Música y poesía en Nicolás Guillén*

*Publicado en Clave año 10, No. 1-2/2008,pp. 62-63. Segunda Etapa.

Por Raúl Martínez Rodríguez.

Siempre que se habla de la musicalidad de la literatura cubana, se piensa en primer lugar en Nicolás Guillén, ante todo por su famoso libro Motivos de son:

¿Por qué te pone tan brabo,

cuando te disen negro bembón

si tiene la boca santa,

negro bembón?

Antes de que descubriera su vocación para las letras, ya se apreciaban en el niño Nicolás sus excepcionales aptitudes para la música. Hubiera podido dedicarse, con gran éxito, a cualquiera de las disciplinas comprendidas dentro de este arte. De hecho, la ejerció, no sólo en sus versos, sino en sus atinadas crónicas dedicadas a algunos de los mejores exponentes de nuestra música, como Rita Montaner, Virgilio Diago, Brindis de Salas, Roberto Ondina, Ignacio Villa “Bola de Nieve” y Benny Moré. Al final, quizás sin pretenderlo, poesía y música, o música y poesía se integran en él como una sola, y fluyen con fuerza natural y verdadera.

Tengo el alma hecha ritmo

/ y armonía,

todo en mi ser es música

/ y es canto,

desde el réquiem tristísimo

/ del llanto

hasta el trino triunfal

/ de la alegría.

En estos versos escritos en la adolescencia, titulados “Alma música”, existe una revelación y declaración de principios con respecto a la música y, en especial, a la cubana. El novelista y musicólogo cubano Alejo Carpentier, notable por sus numerosas colaboraciones como letrista de los compositores cubanos Roldán y Caturla, y de extranjeros, como el francés Marius F. Gaillard y el brasileño Heitor Villa-Lobos, entre otros, asegura que el escritor dedicado a crear textos para una partitura, debe reunir varios requisitos, sobre todo, rítmica, condición innata en Guillén y que tanto aprecian los compositores músicos. También necesariamente, prosigue Carpentier, ha de tenerse la suficiente sensibilidad para conocer la esencia y el tono lírico del compositor.

Me he querido detener brevemente en estas exigencias musicales en relación con la literatura porque en el momento de musicalizar los versos de Nicolás, el método se invierte. El compositor que quiera utilizar un poema de Guillén, se sentirá poderosamente subordinado al manantial de sonido, ritmo y creatividad, impuesto por la fuerza de la poesía del poeta.

Ayé me dijeron negro

pa’ que me fajara yo,

pero é que me lo dijo

era un negro como yo.

En su bella prosa, pero sobre todo en su poesía afrocubana, se sugiere, se motiva, el diseño rítmico y melódico más adecuado. Es como si ya existiera intrínsecamente una melodía en el poeta que el compositor tiene que descubrir, que localizar.

La chiquita que yo tengo

tan negra como e,

no la cambio po ninguna,

po ninguna otra mujé.

En el complejo proceso de colaboración de este poeta y un músico, el talento de este último influirá decisivamente en el resultado artístico. Al igual que en la estructura de los sones cubanos bailables y cantados más primitivos predominaban la copla y el estribillo, en sus conocidos poemas incluidos en Motivos de son (1930), estos recursos se hacen más novedosos, y con singular fuerza aparece el aspecto rítmico-métrico y una pujante riqueza expresiva corporal que invita al baile. Según Guillén, como lo dijo más de una vez, la mayor influencia señalada en ellos está en el haber oído las excelentes grabaciones del Septeto Habanero y los sones orientales del Trío Matamoros.

Sóngoro, cosongo

Songo bé,

sóngoro cosongo

de mamey,

sóngoro la negra

baila bien,

sóngoro, de uno

sóngoro de tre

En los Motivos de son, Guillén no sólo captó como buen cubano, lo complejo de la cuadratura de la música cubana mestiza, sino también su esencia, lo más difícil en todo proceso creativo. También el estilo de su lenguaje eminentemente popular y, a su vez, culto. No es extraño que sus primeros compositores e intérpretes fueran asimismo parte de la corriente afrocubana surgida en la década del treinta en Cuba. Ellos supieron asimilar la musicalidad de sus poemas y, como se sabe, la música era parte significativa de ese movimiento. Se iniciaron en ese modo de componer los hermanos y compositores Eliseo y Emilio Grenet y el camagüeyano Jorge González Allué. Y, como intérpretes, los talentosos cantantes Rita Montaner e Ignacio Villa, “Bola de Nieve”.

