Entreclaves…Leonardo Acosta, protagonista de «Un siglo de jazz en Cuba»,

Por Yurien Heredia Figueras. Musicóloga

Un siglo de jazz en Cuba, resulta quizás demasiada historia para ser recogida en un solo volumen. Sin embargo, es una realidad en el título escogido por el pensador, investigador, ensayista y músico de jazz Leonardo Acosta con uno de sus últimos libros publicados, que salda una deuda en la historiografía musical cubana referente a este género.

Su autor se ganó por derecho propio un merecido reconocimiento entre intérpretes y estudiosos como la voz más autorizada en la materia pues, además de crítico y analista fue sobre todo un músico intérprete que vivió parte de los hechos que relata, disecciona y enjuicia. Es razonable entonces que sea él quien escriba precisamente esta, la primera historia del género en Cuba, publicada por Ediciones Museo Nacional de la Música.

El texto recoge con profusión la historia del jazz en nuestro país y al mismo tiempo supone un resumen de lo escrito por el autor en varias décadas. Su bibliografía atesora dos libros anteriores dedicados íntegramente a esta música como: Descarga cubana: el jazz en Cuba. 1930-1950 y Descarga número dos: el jazz en Cuba, 1950-2000, ambos de Ediciones Unión.

Acosta es reconocido en el gremio de jazzistas y lectores por tener una postura vertical enfilada hacia la sinceridad, que desata en no pocos, altas dosis de polémica. Los temas abordados en el libro no escapan a esa característica, y en muchas de sus páginas hace palpable realidades en ocasiones crudas de quienes han defendido este género. Se diferencia de otros de sus escritos por recurrir a un lenguaje testimonial, al presentarse como observador o participante en la mayoría de las historias reseñadas.

Desde el punto de vista estructural presenta diez capítulos, en los cuales resalta personalidades, conjuntos instrumentales, espacios y eventos que han configurado la historia de nuestro jazz.

En el capítulo inicial “La música cubana y el jazz: primeros contactos” revela aspectos socio-históricos condicionantes para la creación del género jazzístico en nuestro contexto a principios del siglo XX. Al mismo tiempo ofrece datos sobre los ritmos y géneros que incidieron en el reflujo establecido entre las agrupaciones de música académica y sus compositores con la música popular cubana.  

El segundo capítulo “Los años veinte y las primeras agrupaciones de jazz”, destaca la figura de músicos estadounidenses insertados en la dinámica creativa de Cuba, al tiempo que describe la nocturnidad habanera de esa época, signada por la inclusión del jazz en distintos espacios, comentando además sobre las jazzbands y su presencia en varias zonas del país.   

Un formato imprescindible para el mundo jazzístico es el tercer capítulo “Las «Big Bands» y los contradictorios años treinta”; en él reverencia la figura de Armando Romeu y René Touzet como directores y arreglistas de orquestas, cuyo trabajo sigue siendo modelo referencial para quienes trabajan tal modalidad de agrupación.  

Sigue en orden “Años cuarenta: bebop, feeling y mambo”, que refiere cómo los rasgos esenciales del jazz son parte de otras músicas también populares, cuyo surgimiento marca la época. Destaca la figura de Mario Bauzá a quien considera padre del jazz afrocubano en “La explosión del cubop o jazz afrocubano”.

“La Habana de los años cincuenta” tiene en el cabaret Tropicana y los clubes nocturnos un referente importante e incluso necesario para comprender la onda expansiva del género abordado, a lo que se une la presencia de sus rasgos esenciales en estilos propios surgidos en Cuba como es el caso del Fílin o Feeling (tomado del gerundio en inglés del vocablo feel, es decir “sentir” y por tanto “sintiendo”), que han pasado a la historia con un modo de hacer muy vinculado a las armonías características del jazz.

En el capítulo cinco “Fines de la década: el Club Cubano de Jazz” Leonardo Acosta valora el aporte del Club Cubano de Jazz como una sociedad que aunó a los jazzistas, en tanto marcó un antes y un después en las relaciones entre los intérpretes foráneos y cubanos. La tónica de “Transición musical: 1959 y después” refiere el cambio acaecido con la implantación de políticas culturales tras el triunfo de la Revolución en Cuba, desde una perspectiva sobre distintas combinaciones instrumentales e intérpretes con nuevos estilos. Destaca la impronta de las orquestas Juvenil, Cubana de Música Moderna y el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, por la presencia de jazzistas quienes después marcaron época como solistas o creadores insertados en otras agrupaciones.

Muestra a “Irakere y el despegue del jazz cubano” en el séptimo capítulo como la banda que se erigió en laboratorio y escuela para intérpretes que a su vez fueron arreglistas; también por ser creadora de un sonido característico reconocido a nivel internacional. Sobresalen las figuras de Arturo Sandoval, Juan Pablo Torres y Emiliano Salvador, auténticos personalizadores de un estilo dentro de la creación de los sesenta.

Llama especial atención el acápite dedicado a los festivales Jazz Plaza al que otorga merecidamente la categoría de evento histórico del panorama musical que ha contribuido al intercambio entre músicos cubanos y extranjeros durante casi treinta años.

Calzan el libro una serie de notas a pie de página con intención remitente a otros textos sobre el tema de obligada referencia y una vasta galería de fotos, muchas inéditas, que ilustran parte de lo expuesto en el discurso escrito.

Con independencia de nuestra implicación en el disfrute del género, al leer estas líneas se advierte la intención estructural del libro en remitir a una “descarga” con todas las de la ley donde se presenta primero un tema a partir del cual se improvisa. El jazz como tema principal enlaza aquí el complejo entramado que es en sí la música popular cubana.

Estamos ante una publicación imprescindible para entender la impronta de un lenguaje universal con altas dosis de cubanismo. Gracias a Leonardo Acosta se ha despejado y abierto un camino con buen ancho en el que músicos e investigadores, incluyendo al público en general-ya sea neófito o conocedor- pueden disfrutar la autonomía de una expresión musical que corrobora la existencia de Un siglo de jazz en Cuba avalado por un libro básico en nuestras bibliotecas públicas o personales y sobre todo ameno para cualquier lector.

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