Marta Valdés, la armonía que camina por el acantilado.*

Por Rey Pantoja. Cantante, guitarrista y tresero

*Palabras pronunciadas en la presentación del libro de Marta Valdés La cuerda al aire (Ediciones Matanzas, 2019).

Todo creador que se reconozca a sí mismo como defensor de una autenticidad, sabe, o por lo menos debe intuir, que camina por un acantilado. De un lado podría encontrar la cumbre, representada en los anhelos más intrínsecos de su verdad y que pudieran o no ser aceptados por sus receptores; del otro, el abismo, que pudiera ser la mudez, la indiferencia, o en el peor de los casos, el olvido total.

Confieso que dejarme seducir por Alfredo Zaldívar para escribir sobre la música de Marta Valdés, es para mí caminar por el acantilado, sobre todo después de que tantas voces, muchísimo más calificadas y distinguidas que la mía, de disímiles manifestaciones y rangos han expuesto a lo largo de tantos años criterios realmente memorables sobre la obra de Marta. Pero como soy un creador, me lanzo en esta caminata, no para trascender en el difícil campo de la palabra, sino para dejarme llevar por la pasión que me produce su música, el asombro que me provocan sus canciones, aún pasados algunos años de conocerlas.

La primera canción de Marta Valdés que oí fue Llora, tenía unos 15 años, cursaba estudios en la Escuela Nacional de Artes y como eran los terriblemente difíciles años noventa, tenía que tocar en algunas agrupaciones para comer un poco mejor que en la escuela. Es así que audicioné en un septeto de música tradicional cubana para tocar el tres, convocado por los hermanos Lino y Fernando Lores. Allí, en una casa de Centro Habana, más parecida a un palomar que a una casa, se apareció una mulata llamada Doris que pretendiendo obtener la plaza de cantante del septeto, pidió que le acompañara Lino esta canción. Quedé atónito ante la belleza de la obra, de la interpretación de Doris y sobre todo de la progresión armónica que magistralmente reproducía el guitarrista frente a mí. Y es que, a mi parecer, la armonía de las canciones de Marta, sus insospechadas secuencias y modulaciones, marcan su paso por el acantilado de su autenticidad y lenguaje singular. Nunca más pude desprenderme de la búsqueda de su obra, del seguimiento a los que la defendían y hasta de intentar aprenderme alguna de aquellas canciones en la guitarra, para casi nunca llegar a hacerlas del todo bien.

Podemos escuchar versiones de disímiles intérpretes poniendo énfasis en el acompañamiento armónico, y descubrir los más diversos empeños, los más variopintos riesgos buscando una identidad propia en los arreglos, pero cuando escuchamos a la propia Marta deslizar los dedos por el diapasón de su guitarra en pos de sus canciones, nos parece que nadie podrá reemplazar el ropaje que ha diseñado para vestir esas también inigualables melodías. El gusto por la suspensión que provocan los acordes con cuerdas al aire, la imaginación orquestal de sus giros y los sorpresivos saltos armónicos en función de una melodía, que además no suena rebuscada, sino que fluye con hermosura desde una sencillez casi ingenua en la ejecución del acompañamiento, podrían ser los ingredientes distintivos en la canción de Marta.

Marta Valdés

Los que estudiamos música en la academia sabemos ciertas reglas que allí se dictan con respecto a la armonía: no pueden haber saltos inesperados, ni cuartas y quintas paralelas, ni disonancias que se interpongan en el paso de la melodía, etc, etc, etc…ya sabemos que Schomberg, Stravinski, Leo Brouwer y todos los nuevos precursores de cada estilo, en épocas diferentes, han roto esas reglas, pero Marta Valdés las rompe en la canción casi sin proponérselo, bebiendo de las más sabias fuentes que le llegaban desde muy joven, tomando los elementos musicales que le deslumbraban para asirlos a su imaginario y devolverlos en un lenguaje tan propio que la convierte en precursora de un estilo… su estilo. Aquí me detengo, muchas veces se ha tratado de encasillar a Marta en un movimiento, agrupación generacional, o corriente estética (como suelen decir los teóricos). A mi modesta manera de ver su obra, me atrevo a decir que Marta Valdés es en sí misma, movimiento, corriente estética, una forma única de hacer la canción, que es a donde pertenece, al mundo siempre transformable y en movimiento que es la canción, así creo lo entendió ella desde un principio, como creadora innata que sabe lo que sus entrañas le dictan.

Otra herramienta que suele utilizar Marta en sus canciones es el desmembramiento de ciertos acordes ya establecidos, como los de séptima, novena, oncena y trecena, para darles un orden distinto, inversiones que tampoco se dictan en academias y que tienen que ver más con la forma de ejecutar la guitarra y de apoyar sus melodías. Pero no solo podemos hallar en su obra, saltos armónicos, disonancias y descomposiciones de acordes en singulares progresiones, también nos puede sorprender con canciones en las que solo utiliza secuencias de acordes naturales, dándonos una clase magistral de armonía, ratificando que su búsqueda no es artificio, ni ejercicio, si no espontaneidad y belleza.

Podríamos estar analizando la canción de Marta Valdés por muchas horas, entrando en diversos detalles morfológicos y técnicos, que, a mi entender, nada tienen que ver con la intención de la propia compositora; ya sabemos cómo fluye el verdadero arte, cuando se hace con sinceridad, con transparencia y que de esto depende el impacto en sus receptores y la trascendencia futura. Y a propósito de futuro, me atrevo a decir que Marta es una creadora de todos los tiempos y que a doscientos o trescientos años en el futuro, nos estará esperando o quizás nos la encontremos aún caminando por el acantilado, procurando siempre la belleza, presintiendo en uno de sus lados el abismo, pero con la certeza de la cumbre en sus manos, en sus canciones.

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