El orgullo patrio en las excelencias de un disco

Por Guille Vilar, crítico

Portada del disco, foto tomada de internet

Al rememorar la mayoría de los refranes nacidos de la sabiduría natural del pueblo cubano, estos siempre nos confirman la presencia de una lógica coherente con el decursar de la vida cotidiana. Por ejemplo, hace tan solo unos días pude constatar la veracidad de aquel donde se nos advierte de que “lo bueno, hala lo bueno”. Esta fue la sensación que tuve cuando vi al cantante Alain Pérez por la televisión en la interpretación del bolero “Te odio y te quiero” de Panchito Riset. Literalmente quede impactado no solo por la soberbia interpretación de Alain sino además por el rango de autenticidad alcanzado a través del esmerado tratamiento que requieren los patrones inherentes al género y por la espectacular sonoridad de la eficaz instrumentación aportada.

Lo recibí como una declaración de principios de la soberanía artística a favor del derecho de tocar este clásico del bolero, sencillamente como va. Obviamente, al recordar el susodicho refrán, me pregunté: “¿Si una sola canción me ha impresionado tanto, entonces el resto del disco, tiene que ser algo tremendo?”  No pasó mucho tiempo para poder atestiguar que estamos ante una obra mayor en la discografía de la EGREM, cuya trascendencia desborda no solo los limites de cualquier trabajo similar realizado con anterioridad, sino que ella en sí misma, propone nuevas pautas a seguir en el desempeño de las discográficas en el país. Quizás la impresión inicial que recibamos del disco al que hacemos referencia, bautizado como A romper el coco, es que pudiera ser considerado como otra de las tantas visitas al honorable pasado de la música cubana, cuya gloria espera con ansiedad que toquemos a su puerta para remontar prometedoras expectativas. Sin embargo, en este caso con la participación de carismáticas personalidades de la música de nuestro tiempo como

Alexander Abreu, Alain Perez y Mayito Rivera, tres grandes de la música cubana. Foto tomada de Internet

Alexander Abreu, Alain Pérez y Mayito Rivera, el mensaje enviado no es el de otorgar posiciones preferenciales de promoción a figuras de antaño que permanecían en el anonimato a pesar del reconocido mérito de sus trayectorias. Se trata del resultado de una meditada estrategia de producción que, a partir de la legitimidad de figuras del presente con indiscutible prestigio, estas aparecen insertadas en un medio de alto rigor profesional para arrasar como ha sucedido, con los índices de popularidad en el mercado. Si para la mayoría de la población, el disco A romper el coco constituye una agradable sorpresa que remueve intensamente los sedimentos musicales sumergidos en la cubanidad, para las nuevas generaciones aparecen diferentes lecturas implícitas en su audición. En cualquiera de las piezas que conforman el disco, ya sean El Jamaiquino de Andrés Echavarría, homenaje a El Niño Rivera que personaliza Alexander; en Un Pedacito de Sabino Peñalver, pieza en la cual Mayito rinde tributo al Conjunto Chapottin o hasta en la que da título al disco por la emocionada voz de Alain en memoria de Roberto Faz y el Conjunto Casino, lo primero que sobresale es un nivel superior de entrega por parte de estos intérpretes. Se ha asumido el debido respeto tanto como la devoción con que merece ser tratada esta obra heredada de luminarias patrimoniales de la nación, además obviamente, del respeto que también nos merecemos nosotros como receptores de dicho proyecto discográfico.

Es la oportuna reiteración puesta en práctica de una condición para nada manida, al demostrar que, para alcanzar los niveles de exigencia aquí escuchados, independientemente del talento que tenga cada cual, hay que haber estudiado mucho, con esa voluntad dispuesta al mayor sacrificio, la que permita llegar a ser cada día mejores músicos. Precisamente en discos como A romper el coco se ha puesto de manifiesto, una hondura profesional imprescindible por parte de todos los que tienen que ver con la realización del fonograma en cuestión. Es el único modo de obtener ese indiscutible sello de identidad con el cual nos sentimos plenamente identificados. A la vez, haber hecho realidad esta loable aspiración de sus realizadores, ha permitido ascender nuevos peldaños en lo relativo al empeño de hacer entender a nuestros jóvenes la falsedad que implica aceptar la vigencia de códigos manipulados como la llamada “música del ayer”. Rechazar semejantes estancos, para nada significa renegar de todo lo bueno que pueda haber en la música de hoy en día. La sensibilidad del ser humano es infinita, por lo tanto, las limitantes no deben de ser temporales sino en todo caso atenernos a la relevancia artística o no de la música que podamos disfrutar de cualquier época. Por último, esta reunión ocasional de Alexander Abreu, Alain Pérez y Mayito Rivera, ha puesto de nuevo sobre el tapete otra necesidad de la cultura cubana: que nuestros mejores músicos interactúen entre sí con mucha más frecuencia. No solo nos referimos a la presencia circunstancial de estos músicos en conciertos homenajes a una entidad en particular, donde son invitados para que interpreten una pieza, sino que hablamos de un intercambio mucho más abarcador donde perviva una compleja conceptualización como la que ha reclamado el trabajo de altos quilates al que nos hemos referido. En conclusión, si el otro día conmovido nos quedamos al contemplar ondeando nuestra enseña nacional, matizada por la pureza de vividos colores impregnados en una gran bandera recién estrenada, semejante reflexión nos provoca idéntico orgullo patrio cuando somos invadidos por las excelencias musicales de esta espléndida producción de la EGREM recogida en el disco A romper el coco.

 

 

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