Viviendo en las palabras: la dimensión literaria del bolero.

Por Yosvel Hernández Alén. Metodólogo de Literatura del Consejo Nacional de Casas de Cultura

En su libro Celebración del lenguaje: hacia una teoría intercultural de la literatura, el antropólogo argentino Adolfo Colombres, no duda en considerar las letras de canciones como literatura. Plantea que: Un género de literatura popular que no fue aún estudiado y valorado suficientemente es la canción de autor, quizás por quedar el aspecto literario subordinado al de la música. [1] Una idea como esa, que reivindicaría al bolero como parte de los estudios literarios, posee muchos detractores, aferrados a una noción de la literatura vinculada solo a lo escrito y lo culto, que tiene pruritos con algunos elementos característicos del bolero, como su cercanía a la oralidad y a la conversación amorosa.

Ello ha traído como consecuencia la escasez en el ámbito cubano de investigaciones filológicas sobre el género, aunque existen algunos textos relevantes en torno a las letras de canciones, sobre todo de la trova, de autores como Margarita Mateo, Guillermo Rodríguez Rivera y Daisy Cué, entre otros. Esta última investigadora sí se ha detenido en las interacciones entre la literatura y el género musical cristalizado en Santiago de Cuba a finales del siglo XIX. Así, plantea que: El bolero no podría existir sin el texto literario porque, pese a su dualidad como música escuchable y bailable, persigue una sola finalidad: alcanzar las fibras más sensibles del oyente […]. [2]

Independientemente de si se valora el texto de canción como literatura o no, lo cierto es que para justipreciar al bolero (máxime en este momento en que se trabaja en su declaratoria en la lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por la Unesco) resulta imprescindible evaluar su dimensión literaria, que a veces se acerca a la poesía lírica, otras a lo narrativo y anecdótico y, en ocasiones, a lo dramático.

Aunque la poética del bolero, como es natural, ha variado en el transcurso del tiempo y según lugares y autores (desde una estética más romántica en sus inicios hasta metáforas modernistas o de vanguardia), su vocación pragmática de comunicar el sentimiento amoroso, de transmitir con claridad esa vivencia, ese mensaje de amor o desamor, acerca mucho al bolero a lo coloquial, a lo conversacional, más que a metáforas trascendentalistas, aunque dichas “conversaciones” puedan ser metafóricas, paroxísticas, teatrales o muy íntimas y sosegadas.

Esa particularidad oral es característica del bolero más típico. Como escribe José Balza: […] los autores no han buscado la creación metafórica, sino la intensidad expresa, comunicante. Por eso, el bolero está cerca del sentido inmediato, es decir, del habla o del susurro. Sin embargo, en su totalidad el mensaje está versificado […] y su tema se desarrolla como en un poema. [3]

Esa intención de apresar el coloquio en un texto escrito en versos resulta uno de los grandes desafíos y a la vez logros de la bolerística. En tal sentido, considero que un ejemplo cimero es la canción Total, del cubano Ricardo García Perdomo. La letra es todo un gran apóstrofe en el que el hablante lírico interpela a su “amada” y le va diciendo, con soberbia e ironía, las razones por las que el desprecio del que él ha sido víctima no le han causado daño alguno. Que la canción manifieste emotividad no quiere decir que su estructura escritural no sea sólida, todo lo contrario. De hecho, resulta interesante que el bolero comienza con una introducción recitativa iniciada por gerundios (estructura esta muy del código escrito), la cual es omitida en muchas versiones de la obra para que resulte más efectiva en términos de una síntesis que otorga fuerte impacto coloquial. Otro alarde de poder sintético que evidencia la pericia escritural del compositor para lograr el cierre semántico es el verso final: Viví sin conocerte, puedo vivir sin ti.

En la misma cuerda apostrófica y coloquial tenemos Bravo, del mexicano Luis Demetrio. Solo que aquí estamos en presencia del paroxismo, de la hipérbole sentimental que a veces acompaña al bolero. Si en Ojalá, de Silvio Rodríguez, dentro de la poética más “literaria”, más “culta” de la Nueva Trova, el sujeto lírico prefiere desearse la muerte él mismo antes que quererla para la amada, en un gesto de “buen gusto” (Ojalá por lo menos que me lleve la muerte), en Bravo no hallamos esos “melindres” porque el bolero es muchas veces desbordamiento, desmesura y melodrama: Deseo que después que te mueras / no haya para ti un lugar. El infierno resulta un cielo / comparado con tu alma. / Y que Dios me perdone / por desear que ni muerto tengas calma.

