenta años de edad, en la memoria del excelso guitarrista y compositor matancero Ildefonso Acosta Escobar permanece intacto el recuerdo de aquellos que influenciaron su pasión por la guitarra. A cada uno hace referencia con gran cariño, especialmente si se trata de su maestro Ñico Rojas, a quien denomina “mi padre negro”.

El testimonio que les comparto fue tomado de la entrevista que realicé a Acosta al haber sido galardonado con el Premio Nacional de Música 2019. En él hace referencia a Ñico, a la vez que ilustra las concepciones que se tenían sobre la enseñanza de la guitarra, y de la música en general, en aquella época.

Mi universo musical se fue conformando desde muy pequeño. Guardo de mi madre una foto que dice al dorso -con su letra- “el niño tiene tres años y medio”; ahí ya estoy junto a mi primera guitarrita /…/ En esa etapa nació mi amor por la guitarra y por la música.

El piano fue el primer instrumento que me llamó poderosamente la atención; sin embargo, tenía que realizar mis experimentos melódicos en el de una vecina porque en mi casa nunca hubo, no por limitaciones económicas -nosotros pertenecíamos a lo que pudiera denominarse una clase media solvente-; el caso es que mi padre, hombre de leyes, con una cultura exquisita, estimaba que el piano podía amanerar al niño. Su hijo debía ser ingeniero, juez como él o, de ser músico, serlo además de…, porque la música no se consideraba una profesión. Eran falsos y tristes conceptos de la época.

Al ver mi insistencia, cuando cumplí ocho años me trajo un violín, diciendo: “mira hijo, ¡Esto sí es un instrumento fino, de orquesta sinfónica! No la guitarrita esa”. Al día siguiente ya estaba en mi casa el profesor Cándido Faílde -sobrino nieto de Miguel Faílde-, formador de grandes violinistas matanceros, quien me impartió clases durante cuatro años, hasta que sentenció: “señor, su hijo tiene increíbles condiciones para la música, pero el violín no le interesa en absoluto”.

Tenía razón Cándido. Me di cuenta, tiempo después, de que yo buscaba aquello que estaba en el traje de la melodía: la armonía. En el piano escuchaba las armonías completas y ese todo me fascinaba. La guitarra, igualmente, me brindaba la posibilidad de lograr la síntesis orquestal deseada. Decidí tomar en serio el estudio de ese instrumento; entonces llegó a mi vida mi querida y siempre recordada profesora Mercedes Galindo /…/

A la par, tuve a Ñico Rojas,“mi padre negro”, compañero de obras públicas de papá, extraordinario músico y ser humano. Cuando mi padre me lo presentó dijo: “esta vez te he traído a un gran guitarrista ¡pero es ingeniero!” -recalcó con el dedo. Las clases con Ñico fueron una verdadera escuela. Tenía en su casa una discoteca amplísima -él escuchaba de todo, desde Igor Stravinski hasta Glenn Miller. Le agradezco muchas cosas pero, sobre todo, el haber enriquecido mi bagaje sonoro a edad temprana.

Ildefonso Acosta y Ñico Rojas en el Museo de Matanzas.

Otra de las personalidades con las que Ñico mantuvo excelentes relaciones afectivas y profesionales fue el ilustre violinista y director de orquesta matancero Alberto García, quien nos regala varios testimonios. El primero de ellos relata el momento de profesionalización de Rojas y el resto narra parte de su actividad en el sector profesional de la música.

I.

Establecimos muy buena amistad cuando fui profesor de violín de Jesusito, hijo de Ñico. Entonces creamos un dúo de violín y guitarra de forma ocasional para actividades a las que Ñico era frecuentemente invitado. Pasó algún tiempo y se realizaron las primeras evaluaciones del sector artístico. Ñico tuvo que someterse a esa evaluación y me invitó para que lo acompañara al violín. Fue casi un concierto donde los examinadores comenzaron a pedir a Ñico diferentes obras de su repertorio. El tribunal lo constituyeron Roberto Valdés Arnau, Tony Taño, Rafael Ortega y otros. Esto ocurrió en el Abraham Lincoln.

II.

