La virtualidad que nos rodea… ¿O en la que estamos inmersos?

Por Adaivis Marrón Pérez. Musicóloga

El creciente uso de las tecnologías está impulsando a la humanidad a una nueva era en materia de comunicación. A través de las redes sociales hemos podido crear y mantener vínculos con otras personas sin importar donde nos encontremos. Por lo tanto, a pesar de las controversiales opiniones sobre su utilización, podríamos considerarlas importantes herramientas para la comunicación, tal y como lo hemos podido constatar en los últimos años.

La pandemia del Covid 19 supuso un reto en casi todos los sentidos de nuestras vidas, en especial, el área comunicativa al tener que prescindir de las acostumbradas tradicionales muestras de afecto. Ese abrazo de bienvenida, el beso en la mejilla, un buen apretón de manos… todos esos gestos tuvieron que ser modificados para poder mantener los tan necesarios protocolos de sanidad. La sonrisa se expresa mejor ahora con los ojos (o será que antes no lo notábamos). Es también por los ojos que hemos aprendido a identificar al otro, hemos creado prácticamente a la fuerza y por necesidad, nuevos códigos de comportamiento que refieran los mismos significados de aquellos que tuvimos que dejar atrás. Eran esas las maneras imprescindibles de respetar las medidas de distanciamiento que nos mantuvieron a salvo durante el periodo más crítico de la pandemia.

En un aislamiento impuesto podría resultar difícil encontrar la inspiración para crear, aunque debo reconocer que, en ocasiones, a pesar de la incertidumbre que nos rodeaba, llegué a pensar: “este es el mejor momento para escribir, para crear…”, y sí, al parecer muchos artistas y escritores vimos esta etapa como una especie de retiro espiritual donde una vez más, el arte salva. Una forma creativa de enfrentar el confinamiento fue la realización de conciertos online, preparar nuevas producciones fonográficas y audiovisuales, actualizar repertorios y concluir proyectos discográficos, aprovechando la calma aparente que los rodeaba.

En esas pequeñas brechas de tiempo en la que parecíamos tener la situación “controlada” hubo algunos lanzamientos oficiales como: El cuento de la buena pipa (Egrem 2020), de Alain Pérez; Al son del caballero, La Alianza Musical, de Manolito Simonet, (Bis Music 2021) y Mi Libertad (Bis Music 2021) de Yaima Orozco. Es válido destacar que, por la calidad de su factura, los ejemplos antes mencionados fueron premiados en el más reciente certamen Cubadisco 2020-2021.

Al tener que prescindir del producto físico como uno de los elementos esenciales en la cadena de distribución y comercialización (en la que ubicamos los conciertos en vivo y el disco físico) se necesitó incentivar el área virtual, y explotar al máximo todas sus posibilidades. Las plataformas de streaming y descarga, experimentaron un importante ascenso en el empleo de ambas modalidades durante este periodo, según reportes de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI por sus siglas en inglés) en 2020.

Global Music Report, 2021 por la Federación Internacional de la Industria Fonográfica.

En Cuba las dificultades con la conectividad nos impiden disfrutar de una mejor experiencia de estos productos. Contamos con plataformas digitales para la descarga y streaming de la música, producida por nuestros artistas en las casas discográficas del país; sin embargo, aún no está generalizado su uso, quizás por desconocimiento del público debido a la poca promoción de las mismas. Con frecuencia se acude a la piratería, a las formas alternativas de distribución del producto musical como “El paquete semanal”. Este, si bien contiene una selección actualizada de “lo que más suena” en los espacios público-privados de nuestra sociedad ‒dígase taxis, cafeterías‒ e influye la intervención externa de algunos productores independientes que introducen en “lo que más suena”, incluso lo que aún no suena en ninguno de estos espacios, pero les interesa promover), el paquete también constituye un indicador de consumo, más allá de los datos que ofrecen nuestras plataformas oficiales. De hecho, a estas el público local accede en menor medida. Es un tema importante a estudiar, pero no representa el eje del presente texto.

Un mundo un poco más elitista lo constituye el metaverso, un universo “paralelo” en el que podemos interactuar, prácticamente desde cualquier sitio, y donde ya se han programado reuniones, exposiciones de arte, conciertos y raves de música electrónica.

Tomado del perfil de Instagram del artista Justin Bieber, fotograma del spot promocional de su primer concierto en el Metaverso.

La presencia e interacción del artista junto a sus seguidores de todo el mundo, sin importar su ubicación real es posible ya desde la virtualidad del metaverso. Eso sí, es un universo costoso, o al menos hasta hoy lo es, aunque se proyecte convertirlo en algo más accesible a todos los usuarios interesados, algo así como la evolución de los dispositivos móviles, que en sus inicios casi eran un lujo y hoy podemos adquirir modelos sencillos por precios relativamente muy bajos.

Por si todo esto fuera poco, el metaverso tiene su propio espacio para coleccionistas de arte, los NFT. Se trata de un formato en el que se puede comprimir prácticamente cualquier archivo y subirlo a una plataforma que funciona como casa de intercambio, su pago es a través de criptomonedas y las futuras ventas de su arte, le reporta al creador el 5% de cada una de ellas. Estamos en presencia de una forma de distribución donde el artista, si así lo quisiese, rompe todo tipo de vínculo con terceros en la cadena de distribución y comercialización de su arte; es libre para ser creador y comerciante a la vez. No quiere decir esto que dejarán de funcionar las tradicionales formas de comercialización, ni de existir los agentes y managers, sino que estos tendrán que migrar también a este nuevo escenario si los públicos y artistas para los que trabajan continúan adoptándolo.

El metaverso es todo un mundo nuevo a nuestros ojos. Con los NFT, la humanidad ha escrito las primeras páginas de un nuevo capítulo, respecto a una novedosa manera de interactuar con el arte, quizás como alternativa al confinamiento, o cambios propios del desarrollo tecnológico. No sabemos por cuánto tiempo permanecerán entre nosotros, pues como todo producto dependerá de su uso y demanda. Debemos ver este fenómeno de adopción de nuevas tecnologías para la comunicación y comercialización del arte como parte de una especie de transición hacia una “virtualidad de la sociedad” que ‒por inquietante que suene el término‒, y por más que se discuta, es el camino que transitaremos en un futuro muy cercano. Las nuevas generaciones que vayan surgiendo, probablemente, ya no sabrán cómo utilizar un disco compacto, pero sí cómo descargar un archivo de la nube, es muy posible que recorran todos los museos del mundo sin tener que salir de casa. Pudiera parecer hasta cierto punto “ficticio” y hasta “futurista”, pero la realidad ya nos demuestra, que ese futuro del que hablábamos, es hoy.


Fuentes consultadas

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