Con tanto inglé que tú sabía,

Bito Manué,

con tanto inglé, no sabe ahora

desí ye.

Aunque en 1931, el violinista y director de orquesta sinfónica Amadeo Roldán ya había  musicalizado el poema de Guillén, “Curujey”, para coro mixto, dos pianos y dos instrumentos de percusión, en una admirable síntesis de los elementos musicales europeos y africanos, no fue hasta poco después que le puso música a ocho de sus motivos, para orquesta de cámara y voz de soprano. En ellos, Roldán utiliza una partitura muy elaborada, en que predomina la melodía al servicio del texto poético. Junto a los clarinetes, trompeta, violines y violonchelo, incorporó con un concepto muy contemporáneo, el bongó, las maracas, las claves y el cencerro, para así sugerir las distintas combinaciones instrumentales de los grupos de música popular sonera.

Ya yo me enteré, mulata,

mulata, ya sé que dise

que yo tengo la narise

como nudo de cobbata.

Nicolás Guillén. Foto tomada de Internet.

Esto sólo sería el gran comienzo de un fenómeno en la literatura y música cubana. Es que nuestro gran poeta, nunca escribió un poema que sonara “desafinado” y mucho menos “descuadrado”. Los primeros atrapados por el sonajero mágico de sus versos fueron el dominicano Juan Pancho García con el breve poema romántico “El espejo”, los hermanos Emilio Neno, y Eliseo Grenet, Roldán, García Caturla, Jorge González Allué, le siguieron; Gisela Hernández con su bellísimo Tríptico (1967) para cuatro voces mixtas (“Palma sola”, “Ay, señora mi vecina”, y “Sangre desplegada”), entre otros. Son memorables las interpretaciones que han hecho de ellos nuestro gran Bola de Nieve, y Rita Montaner, y en Yambambó (Caturla) y Quirino con su tre (Emilio Grenet). Posteriormente, la soprano Iris Burguet los grabó magistralmente junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, con la música de Roldán. Así también, las interpretaciones de obras de Eliseo Grenet, Sóngoro cosongo, por Joseíto Núñez con el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, y más recientemente la versión en la popular y excepcional voz de Omara Portuondo. Viene a la mente, también de Grenet, Negro bembón, que dejó plasmado en disco con éxito hace unos años el Coro Sinfónico Nacional, bajo la dirección de Digna Guerra. Imposible de olvidar la versión coral Ay, señora mi vecina, con música de Electo Silva y su Orfeón Santiago dirigido por él. Aún recordamos la excelencia vocal y para orquesta sinfónica de la obra La tarde pidiendo amor, cantada por la soprano Iris Burguet, de Hilario González, y los poemas de amor Si alguien me hubiera dicho, Una mariposa rara, y Rima amarga, convertidos en boleros y guarachas, bambuco de factura muy popular, de Walfrido Guevara, cantado por su dúo Los Idaidos y la Orquesta del maestro, orquestados por los maestros Enrique Jorrín, Joaquín Mendível para los discos EGREM, y de forma trovadoresca el sello español Virgin, con nota y producción de José Reyes Fortún.

Los integrantes de la Nueva Trova también se inspiraron en otros versos de Guillén: De qué callada manera, y Nieve compuestos y cantados, respectivamente, por Pablo Milanés y por Amaury Pérez. El venezolano Horacio Guaraní, los grupos latinoamericanos Los Fronterizos, y Quilapayún con No sé por qué piensas tú y los españoles Ana Belén y Víctor Manuel con La muralla de gran éxito internacional. Una obra cumbre en la unión poesía y música en Guillén está en sus versos Canto negro y Chévere, musicalizados por el músico catalán Xavier Montsalvatge, y grabado en soporte discográfico por la notable soprano operática española de fama internacional Victoria de los Ángeles.

Todos han contribuido a perpetuar aquella declaración de principios del entonces adolescente Guillén: “todo en mi ser es música y es canto”.

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