Vivía yo en Pueblo Nuevo (Buen viaje 21/2) y una mañana llega a mi casa un carro con destino al aeropuerto de La Habana. Ñico, Ildefonso Acosta y el cantante Pedro Alfonso, venían a recogerme con motivo de una invitación a Santiago de Cuba que había hecho el comandante Juan Almeida, Primer Secretario del Partido en aquel tiempo. Pero, Ñico, como todo gran artista, era medio distraído y no me lo había comunicado. Lógicamente no pude acompañarlos, no tenía nada preparado, ni contaba con la autorización de la dirección de la orquesta sinfónica.

III.

La actriz Raquel Revuelta nos invitó a un concierto en la Sala Hubert de Blanck. Fue un concierto muy especial donde intervinieron Ildefonso Acosta, Pedro Alfonso, Esteban Lantri “Saldiguera” y por supuesto Ñico y yo. Lástima que no exista evidencia de esa presentación; Saldiguera fue la atracción principal.

IV.

Una noche se apareció Ñico en casa de mis padres, acompañado de la gran Esther Borja, para coordinar el concierto que se realizó en días posteriores en el afamado programa televisivo “Álbum de Cuba”.

Ildefonso Acosta, Pedro Alfonso y Ñico Rojas en el Museo de Matanzas

El testimonio que sigue pertenece a la Dr.C María Victoria Oliver Luis, musicóloga, guitarrista y pedagoga matancera. Aborda la inserción de Ñico en el circuito de trovadores de la ciudad de Matanzas a mediados del pasado siglo y cómo fue capaz de combinar la música con su profesión de ingeniero. En un segundo momento nos muestra, además, a Ñico como gestor del gusto estético por la guitarra en las entonces nuevas generaciones.

I.

En épocas en que Ñico trabajaba haciendo carreteras en Matanzas, mi tío Luis Luis y Carlos Quintana desempeñaban también esas funciones. Estaban a cargo, por ejemplo, de la construcción de la Vía blanca. Contaban ellos que en los momentos de descanso Ñico sacaba una guitarra que llevaba siempre en la parte trasera de su jeep y con ella “descargaban”. Era costumbre de la época que algunos músicos se reunieran de manera espontánea para “descargar” mediante formatos improvisados. Esos músicos desarrollaron el estilo filinesco en la ciudad; entre ellos estaban Felipe Dulzaides, Ildefonso Acosta, Pedro Alfonso (cantante, guitarrista y compositor) y Gilberto Aldanás (posteriormente director del cuarteto Los Modernistas). Ñico se integra a ese movimiento.

Pues bien, en sus ratos de ocio, se sentaban en el malecón, que también estaba terminándose -está trunco todavía- y se ponían a cantar y a tocar. También estaba Gavilán, así le decían al padre de Guido López-Gavilán, que era matancero. Él cantaba como aficionado y participaba en tríos y grupos de diferente formato en los cuales se insertaba Ñico con su guitarra. Por ahí comienza una articulación primaria con la figura de Ñico.

II.

Comienzo a estudiar piano en la escuela de arte en el año 1967 y no tenía instrumento. Comoquiera que intervinieron las academias, las personas ya no querían prestar, ni alquilar, ni dejarte estudiar; comenzó entonces mi búsqueda de un piano. Mientras, me entretenía en “rascarle la barriga” a una guitarra que mi padre tenía en casa y que pertenecía a su amigo Pedro Alfonso. El propio Pedrito le dijo a mi padre “chico, habla con Ñico, él se quiere ir para La Habana -año 1968, regresa a La Habana en el 70- y tiene un piano chiquito que le interesa vender” (era un piano de estudio, pequeño, de color blanco). Al final no se concretó la compra, pero sí se concretó una especie de amistad. Papi le comentó a Ñico que yo tenía una guitarra en casa, y él, de cierto modo, me induce la idea de estudiar ese instrumento.

Estos testimonios son apenas una muestra del respeto, el cariño y la admiración con que Matanzas recuerda a Ñico en el marco del centenario de su natalicio. Aunque son pocos los que quedan en condiciones de compartir sus memorias al respecto, esta iniciativa nos insta a continuar profundizando en ese empeño. No debo concluir este modesto tributo sin sumar a las palabras de los colaboradores el sentir de las nuevas generaciones de músicos matanceros que, aunque no coincidimos con él en época, somos deudores de su legado.

A nombre de los jóvenes y no tan jóvenes, de los que están en el plano físico y los que no; en fin, a nombre de esta ciudad toda, llegue a los familiares de Ñico y a las personas cercanas a él, nuestro eterno agradecimiento por su vida y obra.

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