La Anécdota Musical … El origen del Danzonete

Por Gaspar Marrero. Investigador musical

Es un maravilloso ejercicio revisar los añejos ejemplares de la revista Bohemia. Sus miles y miles de páginas constituyen un compendio imprescindible de toda la historia de Cuba: desde los más trascendentales sucesos hasta las fabulaciones que involucraban a personajes públicos de todo tipo: políticos y artistas, tamaleros y prestigiosos académicos.

Una de las ediciones de Bohemia, en 1949, recoge una singular entrevista con el flautista, compositor y director de orquesta Aniceto Díaz. Una difícil circunstancia lo condujo a concebir algo que salvara a su orquesta del anonimato: el son se imponía y los danzoneros empezaban a verse relegados a planos ínfimos de aceptación popular. Veinte años después de su creación el propio músico lo explica todo al periodista:

“La historia del danzonete no comienza con su estreno (…) Empieza en mi cerebro (…) no puedo decir el día ni la hora de qué mes. Tenía mi Orquesta, [sic] con muy reputada fama en todo el país. De pronto, los bailes empezaron a escasear para nosotros.

“Recuerdo que una noche, en ocasión de hallarme tocando un baile con mi Orquesta, observé que el público no bailaba. O mejor, que sólo [sic] lo hacía cuando alternaba con nosotros un Sexteto, conjunto aquél [sic] que no integraban músicos de atril, sino ejecutantes improvisados de raros instrumentos. El son, un nuevo ritmo, con el fox, nos desplazaba. Estudié cuidadosamente el nuevo género. (…) Ví [sic] que se trataba de melodías sencillas y de ritmo unánime. Una buena parte de la sociedad no gustaba del son, sea porque no lo entendía o fuere porque primaban en su ánimo las tradiciones; pero el son triunfaba. (…) Los sexteteros eran legos en música escrita, pero, aun cuando tocaban siempre en la misma tonalidad, lograban efectos sorprendentemente originales. El son de aquellos días era un montuno de ocho compases. Tenía la desventaja de una cierta monotonía. Sin embargo, las voces ampliaban sus recursos y hacían menos notable su carencia de timbres orquestales. (…) El viejo danzón no ofrecía nada nuevo a los bailadores. (…) Era un género que parecía caduco. Decidí partir del danzón, respetándolo, pero transformándolo en otro género que participara de las innovaciones que nos traía el son: voz humana y ritmo unánime. Por lo mismo, prescindía del clásico cinquillo, tan difícil de ejecutar para músicos que no fueran del patio, y aún para muchos nacidos en nuestro suelo.”

Fue de ese modo como, además de crear algo nuevo, surgió en nuestra música popular bailable la feliz costumbre de los cantantes en las orquestas. Fueron los primeros, entre muchos otros, Fernando Collazo (1902-1939), Pablo Quevedo (1908-1936), Barbarito Diez (1909-1995) y, junto a todos ellos, Paulina Álvarez (1912-1965), reconocida como La Emperatriz.

A partir del danzonete, los músicos charangueros recuperaron, paulatinamente, el favor del público. La creación de Aniceto Díaz gozó de una gran popularidad. Muchas orquestas charangas efectuaban apariciones en vivo en las emisoras, lo cual era aprovechado por los propios músicos para anunciar, en medio del programa, dónde actuarían: publicidad gratis para los promotores de fiestas y bailes. En 1938, se presentaban treinta y nueve programas con orquestas de música bailable. Los simpatizantes de charangas y septetos podían escoger.

Pero de aquel apogeo de fama de los soneteros -como calificaba la prensa a los cantantes del danzonete- casi nada fue recogido en grabaciones. Nos queda hoy, como única sobreviviente, la versión inigualable de Paulina: “Danzonete… prueba y vete… yo quiero bailar contigo… al compás del danzonete…”

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