Ricardo Pérez y Adriano Rodríguez, coincidencia histórica de la música cubana*

Por Ada Oviedo Taylor. Historiadora del Arte

*Este trabajo tuvo como punto de partida las “Palabras de elogio a Ricardo Pérez Martínez” en el reconocimiento a toda su obra organizado por la Agencia Cubana de Derecho de Autor Musical en la Feria Cubadisco 2002, y el artículo “Siempre habrá una voz”, publicado en la revista Tropicana Internacional, no. 23, 2006.

El 27 de septiembre de 1923 nacieron en La Habana los músicos Ricardo Pérez Martínez y Adriano Rodríguez Bolaños. Hoy recordamos sus trayectorias, en conmemoración de esta grata coincidencia histórica.

Me embriagaste con tu risa

Modestia, sencillez, talento y sensibilidad son cualidades que no siempre van unidas. Sin embargo, cuando se habla de nuestros compositores naturales, aquellos nacidos de las entrañas más humildes del pueblo, quienes ajenos a la academia han logrado una obra trascendente, no se puede negar que son inseparables.

Desde muy joven, Ricardo Pérez (1923-2010) se vinculó al ambiente musical de su natal Atarés, y de los no menos musicales barrios habaneros de los Sitios, Belén y Cayo Hueso.

Aquí conoció de la rumba, el son, la guaracha, la canción, que mucho influirían en su futura obra creativa, vinculada a los principales géneros de la música popular cubana y en especial al bolero.

Ricardo Pérez / Foto tomada de Internet

Sin llegar a ser un clásico filinero, reflejó en su obra la impronta de este movimiento, de esta otra manera de decir la canción, que conoció en sus noches bohemias, en el afamado Callejón de Hamel, en los bares del puerto habanero y en las descargas familiares. De estas últimas hay que mencionar la del barrio del Pilar en casa de la compositora Ángela Ramírez, o la de Luis Yáñez, donde además de escuchar y disfrutar de la música cubana que más sonaba en aquellos años, admiraban la que llegaba de norteamérica: los conjuntos de swing, Nat King Cole, Frank Sinatra, las orquestas de jazz con sus novedosas armonizaciones y virtuosas improvisaciones que lo marcaron en su creación musical y proyección social, a tal punto de convertirse en un fanático bailador y promotor de esta expresión músico-danzaria.

La Peña del Jazz de Gilberto Torres en Santa Amalia y las sociedades El Progreso y Moncada de la legendaria villa guanabacoense, entre otras, fueron testigos de su paso por los salones que sirvieron de escenario sonoro a su quehacer.    

A esto se suma el oficio que alcanzó haciendo versiones propias, en cuanto al texto, a melodías norteamericanas de moda en la época.

De temperamento romántico, sus obras han estado inspiradas en sucesos amorosos, propios o ajenos, de ello son ejemplo dos de los boleros que le dieron fama mundial: Tú me sabes comprender y Qué te hace pensar.

Aunque alguna vez confesó que recordar fechas no era su fuerte, el 22 de diciembre de 1953 fue imborrable para Ricardo, ese día vio la luz la grabación en la cual la voz del gran Benny Moré, esa voz que fue soporte natural de tantas y tantas melodías, lo inmortalizó para la cancionística popular cubana e hispanoamericana. Tú me sabes comprender, su primera obra compuesta en 1948, se convirtió también en su opera prima para la discografía cubana.

Éste, su bolero más versionado –estrenado por la cantante Marta Pérez e incorporado al repertorio de otras prestigiosas agrupaciones como el Conjunto de Luis Santí con Felo Martínez, Nelo Sosa y su Conjunto Colonial, entre otros–, y su otra gran creación, Qué te hace pensar –rebautizada por el pueblo como “Alma mía” –, siguen siendo hoy himnos para los enamorados.  

Cómo no serlo, cuando nos han legado para el amor y con amor, frases como estas: “Alma mía / ten confianza y comprende que te quiero / si ya en ti se ha cifrado este cariño / de quererte con eterna devoción …”

¿Qué mujer (u hombre) se podría resistir ante esta declaración? “Vida, desde el día en que te ví / no sé lo que sentí / tal vez lo presentí que me querías…” “Me embriagaste con tu risa / me extasié con tu presencia / todo en ti es maravilloso / no concibo tanta dicha / soy feliz”.

Por toda su obra, por su eterna sonrisa, por su vida entregada con humildad y pasión a la música cubana, lo recordamos hoy, aquellos que lo admiramos y respetamos y que han sido enamorados con sus canciones.

Siempre habrá una voz”

La vida musical de Adriano Rodríguez (1923-2015) comenzó desde la infancia, haciendo la voz segunda –con solo 6 años de edad– en el Sexteto Carmen que ensayaba en su propio hogar, pues lo dirigía su abuelo materno.

Los inicios de su carrera profesional fueron en 1939, con la agrupación folclórica Lulú Yonkori (luego Rapsodia Negra) dirigida por el prestigioso músico Alberto Zayas. Esta vertiente lo vinculó por más de veinte años, como solista y narrador, a las conferencias ilustradas sobre temas afrocubanos ofrecidas en la Universidad de La Habana por el etnólogo Fernando Ortiz y luego, en la década de 1960 al musicólogo Argeliers León en el Teatro Nacional, como parte de lo que posteriormente sería el Conjunto Folclórico Nacional. También el dominio de esta manifestación musical le permitió actuar en espectáculos de importantes cabarets de la época, e integrar varias delegaciones artísticas al extranjero, como al Carnegie Hall de Nueva York (1979), donde cantó rezos yorubas junto a Carlos Embale y al Festival Diáspora 3 celebrado en Surinam (1982), con el maestro Odilio Urfé.

