Síntesis del testimonio de Martin Pedreira publicado en el libro «Ñico Rojas»

Como parte de una tradición musical, especialmente guitarrística, Ñico Rojas se vislumbra como una especie de rara revelación, que ha incidido de manera singular en los preceptos que identifican a la escuela cubana de guitarra.

Con aparente sencillez, aun cuando en su obra se destaca una complejidad técnica y armónica sustancial, su música, de difícil ejecución, ha impactado a intérpretes de distintas generaciones.

La primera obra que me llegó de Ñico fue su Suite chachachá de 1963. Yo era un muchacho y ni siquiera tomaba muy en serio la guitarra. Me impactó aquella música que, por corriente, por decirlo de algún modo, tal vez no estaba carente de información.

Años después, en el 83, lo escuché tocar en la Casa de Cultura de Plaza y empecé a unir cabos. Me di cuenta que era la misma persona a la que había oído aquella pieza tremenda de la Suite…Ya no interpretaba aquello como la primera vez que lo había oído pero sin dudas le sobraba una intensa carga emocional en todo lo que estaba haciendo. Y en eso radica uno de los tantos misterios de su obra.

El hecho de no saber escribir música y sin poseer una técnica musical depurada, eso no le impidió un elevadísimo nivel de expresión personal. En esos momentos inicié una relación con él que me llevó a comenzar a transcribir su obra.

¿Qué me aportó?…una experiencia impresionante, aprendí muchísimo. Te puedo decir que gasté un cabezal de mi grabadora de tanto escucharla. Decidí comenzar por su arreglo de la guajira Guantanamera, porque creí que al ser una pieza tan conocida me resultaría fácil trabajarla y todavía creo que fue una “cabeza de caballo” por la cantidad de compases que tenía. (…) Cada vez me convenzo más que para sumirse en el mundo sonoro de Ñico hay que conocer la historia misma de la guitarra, su tradición y, por supuesto, sus complejidades técnicas, porque él hizo de ese instrumento un artificio al que le introdujo un conjunto de matices que lo convierten en algo muy especial. Para transcribir catorce de sus obras me tomé aproximadamente un año y medio, más o menos, y laboré como un orfebre chino. Fue un ejercicio en el que su hijo Jesús me auxilió mucho; no obstante fue muy difícil.

Para volver al ejemplo anterior, en su versión de la Guantanamera encontré seis compases y cuatro voces bien delimitadas. Toda una polifonía que en guitarra es raro encontrar. Otro elemento que hay que destacar dentro de su obra es que nunca interpreta de igual manera una misma pieza. Por eso las trascripciones las hice sobre la base de que sus composiciones que están grabadas. Ñico tiene un nivel de improvisación en sus solos y tumbaos que hacen que sus piezas parezcan siempre nuevas. Es más, si tuviera que definir el por qué se hace tan difícil interpretar sus números, la reflexión irá a parar en el término “variación”. Ese es el elemento rítmico más constante de su universo sonoro, que bien pudiera traducirse en improvisación, por demás un asgo esencial dentro de la música popular. Por tanto es uno de los elementos que más acerca el trabajo de Rojas a la esencia autóctona de lo cubano.

A mi modo de ver, en la guitarrística contemporánea cubana se pueden percibir dos polos: en un extremo Leo Brouwer como lo más elaborado desde el punto de vista formal y conceptual, por su alto vuelo y complejidad artística, y aunque refleja lo pop, para mí este elemento en él es como la espuma; del otro extremo coloco a Ñico Rojas, para quien lo popular lo hace situarse al pie del tronco, al apropiarse de las fuentes de un modo muy particular. Por ejemplo cuando hablo de lo cubano en Ñico siempre pienso en un tema como Motivo del danzón. Esta pieza es una evocación al género que, si bien no está pensada para el baile, es tan rítmica que espiritualmente capta la esencia del ritmo. La guitarra no es un instrumento propio del danzón, sin embargo la lectura del género que él propicia, no disgusta ni a un bailador de danzón, ni a un estudioso y mucho menos a un gustador de la música cubana.

(…)Ñico ha logrado sintetizar en sus piezas una serie de elementos, de inflexiones medulares de la música popular cubana y lo hace con un concepto guitarrístico. No hay divorcio entre intención y resultado artístico.

Ñico Rojas ha logrado, semióticamente hablando, un valioso código que se manifiesta desde el momento en que uno toma en sus manos el título de la obra. El sentido de lo coloquial prima en sus creaciones. Detengámonos en algunos títulos Francisco y Alfonsito, dedicada a su hijo y al de Frank Emilio; es una pieza en la que se denota gran ingenuidad, los acordes son muy suaves. Sin embargo, en otra como Homenaje a Bebo Valdés, toma de motivo la música de los años cincuenta, época de oro del chachachá y el mambo. En la obra Conversando con Nicolás Guillén, el elemento discursivo recrea el ambiente. De estilo muy sobrio, los aires de lo cubano se respiran en ella. En el Jardín de mi infancia, volvemos a la sencillez, ya no es propiamente ingenuidad, sino calma, mesura, tomando en cuenta que rememora sus días de juventud. En ese caso, además, hace una apropiación del feeling que se traduce en apacible armonía.

(…) Ha sido para mí un privilegio poder acercarme a su obra y a él, que es una gran persona. Involucrarme con su música ha sido impregnarme de un modo de decir muy coherente y sólido que, aun cuando no ha estado avalado por un conocimiento técnico-musical amplio, cuenta con una carga emocional tan intensa que hay que respetar mientras de guitarra cubana se trate.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s