Por Guille Vilar. Crítico musical
*Publicado en Periódico Cubarte (16/10/2021).

Cuando me solicitaron una valoración crítica acerca del más reciente número de la revista Clave en el trigésimo quinto aniversario de su edición como publicación especializada del Instituto Cubano de la Música, comprendí de inmediato el justo reconocimiento que se le otorga a semejante celebración en medio de la Jornada por la Cultura Cubana.
Con solo revisar el índice de los trabajos que conforman esta edición no.1 del 2021, se confirma la certeza de que se trata de un memorable hecho cultural que desborda la rutina de lo cotidiano, al convocar encuentros con fundamentos identitarios de gran arraigo en el pueblo cubano.
Por lo tanto, el hecho que Clave sea una publicación del orden científico-tecnológico, para nada constituye una barrera que frene el evidente atractivo para el lector promedio interesado en incrementar sus conocimientos acerca de la música cubana. Negar la amplitud en el terreno de la comunicación a nivel popular de la revista Clave, sería como compartir la negativa de quienes rechazaron en su momento, la iniciativa de llevar el cine móvil por primera vez hasta los lugares más intrincados del campo cubano al principio de la Revolución, porque se suponía que sus habitantes no iban a comprender la naturaleza de los materiales fílmicos proyectados.
Disponerse a leer cada uno de los artículos de Clave, es mucho más que quedarnos enclaustrados en el límite físico de las paginas asignadas, es como aceptar la invitación para compartir una inesperada travesía, un viaje por valores netos de nuestra música desde el profundo amor patrio que nos enorgullece.
En tales argumentos, hallamos el sustento básico que motiva a la musicóloga Gloria Ochoa para honrar la relevancia del jazz cubano en su artículo “El Joven Espíritu del Jazz Cubano. Un modelo de gestión en la industria fonográfica cubana”. Aquí Ochoa nos entrega una detallada descripción de este proyecto discográfico de Producciones Colibrí dirigido a los jóvenes cultores del género, empeño coherentemente sólido en donde exponen aquellas virtudes profesionales que los convierte en realidades mucho más inmediatas que promesas a largo plazo. Del mismo modo que este trabajo nos provoca plena satisfacción por la atención prestada al desarrollo de los jóvenes jazzistas otros artículos, en cambio, nos conducen a ser testigos de la agobiante situación de discriminación clasista que existía antes de 1959 en relación con áreas de la música popular como la música campesina y la de origen africano entre otras.
Tomados de la honorable mano del magisterio de una investigadora con el rango de la Dra. María Teresa Linares, en el trabajo “Sobre nuestra tradición cultural”, somos guiados por medio de un lenguaje sencillo y directo, para conocer de cómo se despreciaba a la tradicional música campesina al hacerla parecer como una manifestación culturalmente atrasada a la cual se le llamaba despectivamente “cosa de guajiros” en favor de hacer prevalecer la música mercantilista de moda, carente de cubanía. Otro tanto pasó con la música de origen afro que en opinión de la Dra. Linares era víctima del racismo al ser considerada como solo “ritmos ruidosos”, que “no contenía melodía alguna que pudiera enriquecer nuestra música”.
Pero corresponde a la musicóloga María Elena Vinueza reseñar el abarcador espectro profesional de la querida Teté en lo relativo al registro de su huella por el hecho discográfico en sí, al presentarnos en el artículo “María Teresa Linares en su legado discográfico”, un recuento de este quehacer, rastro que podemos seguir desde las grabaciones in situ realizadas conjuntamente con el maestro Argeliers León hasta en discos del Septeto Nacional, de Benny More o en los de Bola de Nieve, para ratificarnos el carácter de herencia imprescindible al conjunto de su obra.
Sin embargo, en el recorrido por la revista Clave dedicada al aniversario 35 de su publicación, tenemos también parajes insólitos por visitar, aquellos que nos hablan del actual movimiento musical en el país como es el caso del engarce de la poética lezamiana con la obra del Ensemble Interactivo de La Habana, francamente una interesante experiencia performática que nos llega con el enfoque crítico del suceso a cargo de la musicóloga Janet Rodríguez en su trabajo “Caracol nocturno: descubriendo a José Lezama Lima desde la creación musical contemporánea”.
Otros artículos de singular relevancia ya que permiten vislumbrar la diversidad temática presente en el frondoso bosque de la música cubana y no prestar solo atención a los arboles más promovidos, se puede encontrar en “¿Será la música de Beatriz que “Corona” al viento?” de Laura Vilar -musicóloga y directora de Clave-, por presentar una emotiva entrevista a Beatriz Corona, ganadora del Premio Ibermúsicas 2021 de Composición para Obra Coral, convirtiéndose en la primera mujer en recibirlo; y también vale referirnos al titulado “Las tonadas del punto cubano. Análisis de su práctica en Mayabeque” de la musicóloga Amaya Carricaburu por el indeleble arraigo de esta práctica musical en dicha provincia.
Entonces, sin pretender agotar el oportuno y abarcador análisis que se merecen los artículos a los que hemos hecho referencia así como los restantes trabajo publicados en este número de Clave, soy del criterio que al final de la breve travesía caracterizada por el riguroso acercamiento al universo de la música cubana que brota desde estas páginas, me despido con la convicción de que conjuntamente con el valor referencial para la musicología expresado en cada artículo, se ha entregado además, una clave para complementar razones del porqué de esa espiritualidad profunda que nos convocan a la defensa de Cuba por sobre todas las cosas.