En la canción trovadoresca su voz fue determinante. Dirigió durante once años el grupo Trovadores Cubanos, integrado por Dominica Verges, Guarionex Garay y los guitarristas Ismael y Octavio Sánchez (Cotán), con el que recorrió todo el país llevando la genuina música cubana. De esta agrupación quedó grabado un disco con canciones de Sindo Garay, en el cual se inspiró el destacado cantautor Silvio Rodríguez para componer su ya antológica obra La canción de la Trova. Esta última fue gradaba por Adriano, a dúo con su autor, para el disco Érase que se era, en el año 2006.

Adriano Rodríguez, Guarionex Garay y Cotán / Foto cortesía de la autora

De su vínculo con la trova resalta además el reconocimiento a su maestría y experiencia con la invitación especial a Hamburgo, Alemania, para interpretar Germania, una de las más difíciles composiciones de Sindo Garay; su participación en todos los Festivales de la Trova Tradicional del cual fue fundador, y homenajes como el organizado por el Caimán Barbudo en la Feria Internacional del Libro 2006, para el que se unieron varias generaciones de trovadores.

En 1962, a propuesta de la musicóloga María Teresa Linares, integró como fundador el Coro Nacional de Cuba, una de las agrupaciones vocales más importantes del país. Por sus conocimientos y experiencia en la armonía de voces, Serafín Pro –entonces director del coro– y José Ardévol, le encargaron desempeñarse como jefe en las cuerdas de barítono y bajo.

Como un alto exponente de la canción lírica, otro de los estilos que también lo consagró, tuvo la oportunidad de compartir con voces como las de Esther Borja, Yolanda Hernández, Alina Sánchez, Ramón Calzadilla; integrar el elenco que Gonzalo Roig presentó en el Ayuntamiento de La Habana con Rita Montaner como solista, y actuar con “La Única” en CMQ bajo la dirección de González Mántici. Además, se presentó en los más prestigiosos escenarios nacionales e internacionales acompañado al piano por excelentes instrumentistas, entre ellos los maestros Odilio Urfé –con quien trabajó por casi tres décadas–, Frank Emilio Flyn, Nelson Camacho y José Lauzán, y fueron relevantes sus actuaciones en los grandes espectáculos ofrecidos en la Ciudad Deportiva, la Plaza de la Revolución y la Plaza de la Catedral, organizados en los primeros años de la década de 1960 bajo la guía de experimentados directores como Luis Trápaga, Gilberto Valdés y Amaury Pérez.

De gran importancia para la difusión del género lírico resultó el “Ciclo de conciertos didácticos”, que llevó por todo el país lo mejor del repertorio de destacados compositores como Ernesto Lecuona, los hermanos Grenet, Adolfo Guzmán y Gonzalo Roig. Otros públicos de países tan diversos como China, Bulgaria, Estados Unidos y Surinam, disfrutaron de sus magníficas interpretaciones.

Su versatilidad y facultades histriónicas lo llevaron a la escena teatral en varias de las presentaciones de la zarzuela Cecilia Valdés. También el cine le sirvió de medio expresivo, participando en los filmes: Yamba-O (cubano-mexicano), Árbol de fiebre (norteamericano), Cuba Canta, El otro Cristóbal, Las doce sillas y Hacerse el sueco (cubanos).

Su capacidad interpretativa y dominio técnico le permitieron asumir los requerimientos específicos de cada modalidad de la música vocal, así como integrarse orgánicamente a todos los formatos instrumentales que le acompañaron, desde un conjunto de tambores batá en los rezos y cantos yoruba, hasta orquestas sinfónicas, pasando por septetos, conjuntos, bandas de concierto, el acompañamiento de piano y guitarra en la trova, la canción lírica, el son y otros géneros, y finalmente también la música electroacústica, en la que se unió al destacado músico Edesio Alejandro.

Con Edesio grabó su primer disco en solitario CoraSon de Son, el cual fue reconocido con la Mención Especial Tradición y Modernidad en la Feria Internacional Cubadisco de 1999.

Su destacada voz de segunda se pudo escuchar en dúos ocasionales con importantes figuras como Paulina Álvarez, Barbarito Diez, Miguelito Cuní, Celia Cruz, Carlos Embale, Pablo Milanés (con quien grabó para el disco Años II en 1986), Silvio Rodríguez y Danny Rivera junto a Frank Fernández en el disco Dos trovadores (2007) como invitado especial.

Más de siete décadas dedicadas al canto en todos sus perfiles y géneros –lírico, popular, folclórico de raíces africanas, agrupaciones corales, canción trovadoresca, entre otros–, junto a sus dotes naturales y dominio técnico, lo convirtieron en uno de los más altos exponentes de la cancionística cubana de todos los tiempos.

Casi al final de su vida fue condecorado con el Premio Nacional de la Música, reconocimiento justo, aunque tardío, pues mucho le debe la canción a esta voz sin fronteras en lo musical, artístico y humano.

Adriano Rodríguez / Foto cortesía de la autora
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