A propósito de la desmesura, Leonardo Acosta considera […] válida la comparación entre el drama -o microdrama- que encierra el texto de un bolero y la forma extrema por desmesurada de un melodrama seriado o serial radial televisivo. [4]  Por su parte, Daisy Cué añade que otro elemento por subrayar es el carácter melodramático encerrado en la mayoría de estas letras. […] [5] Un buen ejemplo de lo anterior es la saga Un amigo mío/Amigo de qué, interpretada por los cubanos Orlando Vallejo y Orlando Contreras, un teatral duelo de despecho, matizado por el machismo rampante de los boleros de victrola.

Pero no todo es paroxismo en el bolero, también hay mucho de lirismo contenido en él; porque un rasgo significativo del género lo constituye la posibilidad de abarcar diversos registros para expresar la emoción en las letras. Ejemplo de una tesitura mesurada, más íntima, es una buena parte de las obras de la corriente del filin. Autores como José Antonio Méndez o Piloto y Vera se deshicieron de la tropología de raíz modernista de la trova tradicional e incorporaron a sus textos una auténtica sencillez, que no significa simpleza o frialdad sino concentración poética del sentimiento. Es el caso de Mi mejor canción, de José Antonio Méndez:

Te ofrecerán las mayores riquezas,

alabarán con creces tu belleza,

te brindarán la luna y las estrellas

y te dirán las palabras más bellas.

Mas no podrán llegar hasta tus sueños,

ni conquistar tus más caros empeños;

si has de llevar dentro del corazón

mi más sencilla, mi mejor canción.

Dicho fenómeno no se da solo en Cuba, pues en México autores contemporáneos con el filin cubano, como es el caso de Vicente Garrido (“El padre del bolero moderno”) también apostaron por la redondez expresiva que otorga lo sencillo. Veamos Todo y nada:

Todo lo que tengo en la vida,

mi ternura escondida,

mi ilusión de vivir,

todo te lo diera contento,

porque tu pensamiento

no apartaras de mí.

Pero como no me has querido

y lo que te he ofrecido

no te puede importar,

muere la esperanza que añoro,

pues teniéndolo todo

nada te puedo dar.

Me resulta imposible escribir sobre la dimensión literaria del bolero sin referirme a la obra de Martha Valdés, a mi juicio una de las más altas voces poéticas del género. Partícipe de la segunda promoción del filin, la compositora habanera deviene en una suerte de puente entre la tradición bolerística y la nueva canción latinoamericana, que, como se sabe, redimensionó la relevancia literaria de los textos de canciones al extender su alcance lírico a alturas nunca antes vistas. Desde sus primeros boleros, Martha Valdés se erigió como una voz escritural poderosa y versátil, capaz de moverse con soltura no solo en el ámbito de las letras de canción, sino también de la reflexión artística y la crítica musical. Su temprano bolero En la imaginación es muestra de lo antes comentado:

Hoy estoy pensando

que tal vez existas,

está de fiesta la imaginación,

desesperada sensación de ti.

¿Quién serás que así me invitas a amar?

¿Quién serás que me has podido dejar en mi locura,

mientras se me escapa tu posible visión

y sospecho que tú eres nadie,

que está de fiesta la imaginación?

La calidad poética de letras como las aquí citadas pone en tensión el canon, el encerramiento teórico de los estudios literarios que ha permitido la marginalización de ciertos tipos de textos por no estar vinculados directamente con una noción específica y cerrada de lo que es literatura. Sin embargo, resulta perentorio el estudio interdisciplinario de los géneros musicales-literarios como el bolero, con tanta relevancia en la espiritualidad y la identidad latinoamericana y caribeña.

El bolero no es solo música, también es palabra forjada artísticamente y vivenciada desde la espiritualidad de compositores, intérpretes y oyentes; tal y como nos dice Alberto Vera en una de sus canciones: Cantemos, cantemos con el alma, / cantemos como siempre / viviendo en las palabras. Las palabras del bolero son memoria, tradición e identidad, son patrimonio espiritual.


NOTAS  

[1] Colombres, Adolfo: Celebración del lenguaje: hacia una teoría intercultural de la literatura. Ediciones Alarcos, Casa Editorial Tablas Alarcos, La Habana, 2009, p.153.

[2] Cué Fernández, Daisy: Los narradores cubanos también cantan boleros. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2012, p. 41.

[3] Balza, José: El bolero: canto de cuna (y de cama) del Caribe. En La gaceta de Cuba, número 2, marzo-abril de 1996, La Habana, p.14.

[4] Acosta, Leonardo: Sabor a bolero: algunas interrogantes en torno a la historia y otras peripecias del bolero latinoamericano, en Nosotros y el bolero, Letras cubanas, La Habana, 2000, p. 126.

[5] Cué Fernández, Daisy: Op.cit, p. 34.

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